Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Las putas son propiedad de los hombres

Trescientos cuarenta y tres intelectuales franceses, la crème de la crème de la intelligentsia francesa, publican un manifiesto contra la abolición de la prostitución porque reclaman su derecho a poseer «su puta», y aseguran que ninguna ley puede prohibirles, a ellos, su deseo y su placer.
Considerando que hace más de cien años que se celebró la I Convención Internacional contra la Trata de Blancas, que aprobaron –por más hipócritamente que fuera– todas las naciones representadas, entre las que naturalmente se hallaba Francia, y que apoyaron todos los dirigentes políticos e intelectuales de los países civilizados –por más hipócritamente que fuera–; y que la prostitución, como tal –aparte del secuestro, el tráfico y los malos tratos que acompañan a ese infame negocio– ha sido considerada por la ONU como otra esclavitud; resulta altamente sorprendente el cinismo que exhiben esos grandes hombres de la Francia ilustrada, post revolucionaria y culta al calificarse a sí mismos de puteros y macarras y reivindicar la propiedad de «su puta».
Otros comentaristas han hecho hincapié en la tragedia de la trata de mujeres y niñas, cuyo negocio recorre el mundo entero, y las terribles condiciones en que las víctimas son exhibidas, vendidas, prestadas, apaleadas y asesinadas, si se tercia. Situaciones que no creo que nadie desconozca y mucho menos esos ilustres pertenecientes al Parnaso francés firmantes del manifiesto, cuya inteligencia y cultura brillan deslumbrando a los simples e incultos mortales. Por ello no voy a incidir más en el tema.
Porque la verdadera raíz de la ideología y comportamientos del patriarcado, del que los firmantes son sus más conspicuos representantes, es que ninguno de los episodios de esclavización que comportan tantos sufrimientos a las víctimas les importan. Los cimientos de la ideología patriarcal están construidos sobre la explotación y utilización de las mujeres para disfrute de los hombres. Cuando tan célebres representantes de varias Academias se atreven a proclamar públicamente que no consentirán que les perturben la posesión de «sus» putas, no están más que ratificando uno de los sagrados principios del machismo: soy hombre y por tanto tengo derecho a disponer de las mujeres como me plazca. Puedo apropiarme de una adecuada para que me sirva en el hogar y me fabrique hijos, puedo comprar otra mujer para que satisfaga mis fantasías sexuales, puedo venderla para obtener beneficio de los servicios que preste a otros hombres, y (¡por supuesto!) las desprecio a todas.
La perversa utilización de la defensa del derecho de las prostitutas a escoger su «profesión» , que para estos hombres les sirve para reclamar el suyo a una satisfacción genital venal, no encubre más que las convicciones antes señaladas, a las que se disfraza, se maquilla, se encubre con la más moderna y aceptada de las reclamaciones: la de la libertad.
Pero ninguno de ellos se plantea la clase de libertad que tiene la mujer que debe aceptar la utilización de su propio cuerpo por veinte hombres diarios, a cambio de dinero –la mayor parte del cual va a parar a los chulos. Ninguno de ellos, que son tan cultos, tan inteligentes, tan pensadores, se plantea cuánta libertad existe en la coacción de la pobreza. Porque en realidad la libertad de las prostitutas es la que menos les interesa. Como no le ha interesado nunca al patriarcado. Bien queda demostrado en los más antiguos y modernos textos de la literatura, de la filosofía y de la doctrina religiosa.
En ese manifiesto los firmantes únicamente tratan de su propia libertad: la de escoger a sus víctimas y hacerlas objeto de sus instintos más salaces sin que ningún gendarme de la moral o de la ley venga a interrumpirlos. Claro que Sade decía lo mismo, y era francés, y ha sido considerado hasta por los intelectuales más preclaros como un abanderado de la rebelión. No sé si esos señores quieren emular ahora las hazañas del marqués, que acabó matando prostitutas tirándolas por la ventana, pero sí parece que ratifican sus afirmaciones ideológicas. Al fin y al cabo, en sus farragosos escritos Sade también se atreve a defender el placer de las mujeres a las que secuestra, ata y amordaza, apalea y da latigazos y viola continuamente. Y todo ello trufado de largos discursos moralistas contra la moral que condena tales conductas.
En esta mala reedición de las doctrinas sádicas –segundas partes nunca fueron buenas– en un estilo más vulgar y burgués y menos epatante y aristócrata; con los medios de comunicación más poderosos de la historia humana para difundirlas, los intelectuales franceses nos están diciendo: ¡Aunque estemos en el siglo XXI no olvidéis que seguimos siendo machos, que queremos mujeres para satisfacer nuestros instintos sexuales, que lo que defendemos no es la libertad de las prostitutas sino la nuestra propia de joder con quién y cómo nos plazca! Y que, por tanto, tenemos derecho –aunque seamos feos, viejos y mal construidos– a poseer nuestra puta.
Los derechos de las putas no son de su incumbencia.
Porque en realidad la cuestión trascendente de los derechos y de la libertad de las mujeres es qué clase de sexualidad domina a esos hombres que reclaman, y se vanaglorian, de satisfacer la más profunda y hermosa pulsión humana con la esclavización de una mujer, que la mayor parte de las veces los detesta y que sometiéndose a ello únicamente logra sobrevivir.
Pero la verdad es que yo creía que desde la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, La Abolición de la Esclavitud de 1848, la de Derechos Humanos de 1948, la Convención de No Discriminación de la Mujer de 1978, se había abolido la idea de que un ser humano pudiese pertenecer a otro.
¡Que antiguos son esos señores!