Opinion · La oveja Negra

‘Yo fui mercader de mujeres’: reencontrarse con el maestro

Lo entiendo. Sí, les comprendo perfectamente. Llegan agotados de la interminable jornada laboral (da miedo pensar que nos pasamos más de la mitad de nuestra vida en el trabajo, con gente con la que no hemos elegido estar, haciendo cosas que no nos gustan) y al llegar a casa son de los pocos que abren un libro. Y si encima es una novela negra, la cifra se reduce considerablemente. Cómo no voy a entender que prefieran una de esas historias protagonizada por una policía guapísima y millonaria pero deprimida, enamorada en secreto de un joven agente con el que tiene que enfrentarse a un inverosímil psicópata. El malo, pierde. Los buenos, ganan. La chica se queda con el chico y la única parte negativa se la llevan las perdices que acaban en el plato para que los protagonistas sean felices. Todo en seiscientas páginas por las que escapar de la realidad. Así es como debería ser la vida. Bella y justa, como Themis.

Pero es que Julián Ibáñez ha sacado nueva novela: Yo fui mercader de mujeres, editada por Cuadernos del Laberinto. Y eso es un acontecimiento.

La vida de Bellón ha sufrido cambios. Gaitán, el policía que tiene en su poder fotos que le comprometen le pide que acompañe a una extraña mujer mexicana. Durante días lo único que hace es conducir para ella y trasladar sus maletas de un hotel a otro. Algo huele mal. Mucha pasta por hacer de botones y chófer. Todo se complica cuando salta la noticia del secuestro de un magnate mexicano en Madrid. Bellón comprende entonces cuál es su papel en esta historia.

Lejos de agotarlo, Ibáñez ha conseguido renovar el personaje de Bellón. Sin abandonar esa parte suburbial de la sociedad por la que se mueve (no se pierdan la historia de las dos Fátimas que da título a la novela), mete a su personaje en una trama internacional llena de claroscuros y de matices con la que logra mantener la tensión sin apenas contar nada de la trama. Solo al alcance de los muy grandes. Además de hacer referencias explícitas de la época en la que vive Bellón (impagable el momento en el que se ve rodeado por una manifestación feminista). El maestro demuestra por qué lo es en cada nuevo libro.

Lo entiendo. Si les comprendo perfectamente. Pero deberían probar a meterse en un bar de mala muerte con los ojos de Julián Ibáñez. A ponerse los zapatos del tipo ese, cuya sola presencia provoca que se cambien de acera. A recorrer las aceras por las que solo caminan los perdidos. Porque así es la vida. Porque hay más verdad. Porque Julián es un escritor enorme. Y, sobre todo, porque son novelas mucho más divertidas.