Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Carlos París en el tiempo inmortal

Un año más tarde de la pérdida de Carlos París difícil es explicar lo que significa el vacío de su ausencia.

Cuando hace unos años presentó sus libros Crítica de la Civilización Nuclear  y La Máquina Especulatrix  en el Ateneo de Barcelona, Manuel Vázquez Montalbán dijo que Carlos París significaba para el poder un ruido que molestaba y que no callaba nunca. Pero Carlos era más que un ruido, era la conciencia crítica de una filosofía que en España sigue lastrada por la siniestra herencia del franquismo, por el miedo que heredaron los sucesores y por las componendas y colaboraciones con ese poder, que tantos beneficios proporciona.

Carlos no calló nunca. Desde una postura radicalmente ética, jamás aceptó falacias ni colaboracionismos para obtener beneficios propios. Contra todas las injusticias habló, escribió y batalló en todos los foros posibles, y en el Partido Comunista de España, en el que sorprendentemente, para los que ya estaban labrándose un porvenir, ingresó después de su legalización. Precisamente cuando él ya no tenía porvenir en ese partido porque los poderes fácticos habían decidido la organización política y económica de nuestro país, con la marginación del PCE. Pero no iba a reprimir el imperativo ético que le indujo a tomar esa decisión con el fin de obtener un huequecito rentable en los partidos más importantes, como hicieron tantos.

Porque como él decía en Ética Radical “la filosofía que profeso parte del grito, del lamento, de la encrespada protesta ante la injusticia del mundo que vivimos. Si Aristóteles afirmaba que la Filosofía nace de la admiración, pero no sólo de la que suscita la contemplación de los cielos, sino de la que brota ante el heroísmo de tantos hombres y mujeres que, incansables, dieron su vida, luchando por el reino de la libertad y la hermandad universales. Y el pensamiento que se levanta, a partir del grito y de la admiración no quiere reducirse a contemplar el mundo, sino que aspira a contribuir a su radical transformación.”  

Porque si hay una virtud que caracteriza a Carlos París es la coherencia. Entre lo que pensaba y lo que defendía y lo que hacía.

 

El pensamiento feminista de Carlos París

Yo les voy a contar por qué  me enamoré de Carlos París. Llegué a Madrid desde Barcelona, donde había vivido toda mi vida, en febrero de  1986. Comenzaba la campaña contra la OTAN, participé en ella y después en la Asamblea de Izquierda Unida. Al concluir de leerse el documento de la Plataforma que sería el borrador del Manifiesto fundacional de la coalición se dio la palabra a la sala. La primera mano que se levantó en la primera fila y la primera voz, masculina, dijo “Esta plataforma no trata en ningún apartado del problema de la mujer”. Era la primera vez, y sigue siéndolo en que un hombre -filósofo, sociólogo, político, obrero o campesino- es el primero que interpela en un acto público sobre el tema  de la situación  de la mujer.

No le encontré hasta dos años más tarde, porque se fue inmediatamente. Y la primera vez que nos reunimos en mi casa me preguntó qué opinaba de la condición femenina, de la situación de la mujer, del lesbianismo. Con sorpresa le pregunté por qué se preocupaba  de esos temas y me respondió, como algo evidente, no hay ningún aspecto de la vida al que pueda estar ajena la filosofía y si se trata de los sufrimientos de la mitad de la humanidad mucho menos.

Porque Carlos fue más que un filósofo de la ciencia, más que un antropólogo filosófico, más que un investigador social, más que un dirigente político. Carlos París fue un pensador feminista y esa condición no se recuerda ni se remarca. Sus discípulos y comentaristas nunca analizan esa vertiente de su pensamiento.

Ser pensador feminista no es solo apoyar la libertad de reproducción y condenar el maltrato a la mujer. Ser filósofo feminista significa comprender el mundo en su totalidad, abarcado en la compleja multifaceta de la existencia de dos sexos en la humanidad. El feminismo llega a la escena pública para incluir a las mujeres a las revoluciones que los hombres habían realizado sin contar con ellas. Nosotras aportamos a los análisis económicos y políticos que habían hecho anarquistas, socialistas y comunistas las cuestiones más profundas del ser humano: el amor, la sexualidad, la reproducción, las relaciones materna/paterno filiales. Aquellas pulsiones y emociones que forman parte de  nuestra estructura humana, como también de la animal, de la forma en que él nos enseñó en El animal cultural, y a esa reflexión dedicó Carlos infinitas horas de su tiempo, de su saber, de su investigación.

