Opinion · kⒶosTICa

Las consecuencias de un invierno nuclear

Por una mera casualidad, ha caído en mis manos una propuesta de estudio de dos investigadores estadounidenses de la Universidades Rutgers y de Colorado. La propuesta, dirigida al Open Philanthropy Project, se titula Impactos ambientales y humanos de la guerra nuclear y aunque data de 2017, el interés de su contenido me ha llevado a traerlo a este espacio.

El objetivo del estudio es intentar calcular por primera vez los impactos de la guerra nuclear en la agricultura, la cadena alimentaria y en los propios seres humanos en función de la disponibilidad de alimentos y los movimientos migratorios que se desencadenarían.

En plena tensión entre EEUU e Irán, precisamente, con el armamento nuclear como telón de fondo, merece la pena echar un vistazo al arsenal nuclear existente en el mundo, con cerca de 14.000 armas nucleares en todo el mundo repartidas fundamentalmente entre nueve países, si bien entre Rusia y EEUU poseen el 92% del total.

Desde la década de los años 80 existen numerosas investigaciones que pronostican que una guerra nuclear traería consigo incendios forestales masivos, lo que provocaría aire tóxico y sumiría a grandes extensiones geográficas de oscuridad por las enormes nubes de humo. Sólo los incendios en las ciudades provocarían más hollín que los bosques en llamas, ascendiendo a la estratosfera e incrementando exponencial un cambio climático. El humo bloquearía la luz solar, caerían en picado las temperaturas en las zonas más oscuras al tiempo que la destrucción de la capa de ozono potenciaría la radiación ultravioleta. El resultado de este escenario dantesco es lo que se ha venido a denominar un ‘invierno nuclear’.

Los autores de este estudio apuestan por obtener más y mejor información simulando escenarios de guerra más localizados, pero en los que es preciso averiguar qué cantidad de humo que se inyectaría a la atmósfera, los impactos en el  clima y los cambios ultravioleta, así como las consecuencias que tendría en los modelos agrícolas y, por tanto, en el suministro mundial de alimentos.

¿Cómo cambiaría la disponibilidad de alimentos y agua en cada nación? El lado perverso de la globalización ya nos dio unas pistas cuando a principios de esta década se produjo una ola de calor y la consecuente sequía en Rusia. El país dejó de exportar su trigo y, derivado de ello, el precio de los alimentos se duplicó en Oriente Medio. En caso de guerra nuclear, ¿cómo sería el comportamiento de los países? ¿Acumularían alimentos o simplemente aumentarían el precio para obtener ganancias?

No está del todo claro, pero lo que parece seguro es que los cambios en el rendimiento afectarán al precio de los alimentos. A ello se suma, además, que se alterará la demanda de agua y cambiará drásticamente la cadena de suministro de alimentos a nivel mundial. Asimismo, aparece otra derivada más: los movimientos migratorios, como prueban estudios en los que se ha visto que cuando se produce un caída del 10% en el rendimiento agrícola en México, la migración hacia EEUU aumenta en torno a un 2%.

Por otro lado, el aumento de la desigualdad también se disparará. Para muestra, un botón: Cuando EEUU sufrió la terrible sequía de 2012 en el medio oeste, la producción de maíz se desplomó un 25% y, sin embargo, el precio de los alimentos se incrementó en un 50%, enriqueciendo a una élite al tiempo que se restringía el acceso de los alimentos a una generalidad empobrecida.