Opinion · La oveja Negra

‘Una historia de impostores’: Menéndez Pelayo y sus amigos falsificadores

Recuerdo una de esas aburridísimas visitas al Museo del Prado con el instituto. La corta edad nos impedía percatarnos del privilegio que suponía estar allí, escuchando las explicaciones que un miembro del museo daba de cada obra. El grupo se detuvo ante un cuadro, no recuerdo cuál. Yo me dedicaba a perseguir chicas con la vista ignorando la  charla del experto. Entonces, reparé en que alguien se había unido al grupo. Un hombre mayor. El pelo muy blanco y lentes de carey. Se había acercado con disimulo. Atendía al especialista mientras observaba la pintura. Noté que, de vez en cuando, soltaba una risita mientras mordía la cánula de su pipa. Como si lo que estuviera escuchando le produjera diversión. Los miembros de mi clase avanzaron hacia otra obra, para continuar con la visita, pero aquel hombre no nos siguió. Permaneció en las inmediaciones del cuadro. Esperando la llegada de otro grupo para repetir las burlas a las eruditas explicaciones de los guías. En un momento dado, nuestras miradas se encontraron y el hombre me guiñó un ojo con complicidad. No me pregunten por qué, pero siempre he creído que se trataba de un falsificador ante su obra riéndose de las palabras que los guías le dedicaban, disfrutando del íntimo placer de ver su pintura colgada en el Prado, aunque estuviera firmada por otro. ¿Cuántas falsificaciones adornan los muros del Museo del Prado? ¿Y del Louvre? ¿Más que en el Hermitage? Los falsificadores constituyen la aristocracia de la delincuencia. Mitad estafadores, mitad artistas. Envueltos siempre en un halo trágico, fruto de haber renunciado a sus sueños artísticos a cambio de una vida acomodada. Los estafadores (en ficción) caen simpáticos porque están emparentados lejanamente con el concepto de justicia directa. Roban aprovechándose de la ignorancia, la codicia y la ambición de los demás.

Una historia de impostores, escrita por Joaquín Álvarez Barrientos y editada por Cuadernos del Laberinto, es una deliciosa historia de falsificadores en la que se mezcla la figura histórica de Marcelino Menéndez Pelayo.

Desde que salió de prisión, Jesús Guzmán, está obsesionado con una extraña organización: la Sociedad para la mejora de la Sociedad de la que forman parte conocidos timadores y personajes de la talla de Nicola Tesla, Mark Twain, el ilusionista Harry Houdini o Marcelino Menéndez Pelayo. Para saber más sobre este grupo viaja hasta Santander, donde se guardan los archivos de la organización. Ante la imposibilidad burocrática de consultarlos, Guzmán se ve empujado a hacerse con ellos robándolos. Una decisión que cambará por completo su vida.

Una historia de impostores es una de esas novelas difíciles de clasificar porque tiene vocación de no dejarse definir por normas o convencionalismos de ningún género. Narrada en primera persona, la obra está escrita con la elegancia de la prosa que brota ágil. El autor mezcla personajes reales (como el citado Menéndez Pelayo o el falsificador Constantino Simonidis) con una trama de enredos y desencuentros que mezclan las vicisitudes personales del protagonista con la investigación que pretende llevar a cabo. Una historia de impostores es una maravillosa rareza cargada de talento, un plato fuera de la carta, un tigre albino, una nevada en el desierto.