Juegos sin reglas

Guerras, terrores y Estados

José Ángel Bergua

Catedrático de Sociología

Soldado.- Pixabay

Como la característica principal del Estado es el monopolio de la violencia, el más firme candidato para convertirse en el enemigo que justifique su acopio es, además de las otras naciones, quien desde dentro haya decidido usarla por su cuenta. No obstante, de igual modo que las naciones pueden ser declaradas enemigas sin que medie escaramuza alguna, tampoco es necesario disparar o poner bombas para que cualquier disidencia interna sea declarada terrorista. Lo realmente importante es que, una vez señalado un enemigo cualquiera como violento, el Estado pueda proyectar contra él la clase de violencia que convenga, para poder justificar así (el Estado) su propia existencia. De ahí que, como dice Toni Negri: "si el terrorismo existe, hay que ir a por él, pero manteniéndolo como símbolo. Si no existe, toda oposición real debe ser empujada al terrorismo y, en cualquier caso, debe ser considerada como tal". Negri sabe de lo que habla. En 1979, un año después del secuestro y asesinato de Aldo Moro, líder de la democracia cristiana italiana, el filósofo fue acusado de pertenecer a las Brigadas Rojas y tuvo que huir a París. Allí obtuvo el estatus de refugiado y se le permitió impartir clases durante 14 años en la Universidad de Vincennes. Lo importante no es la generosidad de aquel estado francés, ahora inexistente, sino que el gobierno italiano aprovechó la acción de las Brigadas Rojas para convertir a Autonomia Operaia, con Negri incluido, en el enemigo interno que necesitaba para justificar su autoridad, cuestionada por muchas gentes desde la misma finalización de la Segunda Guerra Mundial, debido a la nada disimulada intromisión de Estados Unidos, temeroso de que el país transalpino pasara a engrosar la lista de comunistas.

Milenio y medio antes, en la misma zona del Mediterráneo, el emperador romano Justiniano decía que el "territorio" (término que etimológicamente mezcla terra y terreo - "hacer temblar"-) era la tierra sobre la que el Estado tiene el monopolio del terror. Mucho más tarde, en 1502, César Borgia, en quien tanto se inspiró Maquiavelo para descubrir la virtus de la política, dio sobradas muestras de haber aprendido perfectamente la lección. Para sofocar una revuelta en Romagna, encargó a Ramiro D’Orco que asesinara a los principales cabecillas. Después, para congraciarse con el pueblo, lo mandó colgar y dejó su cadáver a la vista de todos. También conviene recordar que el primer apólogo del terrorismo de Estado fue el filósofo y político Edmund Burke, pues en 1790 ya defendió la legitimidad de la violencia, incluida la intervención extranjera (en territorio francés concretamente), para aplastar las tendencias revolucionarias. Tampoco hay que olvidar el bienio posterior a la Revolución francesa, conocido como El Terror (1793-1794), en el que el Comité de Salvación Pública se dedicó a cortar indiscriminadamente tantas cabezas de gentes acusadas de traición, sedición y conspiración, que, hasta el propio Robespierre -al frente de dicho Comité-, terminó perdiendo la suya. Finalmente, hay que mencionar un interesante informe del Comité Especial creado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1973, pues en él se reconocía que "el terrorismo de Estado constituye la principal causa de la violencia a nivel mundial". No hacen falta muchas más pruebas históricas. Como dice Terry Eagleton: "el terror no aparece como una fanática conspiración secreta que golpea al Estado, sino como una fanática conspiración secreta llamada Estado". Por lo tanto, el actor que ejerce de un modo "natural" el terrorismo es el Estado. Frente a esa actividad, lo que comúnmente se denomina "terrorismo", no es sino un sucedáneo "artificial" que, al aparecer, se convierte inmediatamente en el enemigo que el Estado necesita para justificarse, tutelar a la comunidad de amigos y monopolizar el uso de la violencia.

