Juegos sin reglas

Nuestros/as jóvenes

Imagen de archivo.- Pixabay

Si bien la noción pudo haber gozado de su protohistoria en el campo literario, lo cierto es que se le ha atribuido al antropólogo escocés Victor Turner el definitivo patentado antropológico del vocablo liminal. Con esta noción quería hacer ver cómo los periodos secuenciales en el itinerario de los individuos dependían de poderosas determinaciones sociales que extralimitaban su decisión. Pero sobre todo quería poner de relieve ciertas fases singulares en el encadenamiento biográfico de individuos o grupos donde se ven exentos de una clara definición social y, por consiguiente, de una identidad. Instalarse en una situación liminal entrañaría carecer de un rol acerca de lo que socialmente se es y, por tanto, liberarse de coactivas expectativas sobre la persona. La liminalidad encerraría una doble faz: propicia el ensanchado del margen de maniobra en la libertad de acción, pero a cambio coloca a sus integrantes en una tierra de nadie, con las incertidumbres vivenciales consiguientes. Lo esencial de la liminalidad es su apertura a un estado de communitas, en el cual la actividad de ciertos individuos o grupos estaría exenta de requerimientos funcionales por mor de imperativos externos. Esto los colocaría en una posición social a-estructural, aunque tampoco por fuerza anti-estructural como prima facie pudiera apreciarse. Lo que una colectividad dotaría a ciertos individuos o grupos es de un impasse en su integración en el orden social, de un intervalo de tregua en el acatamiento sin concesiones de sus dictados.

De manera que la naturaleza del estado liminal está condenada a ser per se transitoria. La ubicación a-estructural donde se ubicarían los actores sociales instalados en la liminalidad, al liberarlos transitoriamente de las ataduras a un encorsetamiento de rol opositor a un otro rol, estimula un  hermanamiento fraternal, despierta una suerte de erotismo intragrupal, al no tener cabida conflictos entre intereses en pugna. Debido a este motivo, favorece una actitud de fractura al respecto de aquellos significados socialmente instituidos, toda vez que la fragilidad sobre la cual se asienta el orden instituido es percibida de manera nítida, solo comparable a la percepción acontecida en una conversión religiosa o mística. De ahí su inclinación hacia lo trascendente, puesto que, ubicados a-estructuralmente, los individuos dispondrían de la clarividencia acerca de la artificialidad adosada a cualquier expectativa de rol.

La juventud es una categoría social relativamente reciente. Hasta la aparición de la escolaridad promovida desde los órganos del Estado fue una fase prácticamente inexistente para la mayor parte de los estratos sociales. Con la ampliación del tiempo de peregrinaje por un cada vez más ancho espectro de población a través del sistema educativo la juventud fue tomando forma social. La juventud, como categoría social, fue inseparable del despliegue de una etapa sociobiográfica de cuarentena antes del ingreso en la sociedad como sinónimo de madurez. Salvo en círculos minoritarios, la modernidad dictaminó que dicha integración se identificase con el desempeño de una actividad útil, con la posesión de una ocupación laboral. Esto, como supo ver Foucault, fue funcionando con muchos más gestos anómicos de lo aparente. Hasta los años 70 del s. XX, cuando la irrupción del desempleo como sino de las sociedades occidentales modificará este panorama. Esta circunstancia forzó a enclaustrar en una liminalidad cada vez más prolongada a sus nuevas generaciones, ubicándolas en los adentros de un sistema educativo cada vez más inclusivo tanto en la población de acogida como extensivo en la finalización de sus tramos. La juventud, y con ello la educación, pasaron entonces a adquirir un carácter liminal, favoreciéndose aquellos trazos propios de la liminalidad. La juventud dejó de ser un eslabón biológico a cubrir a fin de luego integrarse socialmente. De ahí que solo durante la juventud se toleren y hasta se favorezcan actitudes de propensión hacia la hermandad y la trascendencia, nada estimadas en conciertos laborales, por mucho que los departamentos de recursos humanos lo maquillen. Forma parte de la naturaleza misma de los sistemas sociales nacidos en la Modernidad silenciar el peaje individual a pagar, los efectos no deseados, fruto del modelo de la integración instituida. Con todo un precio acaso menor al inducido por el ingreso rápido, violento e infra-cualificado en el sistema social. No estaría de más recordar las altas tasas de adicción a sustancias, brotes de enfermedades mentales o suicidios, siempre emanados durante este periodo liminal donde se dirime el coste de la adaptación de la singularidad de cada quien a la impersonal funcionalidad en el engranaje social, solo equiparables posteriormente en envergadura existencial a la excepcional experiencia abismal de un "salto" donde se descompondría el significado familiar del mundo (Berger y Luckmann). En paralelo, los diferentes saberes expertos se han afanado por elaborar unas correspondientes fórmulas estratégicas legitimadoras de una adecuación a las expectativas de rol socialmente cifradas.

