Opinión · La oveja Negra

‘Esa maldita pared’: esto sí es true crime

Que sí, que sí. Que ya lo sé. Lo que está bien y lo que está mal. Si nos lo repiten desde pequeños. Que no hay que robar. Que hay que ser buenos. Que el delito siempre se castiga y bla, bla, bla… Pero que quieren que les diga. Hay algo que siempre me ocurre cuando paso por delante de un banco. Comienzo a sentir el nerviosismo paranoico del “ahora o nunca”, un sudor que pasa del frio al calor, como la ducha de un hotel. Y unas ganas tremendas de entrar por la puerta del banco señalando a todo el mundo con un revólver mientras grito ¡ESTO ES UN ATRACO!

Ya, ya, si lo sé, no hace falta que me lo digan. Está mal. Esta muy mal pensar cosas así. Pero no puedo evitarlo. Es la fantasía de un chico de barrio. Debe ser mi cerebro reptiliano, más influenciado por una lagartija de descampado que por un triceratops.

Quizás por eso he disfrutado tanto con Esa maldita pared, escrita por Flako (seudónimo tras el que se esconde un atracador de bancos real, que utilizaba el método del butrón) y editada por Libros del K.O. Flako escribió el libro mientras cumplía condena por “expropiar” (como él lo denomina) dos sucursales bancarias. Los medios de comunicación y la policía le conocían como el Robin Hood de Vallecas.

Flako cuenta cómo aprendió el oficio de su padre, también atracador. Todo un personaje que siempre tenía dinero y nunca trabajaba. Un hombre que disfrutaba más repartiendo el botín con sus cómplices y familiares que robándolo. Con él aprendió a moverse por las alcantarillas de Madrid, a confiar en las ratas para saber si se puede respirar en una galería o no, a descubrir qué bancos tienen sótano, y a seguir la estela del gran Albert Spaggiari. El hombre que robó la Société Générale de Niza, utilizando un túnel desde las alcantarillas. Durante el robo hacía descansos para comer paté y vino. Cuando terminó, dejó escrito en una pared su lema: “sin odio, sin violencia, sin armas”. Se llevó 60 millones de francos.

En Esa maldita pared, las carencias literarias y estilísticas del autor quedan compensadas y completamente oscurecidas por la autenticidad que desprende cada línea, por la verdad que destila toda la obra. Contada desde las tripas y desde el corazón. Una obra de una contundencia brutal, que nos habla sin tapujos del delito, de la redención, de la doble moral, del placer, de la vida. Pero no esa de cartón piedra que nos muestran en la tele, no. Nos habla de la vida que duele, que mancha, que se come y que se bebe, que se sufre y se goza. No todos los días un atracador nos cuenta parte de su vida. No se pierdan esta maravilla.

No sé qué tienen los atracadores de banco que, salvo en caso de que utilicen la violencia, siempre nos caen bien. Quizás por aquello que escribió Bertolt Brecht en La ópera de los tres centavos: “¿Quién es un criminal mayor? ¿El que roba un banco o el que funda uno?”