El terrorismo artificial o de segunda especie es tan moderno como los sistemas democráticos, pues participa de unas ideas o presunciones básicas similares. Entre otras, la consideración de que la soberanía reside en el pueblo y que es necesario atender sus necesidades e intereses "reales", si bien también suele entenderse que, como está narcotizado y no es del todo consciente de ellos, hay que conducirlo o despertarlo. No obstante, al margen de que el terrorismo derive del ideario moderno, en los dos últimos siglos ha cambiado bastante.

Desde principios del siglo XIX hasta aproximadamente la Primera Guerra Mundial, la figura que protagoniza las insurgencias violentas es el liberador guerrillero, un personaje que, en algunos casos, desciende del antiguo bandolero más que antecede a los grupos terroristas. Este guerrillero tiene además una concepción mesiánica y bastante religiosa de su labor. Dice Bianco en el Manual de los Partidos revolucionarios (1830) que el guerrillero "ayuda al condenado, consuela al afligido y socorre a quienes se han extraviado del buen camino". Esta romántica figura irá poco a poco desapareciendo. A medida que los movimientos obreros se organicen y se vaya tomando nota de los fracasos de los viejos luchadores aparecerán personajes, como el comunista francés Blanqui, que sugerirán organizarse militarmente para ser más eficaces contra un enemigo que no duda en echar a los soldados contra las masas. Por esa época vive y escribe también Karl Heizen, un revolucionario rescatado del anonimato por McCormick, que parece anunciar el paso a lo que hoy se denomina terrorismo. Si el Estado –decía Heizen- entra en la lucha con una gran ventaja material en organización, adiestramiento, personal y medios de destrucción, es necesario "inventar nuevos métodos de asesinato". Añadía: "el Régimen y sus seguidores deben ser forzados a situarse en una posición en la que piensen que cada sorbo de agua, cada bocado de comida, cada arbusto, cada adoquín, cada palo, cada alfiler, puede ser un asesino". Es decir, para compensar la desventaja material hay que esforzarse en aterrorizar al enemigo. Unos años más tarde esa finalidad se lograría con la invención de la dinamita (1866) y la aparición de la prensa rotativa. Con tales inventos, los insurgentes ya podían generar "terror".

Desde finales del siglo XIX hasta los comienzos de la guerra civil española surge una importante fuente de violencia "expresionista" (el adjetivo quizás sea mejor que "terrorista") impulsada por anarquistas. Aunque han tenido fama de violentos, lo cierto es que los propios anarquistas siempre han defendido complementar el atentado selectivo, realizado por unos pocos hombres, y el trabajo cultural. En ambos flancos fueron mucho más allá de los marxistas, sus grandes rivales de trinchera. El caso es que estos anarquistas, tanto en Rusia como en España, fueron precursores de lo que hoy se califica como terrorismo. En 1869 un anarquista ruso, Nechaev escribe en el Catecismo del revolucionario: "no se es revolucionario si se tiene piedad por algo en este mundo". Otro anarquista más conocido, Kropotkin, reconocerá la importancia de los medios de comunicación para magnificar los atentados. Este terrorismo de bombas y pistolas fue calificado por Dostoievsky como "nihilista" e intentó retratarlo en una de sus novelas menores, Los endemoniados.

Finalmente, desde la Segunda Guerra Mundial, a la par que las campañas bélicas son más cruentas y, por ejemplo, no distinguen al militar del civil (recuérdense las bombas atómicas lanzadas en Japón), las violencias insurgentes son cada vez más indiscriminadas. En este sentido conviene recordar las palabras Franz Fanon escrito en plena lucha de Argelia por la independencia: "Liquidar de un disparo a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, destruir simultáneamente a un opresor y liberar al hombre al que oprime. Lo que queda es un hombre muerto y un hombre libre". Más recientemente, en mayo del 2015, el líder del Ejército Islámico Abu Bakr El Bagdadi resumió en un incendiario discurso a través de la radio la importancia que la guerra tiene para el yihadismo: "¡Oh musulmanes! El islam nunca ha sido la religión de la paz ni por un solo día. Su profeta fue enviado con la espada como ayuda a la Creación. Él dijo a los politeístas de su pueblo: 'he venido a vosotros con la matanza'. Nunca, ni un día, se cansó de la guerra."

