Opinion · La oveja Negra

‘Alacrán: leer con un nudo en la garganta

Es una sensación de pura visceralidad que brota de esa parte animal que todos tenemos. Aunque la sociedad se empeñe en extirpárnosla. No se puede racionalizar. Las neuronas no tienen nada que decir en esto. No lo conoces, no has hablado con él, ni siquiera sabes si te caerá bien. Y, sin embargo, darías tu vida porque nada le ocurriera. Le quieres. Con el corazón y con el estómago. De esa forma pura e inmaculada. Le abrazas por primera vez. La fragilidad, la total dependencia, te traspasa. Y cae sobe ti toda la carga. La responsabilidad, el miedo. Pero ese peso en vez de hundirte te hace más fuerte. Invencible. Y lo sientes ahí, en las tripas. Eso es lo que sentí cuando tuve a mis hijos entre mis brazos por primera vez.

Los hijos y el amor incondicional que despiertan están muy presentes en Alacrán, la conmovedora, salvaje y brillante novela de Salva Alemany editada por Amarante.

Frontera. Como una cicatriz. El infierno México a un lado, al otro el cielo de las barras y estrellas. Allí vive el Gringo Santos. Sus dos pasiones son las motos y su mujer, Lupe, la mexicanita. Pero no todo el dinero sale de desmontar motores Norton y Harley Davidson. Santos hace trabajos para Don Dimas. Le limpia la mierda, le saca la basura. La frontera es tierra de narcos, de espaldas mojadas, de gente que desaparece y por la que nadie pregunta. El encargo de Don Dimas es liquidar a un tal Lucio Cortés. Simple. Fácil. Acaba con él en su propia casa. Pero Santos descubre algo con lo que no contaba. Un bebé. Recién nacido. Un regalo del destino para Lupe y para él. Aunque el destino nunca hace regalos. Siempre pasa la factura.

Alacrán es una de esas novelas que se te quedan dentro cuando cierras la última página. Visceral. Redonda en su estructura formal. Con unos personajes reconocibles y no por ello planos, con los que el lector se identifica casi de inmediato. Los seres humanos son meras fichas en un juego de azar. La violencia y la tragedia presentes como en un drama shakesperiano. Una obra dura y a la vez dotada de ternura. Una novela negra de acción cargada de fatalismo. Y de humanidad.

Alemany es un maestro sabiendo acelerar y frenar el ritmo de su obra para que el lector no quiera bajarse del tren hasta el final. Porque tenemos que hablar del final de Alacrán. Uno de los mejores que en leído en mucho tiempo. Sin concesiones a la galería, ni a la mercadotecnia, ni a esa gran mentira llamada “lo políticamente correcto”. El final de la novela te hace dos nudos. Uno en la garganta y otro en el estómago. Así es como acaba una novela un escritor de verdad.