Opinion · La oveja Negra

‘Despiértame para verte morir’: interrogatorio a una novela

La sala es gris y estrecha. Para evitar distracciones y aumentar la sensación de encierro. En el centro hay una mesa. También anodina. Con dos sillas enfrentadas. Dejo que espere un rato más. Es bueno que se coma la cabeza antes de que empiece el interrogatorio. Así se ablanda. Así caerá en contradicciones. Le pillaré en algún fallo. La mayoría no aguantan y se derrumban a las pocas preguntas. Muy pocos salen indemnes de mis interrogatorios. Ese es mi trabajo. Luego, que sean otros quienes lo juzguen.

Entro en la sala. Se remueve en la silla, nervioso, al verme llegar. Me quito la chaqueta y me remango. Ese gesto siempre los acojona. Como si fuera el preludio del puñetazo. Me siento. Enciendo un cigarrillo. Pulso rec en la grabadora. Y le miro por primera vez. La novela se mantiene impasible, aunque noto que su pierna no deja de repiquetear compulsivamente contra el suelo.

—Así que su título es Despiértame para verte morir, ¿no es así?
—Sí, así es. Mi autor es Miguel Aguerralde y me editó Cazador de Ratas.

Preguntas de calentamiento antes de lanzarme a la yugular.

—¿Tú de qué vas?

Titubea, antes de contestar.

—El ex fiscal Marcus Crane vive obsesionado por un caso. Un brutal asesinato que le cambió la vida. Dejó a su mujer, abandonó el derecho… Y eso a pesar de haber conseguido que condenaran al monstruo: Richie Santoro, el hombre que descuartizo a aquella niña. Han pasado los años, y una nueva ola de crímenes parece cebarse con los allegados de Crane, obligándole a contemplar las imágenes de cada uno de los asesinatos.

La respuesta suena convincente. Pero solo estamos empezando.

—Vale, ahora quiero que me cuentes cómo lo hicieron.

Duda, pero sabe lo que le conviene y empieza a cantar:

—Ritmo apoyado en una trama que mantiene en un estado constante de inquietud al lector. Una historia contada en primera persona, con diálogo interior, pero sin extenderlo hasta el aburrimiento. Violencia y constantes giros argumentales que arrastran hasta la sorpresa final.

Me mira ufano, satisfecho de sí mismo. No sabe que guardo un as en la manga.

—Parece que todo está en regla. Aunque antes de dejar que se marche me gustaría hacerle una última pregunta.

Alza una ceja, desafiante.

—¿Por qué?

Veo como todos sus rasgos se vuelven rígidos. La sonrisa de suficiencia convertida en una mueca. El labio inferior temblando.

—Mire, la historia es buena, —digo— los personajes potentes, mantiene la tensión hasta el final. Los lectores disfrutarán mucho leyéndola. No tengo dudas en ese aspecto. Pero no hay un por qué. Solo es trama y giros argumentales. Violencia e intriga. Pero sin un por qué la historia puede resultar inverosímil. Como si no tuviera sustento.

Me levanto y le dejó dentro de la sala de interrogatorios. Antes de salir, su risa me golpea en la espalda.