Juegos sin reglas

La racionalidad económica: Un modesto homenaje a Herbert Simon

Juan Miguel Báez

Profesor de economía

Imagen de archivo.- Pixabay

El año pasado, 2021, fue el 20 aniversario del fallecimiento de Herbert A. Simon, un economista que elaboró importantes aportaciones a la teoría sobre el proceso de toma de decisiones. De hecho, para este autor la economía era la ciencia de la toma de decisiones. Esta ha sido una de las grandes preocupaciones de la teoría económica, cómo tomamos los seres humanos las decisiones económicas, es decir, cómo optamos por una determinada alternativa y, por lo tanto, rechazamos todas las demás. Aunque los inicios de esta tarea se sitúan en los albores de la economía, los primeros autores en darle un carácter más formal fueron Neumann y Morgenstern en 1944, quienes construyeron un modelo de comportamiento racional, basado en la teoría de juegos. Los propios autores reconocieron las enormes dificultades de esta tarea. Es de tal magnitud que, más de 75 años después de dicha publicación, aún debemos calificarla como inconclusa. Sin embargo, su conclusión sería extraordinariamente útil, ya que la vida económica es, en esencia, el producto de múltiples decisiones, tomadas simultáneamente, por un gran número de personas.

La cuestión esencial está en las motivaciones que están detrás de las actuaciones de las personas, teniendo diversas connotaciones, tanto de índole social como psicológica. Pero la obsesión de Neumann y Morgenstern era introducir la formalidad matemática. En sus propias palabras, su objetivo era encontrar principios matemáticamente completos que definan el "comportamiento racional" de los participantes de una economía social, y derivar de ellos las características generales de dicho comportamiento. La racionalidad es, por tanto, el concepto clave. Siendo las personas seres racionales, parece bastante plausible partir de este concepto. Por otra parte, suponer un comportamiento racional de las personas permite predecir cuáles van a ser sus acciones en el futuro.

Para Simon, sin embargo, la capacidad racional de los humanos puede ser, en el mejor de los casos, una burda simplificación de la racionalidad global implícita en la teoría de juegos. Por otro lado, la actividad económica, en general, se lleva a cabo en un contexto de incertidumbre, donde no se conocen con certeza los resultados posibles. Por tanto, los decisores económicos, en su vida diaria, tienen que tomar decisiones con resultados no del todo previsibles. En definitiva, el comportamiento racional de los seres humanos tiene dos grandes limitaciones: la propia racionalidad humana, que no es infinita; y el grado de incertidumbre, inherente a cualquier toma de decisión. Esta incertidumbre, a su vez, puede deberse bien al comportamiento de los otros agentes, bien a lo que conocemos como estados de la naturaleza, acontecimientos sobre los que el ser humano no tiene control alguno (por ejemplo, la cantidad de lluvia que va a caer durante los próximos meses).

Simon distingue entre racionalidad sustantiva y racionalidad procedimental, la primera preocupada por qué decisiones son tomadas y la segunda por cómo son tomadas. Para él, la Economía ha estado centrada fundamentalmente en la primera y muchas cuestiones económicas requieren conocer los procedimientos utilizados para alcanzar decisiones racionales. La racionalidad procedimental es la racionalidad de una persona cuya capacidad computacional es limitada. Pero esta no es el único obstáculo, que contempla Simon, que tenemos los humanos para poder tomar decisiones racionales. También están las dificultades para acceder a la información y las derivadas del propio entorno en el que se toma la decisión. El concepto de racionalidad limitada de Simon es la primera amenaza seria del concepto clásico de racionalidad. Su intención era acercarse a cómo funciona la racionalidad humana en el mundo real.

En definitiva, la tarea de construir un modelo de toma de decisiones es tan compleja que los avances necesariamente tienen que ser graduales. Según Simon, algunos de estos avances se han centrado en los criterios de elección, otros en los conflictos de intereses y otros en la formación de las expectativas. Para Simon el desarrollo teórico se ha debido a dos enfoques principales: por un lado, el que mantiene el criterio de optimización, pero simplificando lo suficiente como para que sea computable; por otro lado, el basado en modelos de satisfacción que proporcionen decisiones suficientemente buenas, con costes de computación razonables. Para este autor, ninguno de estos enfoques domina al otro y han venido coexistiendo durante décadas.

En resumen, la línea de investigación iniciada por Simon, hace más de sesenta años, ha ido desarrollando una serie de modelos alternativos a la teoría de la Utilidad Esperada, que es un modelo de elección de carácter normativo, que define qué decisiones pueden calificarse como de racionales, pero que se ha aplicado como un modelo descriptivo del comportamiento económico. Sin embargo, la racionalidad, como elemento explicativo central de la teoría económica, está seriamente amenazada, pero su derrota no está, ni mucho menos, garantizada. Más bien, parece que el concepto de racionalidad limitada puede ser absorbido por las principales corrientes de la profesión. Por otro lado, la mencionada teoría de la Utilidad Esperada está basada en una función de utilidad, cuyos argumentos únicamente tienen en cuenta el propio interés del decisor. Es decir, no hay cabida para el altruismo, la presión social o el interés colectivo.

Para terminar, consideremos dos ejemplos muy sencillos- Un problema de decisión tiene tres elementos principales: un conjunto de alternativas posibles, las consecuencias (de carácter económico, por ejemplo) de cada una de dichas alternativas y un criterio de elección que nos permita adoptar una decisión concreta. Si llego a un multicine tendré, por ejemplo, 12 películas que puedo ver, pero sólo puedo ver, en esta ocasión, una de ellas. Tengo que tomar una decisión, elegir una de ellas y rechazar las restantes. La forma principal que tenemos los humanos para no equivocarnos (entrar en la sala correcta) es adquirir información. Con ello nos alejamos de una situación de máxima incertidumbre (todas las películas tienen la misma probabilidad de éxito) y nos acercamos a la de máxima certeza (suceso seguro, sólo una de las películas tiene probabilidad de éxito).

Otro ejemplo, ya dentro de la teoría económica convencional, es la elección racional del consumidor. Éste dispone de un conjunto de cestas de consumo (alternativas) y debe elegir sólo una de ellas. Para ello debe tener en cuenta, por un lado, su restricción presupuestaria (que depende, a su vez, de todos los bienes disponibles, así como de sus respectivos precios) y, por otro lado, sus preferencias, es decir, el nivel de satisfacción que le proporcionan todas las combinaciones de bienes (cestas de consumo) posibles. Creo que se intuye la magnitud del problema. Esta teoría (de nuevo criticamos la escuela neoclásica) supone dos cosas que, en la realidad, resultan muy difíciles de sostener. En primer lugar, que el consumidor dispone de toda la información necesaria respecto a las características y precios de todos los bienes que puede adquirir; y, en segundo lugar, que dispone de la capacidad computacional necesaria para procesar dicha información. Al combate de estas deficiencias le dedicó su vida profesional Herbert A. Simon. Sirva este pequeño texto a modo de modesto homenaje a su valía intelectual.