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Cómo han evolucionado los bulos sobre el COVID-19 desde que se inició la pandemia

Los bulos, la desinformación, las mentiras, las fake news, las paparruchas o como lo queremos llamar, se han convertido en una auténtica lacra para la sociedad, especialmente cuando aprovechan desgracias como la actual sanitaria del COVID-19. El fenómeno se ha salido tanto de madre, auspiciado por la dificultad de bordear la delgada línea entre censura y límites a la libertad de expresión, que incluso la revista Nature dedicó recientemente unas líneas a este asunto.

La publicación arrancaba su artículo recordando las rocambolescas teorías de la conspiración en tornos a Bill Gates que páginas web como Biohackinfo.es se han dedicado a propagar... tanto que el vídeo superó los dos millones de visitas y algún que otro miembro del gabinete de Donald Trump, que deben de compartir sesión de estudios, desarrolló en un programa de radio.

El confinamiento ha supuesto el último empujón para que la desinformación campe a sus anchas, con millones de personas en sus casas, navegando por aburrimientos, buscando este tipo de bulos, creyéndolos y contribuyendo a su propagación. El fenómeno es de tal gravedad que los expertos se han puesto manos a la obra con su estudio y desde centros como el Observatorio de Internet de Stanford, en California, han creado un grupo de rastreadores que siguen el rastro de todas estas paparruchas, incluidas las que sencillamente son noticias erróneas, que no buscan deliberadamente desinformar, pero que se propagan como la espuma.

Causalidad

La University of Southern California en Los Ángeles, ha publicado un conjunto de datos de más de 120 millones de tweets sobre el coronavirus y en Italia se ha creado el Observatorio Infodémico COVID-19 que, gracias a la Inteligencia Artificial es capaz de revisar más de 4,7 millones de tweets sobre la transmisión de COVID-19 todos los días. ¿Qué se extrae de toda esta información? Pues, por ejemplo, que en los primeros meses de la pandemia, el origen de la mayor parte de la desinformación vino por el desconocimiento de la comunidad científica al respecto.

Si ahora la incertidumbre sobre el comportamiento del coronovirus y su evolución es alta, en aquellos meses era inmensa, y comenzó a darse crédito a teorías de científicos sin reputación ni referencias, a documentos científicos sin la correspondiente revisión de pares y sin ni siquiera advertir de ello...

Sin embargo, la desinformación ha evolucionado a medida que lo hacía la pandemia y el caso español es muy bueno para ilustrarlo. Transcurrían las semanas y, en lugar de ser esa incertidumbre científica la que marcaba el ritmo de los bulos y la desinformación, era la política. Joan Donovan es socióloga en la Universidad de Harvard en Cambridge (Massachusetts)  y ha estudiado lo sucedido en redes sociales, denunciando el modo en que diferentes políticos del mundo han tratado de imponer sus agendas políticas en base a la mentira.

Neil Johnson, físico de la Universidad George Washington, va más allá, asegurando que muchas de las narrativas de desinformación en torno al COVID-19 se generaron por grupos de extrema derecha que se desenvuelven con soltura en plataformas convencionales como Twitter, Facebook e Instagram, pero también en otras más particulares, como VKontakte, Gab y 4Chan, sin olvidar herramientas de mensajería instantánea como Whatsapp y Telegram. Johnson detecta en este odio, racismo y xenofobia en buena parte de sus comunicaciones.

Nature alerta de cómo este aluvión de desinformación puede llegar a ser mortal, poniendo como ejemplo todas las falsedades publicadas acerca del uso de la hidroxicloroquina. En el centro de la polémica no sólo se encuentra las barbaridades que dicen al respecto Trump o el brasileño Bolsonaro, sino también las informaciones que salen desde Fox News, tanto en formato de noticia como por boca de presentadores minimizando el riesgo del coronavirus y acusan al sector demócrata de exagerarlo para desgastar a Trump.

No es que este tipo de investigaciones sean nuevas exactamente, pero digamos que con el COVID-19 se ha creado un escenario perfecto para el trabajo de campo. Algunos expertos creen que uno de los motivos por los que se extienden con tata rapidez estos bulos es que buena parte de la sociedad ha perdido sus filtros por el camino, espoleada especialmente por su ideología política. Hablando en plata: si la información procede de fuentes que comulgan con mi ideología política, de manera automática, le atribuyo veracidad, y al contrario cuando es del polo político opuesto.

A mediados de marzo, Facebook, Google, LinkedIn, Microsoft, Reddit, Twitter y YouTube emitieron una declaración conjunta que decía que estaban trabajando juntos para "combatir el fraude y la información errónea sobre el virus". Otros esfuerzos se encaminan hacia la verificación: Red Internacional de Verificación de Datos (IFCN), dentro del Instituto Poynter para Estudios de Medios en San Petersburgo (Florida) cuenta con una base de datos de más de 6.000 bulos detectados y el mecanismo de verificación de la propia Google registra más de 2.700 verificaciones de hechos sobre COVID-19... pero estos verificadores están literalmente desbordados. Sólo en el caso de España, el IFCN ha destapado más de 500 bulos a través de actores como Maldita.es. La desinformación se ha convertido en la otra gran plaga y si no su vacuna, sí al menos el tratamiento, es la activación de nuevo de los filtros.