El auténtico problema de la juventud, más allá de retóricas moralizadoras o  innovadoras propuestas en manos de legiones de expertos, es cómo salir realmente indemne del régimen liminal donde la sociedad intencionadamente la recluyó bajo la justificación de una falseada meritocracia. Empresa que, como los/as jóvenes bien intuyen y no erran en su intuición, casi siempre contará con un insobornable respaldo familiar. Con todo, el choque con la realidad propiamente estructural de la sociedad deja secuelas, cuando, de la noche a la mañana, los portavoces de ésta dictaminen que se acabó el estado de tregua liminal, sin ofrecer mayores explicaciones ni recursos institucionales. Una opción a tomar podría ser una prolongación hasta el infinito de la liminalidad, si bien, sopesada en sus costes, es una opción minoritaria, al menos hasta el momento. Esta colisión de la psique con los reclamos del mundo tiene, en efecto, poco de novedoso. Sí es novedosa la singularidad de su concreción en una tipificada personalidad social resultante de una prolongación sin precedentes de la liminalidad. Con todo, lo más envenenado del asunto es el carácter paradójico encerrado en los mensajes lanzados a la juventud en su liminalidad, al unísono por las instituciones políticas y la parafernalia publicitaria. Desde estas instituciones se insta machaconamente a jóvenes a creer que son autosuficientes, dueños por entero de sus vidas, y que solo en virtud de su responsabilidad pueden cristalizar sus expectativas, que su futuro depende únicamente de sí mismos/as. Discurso que, una vez traspasado el umbral de liminalidad, hace que los/as jóvenes se den de bruces, una y otra vez, con la realidad. Por otra parte, a diferencia del capitalismo industrial, en el capitalismo de consumo, a través de un sinfín de eslóganes publicitarios dirigidos en una misma dirección, los/las jóvenes ya no son concebidos como potencial fuerza de trabajo, sino como segmentos de consumo ligados a un fetichizado estilo de vida. Eslóganes que, una vez traspasada la liminalidad, no concuerdan con las expectativas reales de los/as jóvenes, toda vez que habrían silenciado cuál es el tipo de relación social implicada en la capacidad de consumo.

Las estrategias discursivas de las cuales son víctimas los jóvenes no dejan de ser estrategias de doble vínculo (Bateson), aquellas donde se emiten mensajes contradictorios, irresolubles de satisfacer y conducentes en el mejor de los supuestos a la inacción. Son mensajes que, tomados al pie de la letra, conducirían a que a la salida de la liminalidad no se aviste más que la frustración, o que, al cabo, los jóvenes se pregunten, desconcertados, a quienes tendrían que pedirle cuentas, ya que ni siquiera lo saben. Acabemos con Deleuze, por si pudiera ofrecer alguna pista a este propósito: ¿No es extraño que tantos jóvenes reclamen una "motivación", que exijan cursillos y formación permanente? Son ellos quienes tienen que descubrir para qué les servirán tales cosas, como sus antepasados descubrieron, penosamente, la finalidad de las disciplinas. Los anillos de las serpientes son aún más complicados que los orificios de una madriguera de topo.