Opinión · La oveja Negra

‘Piel de Topo’, Jon Arretxe nos lleva al Bilbao negro

José entra en el bar. En realidad no se llama José. Tiene uno de esos nombres africanos difíciles de pronunciar, así que, en el barrio, decidieron cambiárselo por José. Mejor eso que no llamarle simplemente “el negro”. Porque nadie se iba a tomar la molestia de memorizar su verdadero nombre. José carga sus bolsas repletas de camisas falsas de Ralph Lauren. Le llaman desde el extremo de la barra, un grupo de tipos que van por su quinto botellín. “¿Camisas?, yo pensaba que vendías Conguitos”. Estallan las carcajadas, mientras palmean la espalda de José, que aguanta con la esperanza de hacer una venta. Contemplo la escena tomando una caña, aguantando la chapa sobre fútbol del tipo que tengo al lado. Y se me viene a la mente la última novela de Jon Arretxe, “Piel de Topo”, publicada por la editorial Erein. La quinta protagonizada por Touré, un falso vidente de Burkina Faso que se gana la vida haciendo pequeños trabajos de detective en el barrio de San Francisco de Bilbao. Ese otro Bilbao tan lejano del Guggenheim, de los pinchos de diseño y de las brillantes estrellas alineadas en la entrada de los restaurantes. Una pequeña África habitada por gitanos, inmigrantes, yonquis y prostitutas que rara vez se adentran en el otro Bilbao, el Bilbao blanco.

Para que las gentes de bien de la ciudad puedan dormir tranquilas, San Francisco está controlado por una red de cámaras. Y tras esas cámaras está “La rata”, un ertzaina que desprecia a todos los habitantes del barrio. Desde las alturas controla y manipula a Touré y sus amigos para que cumplan sus deseos, tirando de los hilos que la necesidad y la desesperación han atado a sus extremidades convirtiéndolos en títeres. “La rata” Lo ve todo, lo sabe todo. Cruel, vengativo y caprichoso, como el Dios del antiguo testamento.

Con un ritmo que no permite que dejes de pasar páginas, “Piel de Topo” nos muestra la cara oculta de la ciudad de Bilbao, esa de la que nunca hablan en las oficinas de turismo. De la miseria, del racismo, de la indiferencia. Y, como las buenas novelas negras, también nos habla de esa parte oscura de nosotros mismo que, como Bilbao con el barrio de San Francisco, no queremos enseñar.

“Tío, que el caballo de la camisa parece un perro”. Los de la esquina siguen burlándose de José, que les mira con esa sonrisa apagada de los que saben que el orgullo es un lujo que no está a su alcance. Y siento que me crecen uñas en el estómago, que debería hablar con él, invitarle a tomar algo, preguntarle por su país, por los años que hace que nos ve a su familia, por todo lo que tuvo que pasar hasta llegar a España. Por los sueños que la realidad devora. Pero, en lugar de eso, pregunto al tipo que está a mi lado: “¿Contra quién juega el Madrid este fin de semana?”. No sé por qué.