Opinion · La oveja Negra

‘El frío de la muerte’: el mal puede ser tan hermoso

Cuando eres un adicto, la vida se simplifica. Se convierte en algo sencillo, comprensible, sin complicaciones. El pasado y el futuro se desvanecen. El orgullo, las ambiciones, los agravios, los deseos, las apariencias… todo se vuelve secundario, prescindible, innecesario. Tu existencia se condensa en un solo deseo, en una sola necesidad, en un solo motivo que lo explica todo, que lo justifica todo. Y haces lo que sea necesario para satisfacer a la bestia que te araña las entrañas, para regresar a ese paraíso químico que se esconde dentro de tu cabeza, al perentorio ritmo que te marca tu corazón. En esta columna he anunciado varias veces mi adicción. Dicen los que saben de este tipo de dolencias, que reconocer que tienes un problema es el primer paso hacia la solución. Pues bien, yo no asumo que mi adicción suponga problema alguno. Y eso que cada año caigo más y más. Un pozo del que muy difícilmente podré salir algún día. Tampoco lo deseo. Llevo más o menos bien el día a día. He logrado aparentar ser alguien normal. Salgo a la calle, saludo a mis vecinos, hablo con mis amigos, juego con mis hijos, beso a mi mujer… a simple vista nadie nota mi problema. Como mucho, algunas veces alguien me nota algo despistado, como ido. Es cuando mi cabeza solo desea regresar a casa y encerrarme y que el mundo me deje en paz para poder disfrutar de mi dosis. Volver al paraíso y que lo demás deje de tener importancia. Porque mi droga es una de las más adictivas y destructivas que hay. Mi droga es la novela negra. Se podría decir que soy un politoxicómano, porque soy adicto a muchos autores. Pero si hay alguno con el que me sudan las manos cuando sé que tiene nuevo libro ese es John Connolly. Y tiene libro nuevo.

El frío de la muerte, editado por Tusquets, editorial a la que estaré eternamente agradecido por haber publicado toda la saga del detective Charlie Parker (y por convertirme en un yonqui), ahonda en el camino que está tomando la vida del investigador privado y, sobre todo, la de su hija.

El agente Ross, del FBI, hace un extraño encargo a Parker: encontrar a otro detective privado que ha desaparecido. El tipo se llama Jaycog Eklund y a medida que la investigación avanza se hace más evidente que no es una desaparición cualquiera. La mafia una misteriosa organización religiosa, Los Hermanos, con fuertes vínculos con el pasado y con sus antepasados, también están interesados en Eklund.

Connolly vuelve a demostrar que es uno de los escritores con más imaginación del panorama. Un narrador con el poder de un buldócer y la sutileza de un bisturí. Personajes, diálogos, trama, ritmo. Las piezas con las que el autor irlandés construye una novela redonda (otra más). Y el mal. Ese que nuca falta en sus obras. Ese que domina a la mayoría de sus personajes. Abran El frío de la muerte y sientan el escalofrío. Viene muy bien para combatir el calor del verano.