Opinion · La preguntadora

Aquí no

Había una vez una niña de catorce años, nacida en España, en el seno de una familia mauritana, que, en unas vacaciones allí, fue obligada a casarse con su primo mayor y mucho (26 años más que ella). La pequeña –eso sí– tuvo la enorme suerte de que lo previsto era que su matrimonio no fuera de cerca. De modo que, tras aquel aciago verano, volvió a su vida de adolescente española en Puerto Real (Cádiz), donde ninguna niña pasa legalmente por una cosa como esa. Pero, un año después, el marido decide visitarla y ya, de paso, volver a penetrarla; cosa que consigue, una vez más, gracias a la inestimable colaboración de sus suegros, que, ante la rebeldía juvenil de, la cada vez menos pequeña, Selamha –que así se llama– vuelven a amenazar con matarla. Así que cedió pero, como la chica valiente que es, se levantó decidida a no volver a pasar jamás por semejante trance.  

Hoy su madre está condenada a 17 años de prisión, su marido a 13 y medio y su padre –el que le dijo que le lanzaría la primera piedra (y no en sentido figurado) si no accedía a casarse– sólo a año y medio porque no pasó en casa aquella noche tan mala.  

Pues bien, Mauritania pide “comprensión” y su embajador en Madrid ha hecho gestiones en Exteriores para “sensibilizar” a las autoridades que “tanto fomentan el diálogo de civilizaciones”. El argumento más empleado,  en esta movilización nacional, para pedir “clemencia” es el de la reciprocidad: “os respetamos en nuestra tierra; respetadnos en la vuestra”. Y digo yo, vale. Pero, por muy dialogantes que seamos, no porque nos dejen beber allí aquí vamos a permitir que violen, al menos a las que se atrevan a denunciarlo.