Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Justificar el desamor

Nunca como con el artículo ¿Saben los hombres hacer el amor? he recibido tantos correos manifestándome acuerdos y desacuerdos con lo que allí decía. Entre estos últimos destaca la comunicante que con enorme pedantería me da lecciones para distinguir las diversas formas de hacer el amor, como si yo hubiera defendido una única universal y pacata manera de obtener el placer sexual.

En su tonto discurso me alecciona sobre la tolerancia que hay que tener ante la diversidad de las motivaciones y estímulos que excitan la libido humana. Pero de sus argumentaciones se desprende el tufillo de los mismos que han defendido la actuación de La Manada y otras violaciones. Si todo está permitido entre adultos y las mujeres no son tan ñoñas como las que defendemos la gratificación de una amistad compartida en el momento de la relación sexual, y tienen la libertad de escoger de qué forma quieren ser folladas, ¿de qué nos quejamos?

Con sus argumentos ciertamente parecería que es la ideología represiva de las generaciones pasadas la que induce a esta queja, si no fuera porque escribí mi artículo no en función de mi experiencia sino inducida por las informaciones que me suministran mis amigas y camaradas más jóvenes, algunas de las cuales no han cumplido el cuarto de siglo.

Sea del marido legal, del compañero fijo, del amante de un tiempo eventual o de una relación ocasional, las muchachas se quejan del egoísmo, torpeza e indiferencia por sus deseos que muestran sus compañeros de cama. Y a eso me refería en mi artículo. Ninguna de las que me hicieron tales confidencias es tan reprimida que le impida a su pareja utilizar la imaginación y su ardor juvenil para buscar el placer con diferentes actuaciones. Por el contrario, si están mohínas es por la vulgaridad, cuando no agresividad con que las tratan, cosa que no puede satisfacerlas por más liberadas de prejuicios que estén.

Por ello estuvimos de acuerdo en que estas generaciones de hombres jóvenes han educado su sexualidad en la visión de la pornografía. Esas desagradables imágenes de escenas de sexo y violencia que humillan a las mujeres.

Mi comunicante parece querer justificar semejantes actuaciones. Estamos en la época del posmodernismo, por más que ya hayan transcurrido treinta años desde que apareció en la escena social, y por tanto hemos de dejar de lado toda norma de comportamiento, toda represión, toda exigencia de fidelidad en el comportamiento amatorio y de refinamiento y generosidad en el intercurso sexual. Si todo está permitido, ¿de qué quejarse?. Y creyéndose tan vanguardistas han descubierto a Sade.

Me resulta sorprendente la fascinación que despiertan en algunas mujeres las teorías sádicas. La propia Simone de Beauvoir escribe su tesis sobre el Marqués de Sade, considerándolo un rompedor de la moral de la época, casi un anarquista. Cuando no era más que un obseso que maltrataba mujeres para sentir más placer, sin que en ninguno de sus relatos le concediera a sus víctimas derecho alguno a gozar.

Con semejante tesis lo único que se oculta es que la búsqueda del placer sólo les está permitida a los hombres. Ellos dirigen las acciones, ellos son los consumidores de prostitución y pornografía, ellos exigen, ellos rechazan, mienten y traicionan. En definitiva, ellos al final siempre son los que deciden. Y ellas encantadas, al parecer.  Jodidas y contentas.

Y me pregunto, ¿realmente el feminismo de hoy, por ser más avanzado que el del siglo XX, ha de desempolvar a Sade? ¿Y hasta la Biblia, con el invento de los vientres de alquiler? ¿Realmente las teóricas del feminismo, tan arrogantes como mi comunicante, creen que acaban de descubrir el mundo?

Este mundo que las luchadoras feministas del siglo pasado transformamos para que fuera patrimonio también de ellas y les perteneciera la cuota de placer que siempre se les había negado, y que ahora quieren ser maltratadas por el hombre conquistador.