Juegos sin reglas

Alejarse para encontrarse

José F. Durán

Profesor de Sociología

Pixabay

En este mundo nuestro en el que apenas quedan ya lugares apartados, se percibe sin embargo un deseo casi irrefrenable -quizás como nunca anteriormente- de alejarse de las personas y de los lugares en medio de los cuales transcurre la ajetreada vida cotidiana de las gentes. Si bien este anhelo no constituye algo nuevo -pues estaba ya presente, por ejemplo, en el espíritu romántico- nunca como hasta ahora había sido tan compartido. Es tal la inquietud, en efecto, por descubrirse a uno mismo, que no puede sino alimentar una cierta animadversión hacia los que acaso nos hacen sentir que no somos sino parte de aquello de lo que pretendemos alejarnos; que no podemos descubrirnos sino formando parte de lo que es más que nosotros; de lo que, paradójicamente, nos lleva a querer ser otros.

Algún aspecto de esta realidad se nos muestra en algunas zonas, que no estando demasiado alejadas de las demás, brindan sin embargo a quienes las visitan la sensación de aislamiento y de lejanía. Una de ellas es posible hallarla en la costa más al sur de Galicia, casi fronteriza con Portugal, en la que la tierra se enfrenta al mar a cara descubierta, creando una imagen que invita al retiro y a la contemplación a quienes quieren retirarse para contemplarse. Aquí precisamente se sitúan, sin apenas relacionarse ni encontrarse, parejas de jóvenes acampados en sus pequeñas camionetas, que buscan la soledad de una intimidad que sólo consiente la intrusión de la naturaleza. Y también los viajeros solitarios que proclaman ser absolutamente dueños de su destino, I am mastery my fate, I am mastery my soul, se puede leer en un letrero colocado en uno de esos pequeños coches-casa. Y asimismo los que sienten que han encontrado su lugar, alejado de cualquier otro, en el que plantan su casa como si de una ofrenda a la naturaleza se tratase.

Pero aquí se topa uno también con los que ya estaban; con los que han padecido, en verdad, las consecuencias del alejamiento de un espacio que no hace tanto tiempo fue verdaderamente aislado y agreste. Aquellos para los que la naturaleza, que los ha envuelto durante tanto tiempo, es tanto la imagen de sus esfuerzos y de sus luchas cotidianas, como de sus gozos. La huella de una relación tan compleja y contradictoria, que no puede haberles despertado otra conciencia, sino la de la imposibilidad de convivir de forma absolutamente armónica con ella.

Acaso sea por esta razón, porque sus vidas no han sido sino el resultado de una experiencia colectiva en medio de un paisaje natural, aislado, duro y azaroso, seguramente no exento de algunos gozos, por la que sus casas se disponen abigarradas, en estrecho contacto las unas con las otras. Y quizás por ello también sus habitantes no aspiren demasiado al alejamiento y al aislamiento, en busca de una verdad que a ellos les ha sido revelada a lo largo del tiempo. Por eso, acaso también, no se sientan demasiado dueños de su destino, cuando han tenido que construirlo en medio de los que como ellos han estado en constante tensión con el medio que han habitado.

De estos modos de concebir la vida dan testimonio, como se ve, las formas de habitar el espacio. Así, frente al grupo de casas apiñadas de las gentes del lugar, emplazadas al abrigo del mar, se divisa un poco más arriba otra casa solitaria, majestuosa y hermosa, que se ofrece al vasto océano presidida por la figura de un gran Buda, salvaguarda de los que allí viven alejados de los demás. Y un poco más arriba, algo más distanciada del mar, se observa una pequeña iglesia, en la que uno puede imaginar que los lugareños de más abajo se congregaron muchas veces para confiar en un destino que cada uno de ellos por separado no concebía aspirar a alcanzar.