Mucho antes de que nos encontráramos él ya había escrito que la mujer era una clase social. De habernos juntado antes el destino hubiese sido para mí un apoyo fundamental en la polémica que  desencadené  cuando publiqué La Razón Feminista.

Él escribe en Lucha en Clases que la situación de la mujer en la producción la convierte en una clase social. Él consiguió que dictáramos en el Departamento de Filosofía de la Autónoma un curso sobre “Historia del Pensamiento Feminista”, que tuvo un enorme éxito aunque la nueva dirección no quiso que se continuara.

En Ciencia, Tecnología, y Transformación Social, Carlos París dedica un capítulo a “Feminismo y Filosofía de la Reproducción”, donde dice:

“Son diversos los fenómenos que hoy plantean un verdadero desafío al pensamiento revolucionario. En primer lugar, el enorme espectáculo histórico de la opresión  y la explotación de la mujer. Y es aquí donde la problemática que los movimientos feministas suscitan nos ofrece excelentes posibilidades. En el tema de la mujer, en efecto, se entrecruzan los aspectos más vivos en que la situación actual desafía al marxismo histórico y le fuerza a una reflexión creativa. Podemos decir que el tema de  la mujer, la problemática más honda suscitada por los movimientos feministas, constituye una verdadera prueba de fuego para contrastar la auténtica eficacia revolucionaria de la teoría y la práctica marxista, sus capacidades de pensar y crear una sociedad liberada de las relaciones de dominación”.

Pero no era solo teoría lo que él defendía. Él, que era un hombre nacido en el primer cuarto del siglo pasado, educado en la más tradicional cultura patriarcal, al que de niño su padre sacaba de la  cocina cuando iba a ver cómo guisaba su madre, diciendo que eso no era cosa de hombres, que disfrutó del Amor y la protección de dos primeras esposas, buenas, enamoradas y fieles, dedicadas a cuidarle, fue capaz, más tarde, ya en la madurez de la vida, de hacer el esfuerzo de  aceptar su responsabilidad de las tareas domésticas y la responsabilidad de la dirección del hogar. Y lo hizo por propia convicción, porque si algo caracteriza a Carlos París, si algo le califica es su absoluta coherencia entre sus ideales y su conducta. Jamás traicionó sus ideas. Como Cyrano de Bergerac no hizo nunca una visita en vez de escribir un poema. Su honradez personal, su honradez intelectual en la búsqueda de la verdad. Su ignorancia de toda doblez, traición, falsedad. Su compresión hacia todos los desvalidos, las mujeres, los niños, los ancianos,  los enfermos, las razas de color, los pueblos bombardeados y masacrados, le llevó a salir en su defensa por todos los caminos del pensamiento y de la política. Juntos nos manifestamos contra la Guerra del Golfo, a favor de Nicaragua, contra los bombardeos de Libia, contra la guerra de Irak, contra la violencia contra la mujer, a favor de las mujeres, de los trabajadores, de los desposeídos de la tierra. Y con palabras de Benedetti, en la calle codo a codo éramos mucho más que dos.

En aquellos terribles e interminables años de dictadura en una universidad ocupada por fascistas y opusdeístas, Carlos siempre se situó al lado de la crítica, de la oposición, con los estudiantes y profesores que comenzaban a derribar los muros que asfixiaban a la institución. Y desde allí y desde sus libros, sus artículos, conferencias, encuentros, congresos, fue explicando al mundo una filosofía basada en el grito ante la injusticia.

Y bien tomaron nota de ello, tanto los fascistas como los demócratas. Los primeros para perseguirle cotidianamente, censurar sus escritos, prohibir sus conferencias, cerrarle el Departamento de Filosofía, abrirle expediente, reducirle los emolumentos, impedirle dar clase –durante un tiempo tuvo que impartir sus lecciones en un Instituto porque no podía entrar en la Universidad.

