Opinión · La oveja Negra

‘El coro de medianoche’: mentir para hacer justicia

Era una de esas noches de viernes en las que el calor empujaba a la gente a la calle. Entonces comenzaron los gritos. El tipo se balanceaba desde el alféizar de la azotea. Amagando con lanzarse a los brazos del vacío.

-¡Estoy harto! ¡Me tiro y se acabó!

Las cabezas se alzaron buscando el origen de aquellas voces.

-¿Pero qué pasa? -Nada. Uno, que dice que se va a tirar. -Joder, cómo está la banda. -¿Pero es en broma o es en serio? -Buah, mucho lirili y poco lerele. Ya verás como al final no hace nada. ¿Te pido otra? -Vale, pero me la tomo aquí fuera que no me quiero perder nada.

Los grupos se congregaban a la puerta del bar apuntando con sus teléfonos al tipo de la azotea que continuaba gritando.

-¡No lo soporto más! ¡Estoy cansado de sufrir! ¡Todo es una puta mierda!

-Claro que sí, tío. La tele está fatal. -Jajajajajajajajajaja. -Si se tira, igual me saco unos euros vendiéndole las imágenes a alguna cadena. -Venga, tírate ya, coño. Que no me quiero acostar muy tarde. -Si te tiras, luego te invitamos a lo que quieras. -Jajajajajajajajajaja. -Yo creo que a estos los pone el Ayuntamiento para distraernos. -Que se tire. Que se tire. Que se tire. Que se tire. Que se tire.

El coro de medianoche, escrita por Gene Kerrigan y editada por Sajalín, también comienza con un hombre subido a una azotea. Un hecho aparentemente sin importancia, otro borracho tocándole las narices a la policía. Pero la cosa se complica cuando descubren que el tipo está manchado de sangre. Sangre que no es suya. El inspector Harry Synnott, de la Garda Síochána (la policía de la República de Irlanda), está a punto de ser ascendido. Sus superiores le tienen en alta consideración por lo que hizo. Con su testimonio logró condenar a un asesino, aunque se llevó por delante a dos compañeros a los que acusó de torturar al detenido. Por eso son pocos los que quieren trabajar con él. Pero no todo en Synnott es tan recto como parece. La manzana más perfecta es la que esconde un gusano.

El coro de medianoche está emparentada con las obras de Ed McBain o Joseph Wambaugh. Lo que la dota del aroma de los clásicos. Novelas corales sobre el trabajo policial, sobre la calle y el delito. Sobre la ración de miseria humana que los agentes tienen que tragar cada día. En cada página, cada caso, cada personaje, cada diálogo, se nota que Kerrigan lleva años siendo periodista de sucesos. Que sabe de lo que habla, que conoce como huele una comisaría, de qué se habla en los bares donde se refugian los que no quieren volver a casa, a sus vidas. Que ha visto esa mezcla de locura y estupidez en los ojos de un asesino al que se llevan esposado. Pero todo este mecanismo literario sobre el trabajo policial de repente hace click y se transforma en otra cosa ante nuestros ojos. La novela entonces se transforma en una reflexión sobre la verdad, la mentira y la justicia. Malos actos para obtener fines dignos. Y el poder de los agentes de la ley para salvar vidas, pero también para destrozarlas. Kerrigan vuelve a demostrar su poder narrativo (lo hizo en La Furia, no tanto en Delincuentes de medio pelo). El coro de medianoche es una de esas obras maravillosas que hacen que tus dos siguientes lecturas, indefectiblemente, sean decepcionantes. Que no se les escape.

El “ooooohhhhhh” fue general cuando se escuchó aproximarse a las primeras sirenas.

-Ya llega la policía para estropearnos la diversión. –Este ya no se tira.

El tipo de la azotea continuaba allí, dejándose atraer por el suelo.

-¡No os importa ver a un hombre sufrir, ¿verdad?! ¡Ya nada importa, nada!

En un instante el cuerpo se precipitó contra la acera. El espeluznante sonido del impacto, pastoso y húmedo. La policía descendiendo deprisa de los coches patrulla. Los móviles devorándolo todo. Hasta que los grupos se disolvieron entrando en el bar.

-Pues yo pensaba que me iba a impresionar más. –Verás mañana cuando lo cuente en la oficina.