No obstante, lo realmente llamativo de estos últimos años respecto al terrorismo no es sólo su carácter abierto e indiscriminado, sino la modalidad kamikaze o suicida, en muchos casos protagonizada por sujetos que se han convertido en terroristas y han planificado sus acciones ellos solos, a veces en brevísimos periodos de tiempo, tal y como ha ocurrido en bastantes ciudades europeas. Contra esta modalidad, los viejos dispositivos encargados de garantizar la seguridad no valen y pierden su credibilidad. Por otro lado, el terrorismo internacional actual forma una red, también en gran medida invisible e indetectable, con modos de financiación que utilizan redes de préstamo basadas en la confianza, contra las que las policías, los ejércitos y los servicios de espionaje resultan ineficaces. En este nuevo contexto, aunque los grandes Estados están obsesionados por volverse más seguros, no está nada claro qué puedan hacer.

Es probable que el principal caldo de cultivo del terrorismo contemporáneo no sea otro que la enorme e indiscriminada violencia desatada por los Estados de un modo cada vez más obsceno y desacomplejado. Según Tilly, "en términos absolutos el siglo XX ha asistido a más violencia colectiva en el planeta que cualquier otro siglo en los anteriores 10.000 años". Téngase en cuenta que en la Primera Guerra Mundial murieron 10 millones de personas y en la Segunda la cifra ascendió a 15. Después, en la segunda mitad del siglo XX, innumerables conflictos armados (1992 marcó el techo con 28 guerras) incrementaron el número de muertes. En la primera guerra del golfo hubo 1 millón de muertos, en la de Vietnam 2, en la de Corea 3, etc. Además, conforme el siglo avanzó, la proporción de muertes civiles aumentó dramáticamente. El resultado ha sido que en el siglo pasado de cada millón de muertos 400 lo fueron como consecuencia de las guerras, mientras que en el siglo XIX la cifra fue de 150 y en el siglo XVIII sólo de 90. Por lo tanto, los conflictos políticos contemporáneos, en lugar de haberse civilizado, se saldan con una cantidad de muertes desconocida en los siglos anteriores. Un ejemplo: el 14 de Julio de 1789, el gran día de la toma de la Bastilla, durante todos los enfrentamientos políticos que tuvieron lugar en Francia apenas murieron unas 110 personas.

Las guerras antiguas y primitivas tampoco eran tan destructivas. En efecto, en las guerras premodernas, los guerreros actuaban cara a cara y había un código de honor que solía respetarse. En la Edad Media, por ejemplo, dicho código servía para distinguir a los caballeros de los rufianes. Se ha dicho que esa caballerosidad fue la primera víctima de la revolución democrática y de las luchas revolucionarias, pues con las masas la pasión superó al honor. Sin embargo, los aviadores de la Primera Guerra Mundial todavía se imaginaban a sí mismos como hidalgos del aire y luchaban con un estricto código de conducta que ellos mismos habían elaborado. En la misma guerra civil española ese código todavía funcionó. He participado en tribunales de tesis que lo acreditan. Lo mismo sucedía entre los guerreros del mar, hasta que aparecieron los submarinos, que no podían recoger a los náufragos de barcos hundidos por ellos mismos, e igualmente con los combates en el desierto, sin población civil de por medio. De modo que la guerra no es un infierno sin normas. Tiene muchas. Aunque antes de 1864 no estaban escritas, desde entonces fueron puestas negro sobre blanco a medida que los usos y costumbres sobre este asunto quedaron devastados por la nueva clase guerras. Las cuatro convenciones de Ginebra (1864, 1906, 1929 y 1949), ya de un modo desesperado, intentaron fijarlas explícitamente. Hoy apenas se les hace mucho caso.

