kⒶosTICa

La planta carnívora de la digitalización

El sector tecnológico es un auténtico maestro a la hora inventar narrativas que lo encumbren como la nueva revolución que ha venido a mejorar nuestras vidas. Durante la pandemia del coronavirus lo ha vuelto a hacer, no sólo presentándose como uno de los salvadores que hicieron más cómodo nuestro confinamiento –para quienes no sean víctimas de la brecha digital- , sino también como el mejor medio para conservar el puesto de trabajo. ¿Es real este retrato?

Con el pretexto de habernos mantenido conectados con el mundo, las operadoras de telecomunicaciones han conseguido que las personas olvidaran sus precios abusivos, sus contratos de permanencia o el retraso en el despliegue de infraestructuras básicas para garantizar coberturas decentes en la España vaciada.

Amazon ha repartido a diestro y siniestro, incluso, alimentos, porque a pesar de que los supermercados y tiendas de alimentación siempre estuvieron abiertos durante el confinamiento, muchas personas quisieron la compra en casa. Amazon no es la única que se hizo de oro durante aquellos meses, también lo hicieron empresas como El Corte Inglés, que trasladó a su personal de Textil o Cosmética a Alimentación para hacer frente a los pedidos por internet. ¿Alguien cree que los trabajadores y trabajadoras que componen toda ese ciclo de venta (en almacenes, puntos de venta, reparto…) salieron de la precariedad? Ya les avanzo que sentencias judiciales contra Amazon, sin ir más lejos, demuestran que no.

El discurso extendido que se resume en "menos mal que llegó la tecnología", se amplificó por doquier, utilizando para ello a los primeros espadas del sector, con Netflix lanzando series a tutiplén, Google o Zoom conectando aulas enteras, Apple implicada en las aplicaciones de rastreo, las empresas de reparto llevando a la puerta de nuestras casas sus falsos autónomos… y, cómo no, quienes pudieron teletrabajar, echando más horas extras que cuando estaban en la oficina, aunque como entonces, sin remunerar (eso no ha cambiado).

Dicho de otro, la digitalización –que la maquinaria de marketing bautiza como la "cuarta revolución industria"- se asemeja más a una planta carnívora, esto es, atractiva y sugerente que, en cuanto estamos a su alcance, nos devora. La digitalización ha cambiado el mundo del trabajo y los estándares de privacidad y no para mejorarlos precisamente. Un buen ejemplo de ello es ese teletrabajo demencial, auténtica generadora de precariedad, con empresas como Amazon Mechanical Turk (MTurk) como uno de sus máximos exponentes.

El sector que se nos presenta como revolución, en realidad, ha retrocedido varios siglos atrás. Como en el siglo XIX, miles y miles de personas trabajan desde sus casas, sin beneficios sociales, por un sueldo pírrico, cobrando por pieza y no por tiempo, como cuando antaño se pagaba la confección de una blusa o una bata. Ya no es que no se paguen las horas extras, es que ni siquiera se retribuyen las horas necesarias mínimas para realizar el trabajo. Esa es la realidad hoy en día.

¿Qué podemos esperar de la digitalización? Se enfrentan dos teorías, aquella que defiende que la creciente automatización y la economía de los datos y algoritmos nos traerán un mundo más feliz sin pagar peajes y la que sostiene que nos enfrentamos a una gran amenaza existencial y laboral. Ninguna de las dos tiene por qué dominar, podemos buscar un equilibrio; el problema es que hoy por hoy, el mensaje que impera es el primero y no se está ajustando a la realidad.