Juegos sin reglas

Apostolado político en tiempos de gobierno algorítmico

Ángel Enrique Carretero Pasin

Catedrático de Filosofía

En Occidente, a raíz de la Modernidad, nuestro modo de concebir la esencia de lo político pasó a autodefinirse en antítesis a propósito de una legitimación religiosa del poder. La ruptura de la connivencia, omnipresente durante la Edad Media, entre Iglesia y Estado resultó un factor decisivo en este aspecto. Desde entonces, si algo ha pretendido caracterizar al criterio en la toma de decisiones colectivas, éste ha sido el alarde en la transparencia racional y deliberativa de los agentes comprometidos en la res publica. La hoja de ruta de las sociedades modernas se ha configurado en base a un esfuerzo por desacralizar los presupuestos de ejercicio del poder. El nuevo fundamento de lo político exigirá la erradicación de cualquier asomo de legitimación del orden social de carácter metasocial, que se saliese del espectro de los intereses y las luchas que se dirimen en el único dominio ahora creíble y posible, el de la historicidad.

Sin embargo, no puede decirse que a tenor del curso evolutivo de las sociedades modernas se hubiera visto cumplido este programa. En un mundo dominado casi por entero por instituciones al gobierno de una racionalidad burocrático-legal, aparentemente desmagizado, hay signos reveladores de que el pronóstico de radical fractura del cordón umbilical anudador de lo político y de lo religioso no ha pasado a ser más que una entelequia, cuando no un proyecto frustrado de raíz. Más allá de la credibilidad en el contenido pregonado desde los diferentes programas electorales, en el fondo de la atracción suscitada y galvanizada por lo político tienen su anclaje unas demandas antropológicas concernientes a profundos reclamos colectivos vivientes en el trasfondo de la trama social. Se trata de unas demandas canalizadas a través de expectativas ligadas a constructos, entre otros, como regeneración, liberación o redención del cuerpo colectivo, que, camaleónicamente travestidas en el imaginario yacente en la gramática de los discursos políticos, darían cuenta de las ilusiones, esperanzas y fervores por lo político despertadas. El asunto, si quisiésemos bucear más a fondo en las claves de su idiosincrasia, tendría que ver con un ejercicio de usurpación por parte de lo político de la realización de unas aspiraciones en otra hora tornadas hacia una esfera supramundana, pero con el advenimiento de la Modernidad reorientadas hacia el campo histórico. Por eso Antonio Gramsci recordaba a la intelligentsia  marxista del momento, muchas veces refractaria al reconocimiento de la relevancia epistémica concedida a variables extra-históricas presuntamente incompatibles con los presupuestos del materialismo histórico, que las masas no pueden vivir en un cielo vacío. La sacralización simbólica de categorías políticas tales como democracia, soberanía popular, plebiscito, así como la liturgia ritual explícita en ceremoniales, mítines o elecciones dan buena prueba del componente religioso anidado en lo político.

Esto se traduce en el modo de presentación del líder político ante sus adeptos. Decía Nietzsche que todo pueblo necesita un guía. En su vertiente más sórdida esto quedó explícito en el delirio colectivo destapado en torno al caudillismo pululante en trágicos acontecimientos de la historia contemporánea. Aunque la figura del líder político haya adoptado concreciones distintas a lo largo de la historia, lo que se ha mantenido incólume en todas ellas es un subyacente denominador común intimado a la conservación de la unidad y cohesión del grupo. Este ha sido el papel prioritario atribuido al chamán en las sociedades primitivas, luego al sacerdote en sociedades bajo el influjo de la religión y posteriormente al líder político en sociedades prima facie secularizadas. Es cierto que un emblema de la Modernidad fue un ideario de conquista de una diferenciación y autonomía de lo político al respecto de otras esferas a las cuales anteriormente estaba subordinado y precondicionado, pero no es menos cierto que, pese a ello, la médula de lo político no se habría desembarazado de un transmutado anhelo religioso explicativo de su magnetismo. Esto pondría al desnudo la sobrevivencia en la operatividad de unas estructuras antropológicas que, a modo de invariantes universales, darían cuenta de la adhesión a la figura del líder político por parte del grupo. De ahí la persistencia del aura de un hechizo carismático que envuelve a la autoridad de cualquier líder político como delegado de la representación de un grupo, sea del color político que fuese y rebasando marcos geográfico-culturales, paradójicamente acomodada sin mayores problemas con las prerrogativas venidas de una lógica de lo político enteramente burocratizada. El líder conserva en su entidad la huella de un profetismo prometedor de salvación para un colectivo. Pero sobre todo permite vacunar a este colectivo frente a sí mismo. Esto es: mediante el aupado a un pedestal simbólico de su figura es encarnada la unidad de un grupo, así como elevada esta encarnación por encima de la perentoriedad en la pugna entre los intereses particulares de cada quién.

En nuestro tiempo abundan quienes pretenden hacerse acreedores al rango de sacerdocio político. Lo que no está nada claro es el contenido del mensaje profético que a día de hoy los avalaría, si realmente hay mensaje o incluso si cabe la posibilidad del mensaje mismo. De hecho la inercia política solo se ve puntualmente violentada por algún que otro destello o guiño fugaz de una presunta inspiración profética que, precisamente debido a lo que supone de ruptura con la insulsez de la ordinaria actividad institucional en manos de una burocracia de partidos con una toma de decisiones basada en cálculos algorítmicos ajustados al material suministrado por las estadísticas, consigue conectar por este motivo con unas sinergias colectivas más bien estado de hibernación, con el fin de abrirse paso en los arcos parlamentarios. En suma, acaso todo se reduzca a aquella afirmación vertida por Ernst Jünger donde se catalogaba el paisaje de nuestra época, la consecuente al despliegue de la Modernidad, como un tiempo de apóstoles sin misión.