Además de las normas encargadas de civilizar la guerra, también los mismos soldados, aunque de un modo informal, han solido contribuir a hacerla más soportable. En efecto, se sabe que en las dos grandes guerras del siglo XX los soldados de las trincheras organizaban con sus enemigos partidos de fútbol y celebraban alguna Navidad juntos. Walzer dice que "el día de Navidad de 1914 las tropas alemanas y francesas se reunieron para beber y cantar juntas en tierra de nadie". También se sabe que muchos soldados en el frente jamás pegan un tiro y que la mayoría se niegan a disparar a enemigos indefensos (haciendo sus necesidades, semidesnudos, etc.). Evidentemente, los altos mandos no han estado nunca muy de acuerdo con estas actitudes, pero no tenían mucho control sobre sus subordinados. En el fondo, lo que sucedía es que los soldados vivían la guerra de un modo muy distinto a como, de lejos, la veían los militares de alta graduación y los patriotas que no habían ido a ella. Cuenta Robert Graves que, en la Primera Guerra Mundial, tras volver del frente a Londres, vio más odio entre los no combatientes que entre los soldados.

Este orden entre formal e informal que dulcificaba la guerra comienza a desaparecer después la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces hasta hoy la mejora de la burocracia bélica ha impedido a los soldados tener la más mínima autonomía y compasión. Los micrófonos y auriculares acoplados a los cascos de los soldados norteamericanos que pasearon la destrucción por Irak con sus sofisticadas armas mostraban que la orden iba eficazmente de arriba abajo y que ya no había ninguna posibilidad de evitarla. Hoy se ha añadido la cámara para hacer todo mucho más previsible e incluso permitir que el propio Obama asistiera al asesinato en directo de Bin Laden el 2 de mayo de 2011. Por otro lado, la eficiente tecnología de la guerra cada vez es más mortífera. Los bombardeos de las ciudades alemanas realizados por los ingleses (el de Dormstadt produjo una tormenta de fuego de un kilómetro y medio de altura en la que murieron 12.000 personas) y las bombas atómicas norteamericanas, mostraron a las claras hace ya bastantes décadas que no había voluntad de distinguir al enemigo del civil y que las mejoras tecnológicas iban a ser aprovechadas no para civilizar la guerra, sino para matar cuanto más mejor y a menor coste. En este sentido, conviene recordar que el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima en 1945 se hizo después de que el gabinete de Truman calculara que la prolongación de la guerra en Japón podía causar 1 millón de bajas. Amnistía Internacional asegura que, en la actualidad, el 80% de las víctimas de las guerras son civiles. En la Segunda Guerra Mundial el porcentaje era el 50% y en la Primera Gran Guerra el 20%. Todos estos datos demuestran que el inquietante General Kurtz de Apocalypse now (el filme de Francis Ford Coppola) no es ninguna anomalía. Encarna la lógica de la guerra moderna. Su impecable formación militar y la obligación de ganar al enemigo usando cualquier medio llevaron al general a desbordar la misma guerra. Y en ese más allá convirtió la práctica del exterminio en un deber místico. La apología de la violencia del Marques de Sade era más civilizada, pues no había ningún imperativo político en su práctica, sino una simple continuación de la lógica de la destrucción natural.

Alguno quizás piense que la guerra es así y que si en otros tiempos y sociedades no pasaba nada parecido era porque técnicamente no se podía. No es cierto. Una mirada a lo que sucede en las sociedades primitivas permite comprobarlo, pues en ellas no existe el Estado, pero sí la guerra, aunque es distinta a la nuestra, pues es menos mortífera. A menudo esto se logra inhibiendo el poder de matar de las armas. Por ejemplo, quitando las plumas de la parte trasera de las flechas para que sean menos precisas. Evidentemente hay muertos y heridos, pero muchos menos de los que causaría cualquier Estado Moderno. Y no porque su tecnología sea peor, sino porque la guerra no tiene detrás un impulso tan destructivo.