Los segundos eliminándole simplemente cuando empezaron a gobernar. El Ministro de Educación Maravall lo jubiló prematuramente, a los 65 años, conculcando con ello el compromiso que el Estado tenía con Carlos cuando ganó la cátedra en reñida oposición, que establecía los 70 como edad de jubilación. Pero este despido no les fue suficiente porque a pesar de estar en la retaguardia seguía haciendo demasiado ruido, y  como le habían elegido catedrático emérito, por méritos evidentes, nombramiento que tenía una segunda retribución, al cabo de unos años también se la quitaron, para cercarle por la pobreza.

Sus artículos en El Independiente contra la primera guerra del Golfo en la que tan arteramente Felipe González nos implicó, originó que estuviera para siempre en la lista negra de El País, donde ya no le publicaron más.

Su pertenencia al Partido Comunista le situó allende los muros que el capital ha establecido como líneas rojas intraspasables. Medios de comunicación, editoriales,  filósofos, amigos y compañeros que dejaron de citarle, de entrevistarle, de editarle, de visitarle, de atender sus llamadas. Pero nada de ello hizo más mella en él que la melancolía que a veces le invadía al comprobar la falta de reciedumbre y de lealtad de los seres humanos.

Le compensaron de tantos sinsabores las sucesivas elecciones para la Presidencia del Ateneo, donde durante casi diez años, en dos etapas diferentes, pudo renovar la institución que atravesaba sus más graves crisis: económica, de gobierno, de convivencia. Sus mandatos estuvieron regidos por la inteligencia, el sentido del humor, la amabilidad, la comprensión y la tolerancia, incluso para los hooligans que, en pequeños círculos pero muy activos, se han instalado allí. Pero la buena convivencia, la colaboración sin enfrentamientos con los miembros de las Juntas de Gobiernos que se fueron eligiendo, hicieron grata para Carlos la tarea ateneísta, y  lograron el renacimiento de la institución. El Ateneo de Madrid, bajo su presidencia, logró recuperar el prestigio, la apertura, la libertad y el pensamiento creador que habían regido durante casi dos siglos su existencia.

Quería hoy concluir esta breve semblanza de su vida transcribiendo unos espléndidos párrafos suyos que necesitan ser conocidos y que dicen más que todos los homenajes.  

“Cuando la vida es dura, cuando la tierra se cierra ante el arado y los cielos arrugan su ceño, cuando los niños lloran porque el cuenco de leche está vacío y las manos que se tienden hacia el pan sólo tropiezan con migas, cuando la leña en el hogar se extingue y el viento ulula y la rueca se para, ayuna de lana, entonces el hombre se siente en el destierro y en su alma estremecida nacen imágenes mensajeras de otros mundos.

“Cuando las fábricas se cierran, y el martillo pilón yace derribado y las estridencias metálicas han enmudecido, las multitudes cubiertas de negras boinas se apiñan desoladas ante las puertas herméticas. Y las obras paralizadas se convierten en osamentas de gigantes absurdos y las grúas son sólo inmensas jorobas estériles. Entonces en las ciudades estalla la angustia, la desesperación, y el hombre se transfigura ante la helada mirada del hambre.

“Y las brujas retornan a un mundo que las creía sepultadas en tiempos remotos. Se citan en Zugarramurdi. Y a las puertas de los caseríos se oyen golpes tremendos que parecen reclamar las almas de los recién nacidos. Y las gentes caminan entre los maizales, temiendo tropezarse con los muertos en el triunfo de la desesperación.

“Cuando el poder restalla su látigo, reduciendo las multitudes humanas a rebaños, haciéndoles bramar como vacas con las ubres vacías, apenas se cree en el amigo y el miedo se apodera del hombre. Entonces nacen, crecen los fantasmas, surgen de la tierra, vienen galopando desde los ríos, brotan de los fondos submarinos con rostros abisales. Son una niebla inmensa que envuelve y arrastra al hombre.

“Esto ocurría en los años cuarenta. Nacían los fantasmas de las viejas trincheras, de las muecas de las casas hundidas por las bombas, de las cárceles en que sonaban los gritos de los vencidos, de las chabolas. Y se apoderaban de todo. Surgían también las simas terribles de los que se creían vencedores y arrastraban como un perro su mala conciencia.  Golpeaban a los que se querían instalar en la tranquilidad de la guerra ganada. Y arrastraban los fantasmas a aquellos jóvenes que habían visto la guerra desde la ingenuidad y el desamparo de la niñez, cuando los educadores exorcizan los fantasmas del hombre acuñando la idea de los malos. Y arrastrado por aquel viento fantasmal iba N.H. con sus camaradas.