También se ha dicho de las guerras primitivas que tienen la función de garantizar cierta inestabilidad social para impedir que aparezca ese metanosotros que es el Estado. En este sentido, el principal peligro para estas sociedades son aquellos individuos vanidosos que recurren a la guerra para obtener prestigio. Para ello deben convencer a parientes y amigos prometiéndoles importantes recompensas. Los éxitos en tales batallas darán prestigio al cabecilla, pero este prestigio, con el tiempo, desaparecerá. Por eso necesitarán embarcarse en nuevas guerras. Al final, seguramente, morirán en alguna de ellas. Es como si la sociedad condenara al peligroso cabecilla a desear la guerra y a morir en ella para así impedir la aparición de cualquier jefe con un poder estable e irreversible, sustrato imprescindible para la aparición del Estado. Las sociedades primitivas son pues sociedades guerreras porque son sociedades contra el Estado. Con su aparición, la guerra dejará de ser un mecanismo de autorregulación horizontal para convertirse en el instrumento mortífero que conocemos.

Finalmente, debe recordarse que en las sociedades antiguas y primitivas se tiene una concepción distinta del orden pues se acepta el conflicto y la discordia, así que no se siente la necesidad de acabar con el enemigo. Esta idea está muy presente en Grecia, tanto en los combates verbales como en los físicos, pues se entiende que para que haya realmente un combate son necesarios los dos términos y que ninguno debe desaparecer. Este era precisamente un axioma básico del deporte y también en el debate público. Si nos vamos a China vemos que ocurre algo parecido. En El arte de la guerra, texto clásico escrito por Sun Tzu hace 2400 años, no se habla de "paz perpetua" ni de "guerra total", dos nociones complementarias, pues la segunda aparece de un modo automático a partir de la defensa de la primera. Como Sun Tzu parte de la inevitabilidad del conflicto y de la discordia, tiene una visión de la guerra muy distinta a la nuestra. En efecto, debe ser lo más breve posible, provocar la menor cantidad de muertes y causar el menor daño al enemigo. En estas recomendaciones se nota la huella de esa vieja máxima taoísta: "un verdadero guerrero no es belicoso; un verdadero luchador no es violento; un vencedor evita el combate". El hombre moderno no entiende este lenguaje.

Volvamos a las guerras contemporáneas. Una de las razones que explica el aumento de la crueldad de las guerras tiene que ver con el hecho de que las diferencias entre guerra y terrorismo se han vuelto cada vez más difusas. El terrorismo de Estado contemporáneo tiene mucho que ver con los servicios de inteligencia, una pieza clave de los Estados contemporáneos. En la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña, Alemania y la Unión Soviética los añadieron a la acción bélica e incluso les encargaron intervenciones militares. Más tarde, Estados Unidos desarrolló esta nueva estrategia desembocando directamente en el terrorismo. El plan Mangoose diseñó acciones criminales contra ciudadanos norteamericanos en su propia patria para acusar de las mismas a Cuba, tras el fracaso de Bahía Cochinos en 1961. Unos años más tarde, la operación Phoenix planeó liquidar la resistencia del Vietnam aterrorizando a la población civil. El resultado fueron 30.000 asesinados y 35.000 prisioneros y torturados entre 1968 y 1972. Pero es que en la Italia de los 60 y 70 pasó algo parecido con los enemigos internos. Ante el temor de que el PCI entrara en el Gobierno, la logia masónica P-2 y la CIA organizaron una campaña de desestabilización recurriendo al terrorismo. Sólo el año 1969 hubo 149 atentados. Por eso hay tantas dudas sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas, que tuvo lugar 9 años más tarde y sirvió para perseguir a los activistas de Autonomía Obrera. Incluido Toni Negri. Finalmente, no convendría olvidar la "guerra contra el terror", declarada por Bush el 2001, y que fue aceptada por todos los países del mundo, principalmente para que cada cual pudiera hacer frente a sus propias disidencias internas, a partir de entonces calificadas como terroristas, saltándose todos los derechos civiles y políticos a base de políticas de excepción y durísimas reformas de los códigos penales, sin que el resto de países ni los organismos internacionales hicieran caso a las protestas de las gentes afectadas.

Por otro lado, conviene no olvidar los cambios que en los asuntos bélicos está protagonizando la primera potencia del mundo, Estados Unidos, desde que en 1989 inició una "Revolución en los Asuntos Militares" (en inglés RMA) de la que han derivado las últimas guerras que ha protagonizado. Dichos cambios nos están introduciendo en un nuevo mundo en el que los parámetros políticos con los que actualmente aún funcionamos (tales como la soberanía, la justicia, la política, etc.) resultan inservibles. En primer lugar, se apuesta por el uso de tecnología en lugar de la "movilización total", propia de las dos grandes guerras del siglo XX. Esta tecnologización ha convertido las guerras protagonizadas por los norteamericanos en algo incorpóreo, virtual, pues los soldados que usan las nuevas tecnologías no corren peligro y los enemigos mueren de un modo invisible, sin dejar rastro. Por eso dejó escrito Baudrillard aquello de que la Guerra del Golfo (la primera, la de 1991), "no ha tenido lugar"

No sólo ha sucedido que el arte de la guerra ha copiado a la economía en el uso de las nuevas tecnologías. Si la antigua forma de hacer la guerra, basada en la movilización de gran cantidad de efectivos sometidos a una férrea organización, se gestionaba del mismo modo que la producción industrial, con grandes masas de trabajadores acoplados a cadenas de montaje siguiendo ritmos estandarizados, la actual se parece al modo tan flexible de producir que tienen las empresas de hoy. Por ejemplo, suelen utilizar pequeños grupos o empresas subcontratadas. En efecto, en las guerras contemporáneas protagonizadas por Estados Unidos, nos encontramos con que sus tropas suelen estar acompañadas no sólo por fuerzas de países aliados sino también por grupos de mercenarios a los que se les encargan distintas tareas.

Es el caso de Blackwaters, que fue subcontratada por la Administración norteamericana para realizar trabajos en Irak y Afganistán de los que oficialmente no podía responsabilizarse. Dick Cheney, ex alto cargo de la Administración Bush y auténtico responsable de aprovechar el 11S para invadir Irak y repartir la explotación de su petróleo (véase al respecto la divertida e inquietante película documental Vice, el vicio del Poder que Adam McKay dirigió el 2018), ha sido uno de sus máximos responsables. Ahora se llama Academy y es la contratista privada más importante del Departamento de Estado en los EEUU. Otra importante empresa norteamericana es DynnCorp, propiedad del fondo de inversiones Cerberus (que también se ha dedicado a las gangas inmobiliarias -en España creó un negocio inmobiliario, del que es consejero José María Aznar Botella-), dirigida por el ex presidente de EE. UU. Dan Quayle. Igualmente, no hay que olvidad a la británica G4S, la mayor del mundo, ni a la australiana Unity Sesources Group, que ha intervenido en Africa, Asia y America Latina, ni tampoco a la rusa Wagner, con más de 10000 soldados que, según nos contó El País hace unas semanas, ha intervenido en Siria, Libia, Ucrania, Sudán Mozambique y República Centroafricana. Los mercenarios contratados por estos gigantes de la guerra pueden llegar a cobrar hasta 15.000 euros al mes. En segundo lugar, las guerras contemporáneas se parecen a la nueva economía en que los efectivos disponibles son empleados de un modo flexible y móvil en distintas clases de tareas. En efecto, los militares contemporáneos son tan polivalentes como los empleados de las empresas de hoy e incluso exhiben mucha más movilidad funcional, pues pueden encargarse de matar al enemigo, organizar la salud, crear campos de refugiados, mantener el orden e incluso dirigir políticamente un país. Sin embargo, esto no quiere decir que lo hagan bien. En efecto, la ordenación de la sociedades iraquí y afgana, por ejemplo, han sido, como todo el mundo reconoce, un completo y absoluto fracaso.