“Los fantasmas son nubes que velan el paisaje, que se enredan, se atornillan en los árboles, falsean la imagen cotidiana de lo real y hacen presentes mundos que se creían lejanos. Y España era una niebla inmensa en que seres perdidos se llamaban a gritos, apretaban sus miembros para arroparse en su propio cuerpo aterido, tratando de arrancar las llamas que encendieran las viejas hogueras de los pastores, las luces con que se llaman los caminantes extraviados en la intemperie.

“Pero las nieblas, las nubes no sobreviven mucho tiempo. Son criaturas del momento. El viento impetuoso las desgarra, arrancándoles gemidos, y las empuja contra las aristas exactas, duras, de las montañas. Entonces se convierten en lluvia, en dulce lluvia, se funden con la tierra. Envuelven el inhumano paisaje cósmico en dolor sosegado, fecundante. El espanto de lo irreal hácese blanda cuna brizada por las lágrimas de la naturaleza. Y surge la espiga, el fruto luminoso, la verde hierba de los pastos.

“Así N. H. y sus hermanos de destino generacional serían lentamente empujados hacia las cordilleras de lo real, para romper la fantasmagoría de sus sueños, para hacerse carne de lluvia y descender sobre una realidad que les esperaba. Fundirse con ella. Quizá no una realidad definitiva, pero sí el fin de un viaje. De un primer viaje. Para experimentar nuevas frustraciones, ver quizá levantase nuevas fantasmagorías y volver a empezar, con la alegría, en todo caso, de quien se siente –frente a la roca inmóvil- criatura del tiempo y del esfuerzo, ave que sobre la desnudez del mar bate incansable sus alas con la esperanza de nuevas playas. “ (Bajo Constelaciones Burlonas)

Carlos ha sido en definitiva un hombre bueno y el mejor amante que pueda imaginarse. No hay otro Carlos París y le hemos perdido.

Madrid, 31 de enero 2015.

 

Como colofón del homenaje, permítanme ofrecerles estas poesías que le he dedicado.

 

Felicitación al muy ilustre filósofo y escritor Carlos París en su ochenta cumpleaños

Como Palmerín altivo

Como Amadís valiente

Como Roldán aguerrido

Como Don Quijote iluminado,

 

Este nunca bien ponderado

amante, inocente, filósofo,

revolucionario romántico y técnico operativo.

Desdeñoso de lo inútil, austero y epicúreo,

comunicativo y reservado,

generoso y educado.

A las buenas causas entregado,

del feminismo abanderado,

del socialismo combativo.

Lúcido y clarividente pensador,

prez y honra de las letras,

armado con la adarga de las ideas

y protegido con el yelmo de la ilusión

Carlos París y Amador,

que predestinado estaba en su blasón

a querer y ser querido.

 

¡Qué buen amante de la vida!

¡qué buen amigo del amigo!

¡que gran pensador del país!

 

¡ Y que arrogancia en el talle,

que gallardía en la mirada,

que firmeza en la expresión,

y que bondad en el corazón!

 

Si ochenta años te disfrutaron

Otros muchos más te deseamos,

Porque,

¡quien leyéndote no te respetara,

quien, en definitiva, conociéndote no te amara!

 

Barcelona, 30 de julio 2005.

¿Cómo aceptar que no se puede?

¿Cómo aceptar que no se puede

vivir toda la vida?

La maldición de la ausencia

en este horror

de un solo viaje de ida.

No hay tortura física

que compararse pueda

a la abstinencia de abrazo y beso y aliento.

Porque morir no es nada

¡pero no verte!

¿Por qué tardaste tanto,

o por qué no esperaste un tanto más?

No es el dolor de amarte

sino el de no ser amada.

Me entregaste tu vida

y me arrebataste la mía,

y en esta vana furia con la que batallo

para reencontrarte y desamarrarte,

con que las llamas de tus dedos

repasando mis terminales nerviosas

conviertan carne y piel en paraíso,

para que tu lengua entre mis labios

y mi boca, que muerde tanto como besa,

aprisione el tiempo que feliz nos hizo,

grito y lloro y maldigo

el humano destino de la vida.

 

Sta. Cruz de Mudela, 20 de abril 2014