Por último, la guerra ha experimentado un profundo cambio conceptual que vuelve inoperantes muchas de las argumentaciones clásicas. En efecto, la guerra contra el "terrorismo", al no poder designar claramente al enemigo (pues no es una nación concreta sino más bien una red invisible que se extiende por gran parte del mundo) se convierte en una guerra abstracta. No sólo con límites espaciales indefinidos. También los límites temporales son imprecisos, pues es difícil saber cuándo se ha logrado derrotar definitivamente a tan extraño e intangible enemigo. Más aún, cuando su conversión es tan rápida que es indetectable, pues ni siquiera los propios sujetos son conscientes de que en un brevísimo tiempo van a convertirse en terroristas, lo cual lleva a que se les detenga anticipadamente, hábito que deriva de otro anterior, el de las "guerras preventivas", como la que se declaró a Iraq (la segunda, el 2003). Cuando se añade que el terrorismo atenta contra la "humanidad", la misma comunidad de amigos se vuelve también indefinida. A esa indeterminación de la guerra contemporánea acompaña la indefinición legal, como sucede con los juicios a los criminales de guerra, con la reclusión sin garantías judiciales de los prisioneros (caso de Guantánamo) o con el secuestro de sospechosos y posterior envío en secreto a cárceles situadas en cualquier parte del mundo, etc. Dentro de los países que declaran esta clase de guerras o les prestan apoyo, los derechos y libertades son recortados, la opinión pública se vuelve menos libre y, en fin, la democracia pierde calidad.

Pero es que, además, la propia guerra entre países o conglomerados de ellos también ha cambiado y se está volviendo borrosa, pues no se distingue mucho de la simple delincuencia. Sería el caso de la captación y movilización de inmigrantes realizada por Marruecos y Bielorrusia contra España y Polonia el año pasado, en ambos casos para herir a la Unión Europea por sus flancos más débiles y en algún caso, como Bielorrusia, instigada por una gran potencia, Rusia. No obstante, el abanico de guerras difusas es más amplio, pues también se incluyen las informaciones falsas producidas y divulgadas con soporte en inteligencia artificial, los ciberataques, los sabotajes anónimos a infraestructuras críticas (Estados Unidos sufrió uno en mayo del 2021) y el uso de los recursos estratégicos (como hace Rusia con el gas)

Es difícil aventurar qué rumbo tomará el mundo con todos estos cambios en la administración de la guerra. En cualquier caso, no admite discusión que el terrorismo es una compañía inevitable e imprescindible de los Estados actuales, que no solo son modernos, sino más bien hipermodernos en lo que se refiere al monopolio de la violencia y a la invención de enemigos. Esta sería una razón más que suficiente para dejar de confiar en él. Otro motivo sería su probada incapacidad para cumplir con las eternas promesas de libertad e igualdad con las que los partidos políticos vienen seduciendo a las gentes desde la misma Revolución Francesa, pues siempre han sido pospuestas, apartadas o matizadas una vez han llegado arriba o incluso a antes. Por todo ello, quizás el Estado sea el mayor problema que padece eso que hemos convenido en llamar sociedad. Pero esta verdad no es en absoluto nueva. En el siglo XIX, un amplísimo espectro ideológico, desde los liberales hasta los anarquistas, pasando por los propios comunistas, estaba absolutamente de acuerdo en esto. Sin embargo, contra todo pronóstico, el Estado entró en el siglo XX con la misma habilidad que las Monarquías se han colado en las democracias. Por cierto, Juan Carlos I fue más lejos, ya que también coló al franquismo, responsable de la desaparición de 140.000 personas, una cantidad solo superada por la Camboya de Pol Pot. Todo ello con el beneplácito de los principales medios de comunicación, partidos políticos e intereses económicos del Régimen del 78. Lo peor de todo es que la imposibilidad de haber hecho el correspondiente duelo personal, familiar y colectivo respecto a tan enorme tragedia ha impedido metabolizar el trauma, lo cual hace de esta España institucional que tenemos una nación enferma desde sus mismas entrañas. Pero este es otro asunto. ¿O no?