Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Hombres asustados

En este final de un agosto agostado concluyo la saga de artículos sobre amor y sexualidad, intentando averiguar cuál es la percepción que tienen los hombres de las mujeres en este tema fundamental para la supervivencia humana y para la felicidad de todos.

La investigación no ha sido fácil. Los hombres no se confían a una mujer como yo. Ya de por sí es conocido y confesado por ellos mismos que no hacen participes fácilmente de sus sentimientos a otras personas, ni siquiera a los amigos. En las conversaciones que he intentado entablar sobre el tema he notado la molestia de mi interlocutor, a pesar de saber que iba a quedar en el anonimato, y tengo la sospecha de que muchas de sus respuestas si no fueron falsas, si por lo menos estuvieron suficientemente matizadas para que no se conociera la realidad de lo vivido por ellos.

Sin embargo, aprovechando esta investigación, puedo creer que he podido extraer algunas conclusiones de mis conversaciones. Coinciden los varones de todas las generaciones en que las mujeres tienen unas cualidades y unos defectos diferentes a los suyos. Manifiestan su desconcierto ante las respuestas femeninas considerándolas demasiado complicadas para su entendimiento, mucho más elemental que la sofisticada inspección que hacen ellas de su relación con ellos. Los matices que introducen las mujeres tanto en la conversación, en la valoración de las conductas, como en la relación sexual, dejan a sus parejas masculinas en la incertidumbre y en la inseguridad de cómo deben comportarse.

Se quejan también de las exigencias de sus novias, en todos los aspectos de la vida. Los más jóvenes empiezan a  acostumbrarse a colaborar en las tareas domésticas y hasta en el cuidado de algunos de los otros miembros de la familia, pero ellas critican la desgana y la torpeza con que realizan esas tareas. Todavía, la educación que se les da a las mujeres desde niñas en la atención a los demás, con una dedicación exclusiva, pendiente de los detalles, no ha llegado a la mayoría de los varones.

Pero no sería este el aspecto más conflictivo de las relaciones amorosas. En cuestiones de amor lo que más interfiere y complica el entendimiento es el acoplamiento en las relaciones sexuales. Se quejan los hombres, sorprendentemente los más jóvenes, de que las mujeres pretenden compromisos inmediatos que no pretenden el matrimonio ni mucho menos la paternidad pero en los que se sienten atrapados.

La fidelidad vuelve a ser el tema estrella de las disensiones entre muchachas y varones. Ellos se consideran demasiado jóvenes para comprometerse en una sola relación, aunque algunos  están muy cerca de cumplir los 30 años. Que aunque en los tiempos actuales ni los matrimonios ni las parejas son indisolubles, las mujeres quieren una seguridad que ellos no están dispuestos a garantizarles. Es una seguridad emocional no legal. Pero que es la que da tranquilidad y entrega al complicado arte del amor.

Muchachas de 28 años que ya están muy decepcionadas y afirman que no encontrarán un hombre con el que sentirse identificadas y considerarlo un compañero para una relación estable. Una frase repetida en todas las generaciones femeninas es que “el mercado está muy mal”. Me contaba un cargo ejecutivo que las empleadas le comentaban, “yo no tendré pareja porque no sabes la cantidad de imbéciles que hay”. 

Y aunque parezca muy moderna la simultaneidad de relaciones sentimentales, que en los años 70 fue uno de los experimentos que pusieron en marcha hippies y defensores del amor libre, en la realidad de hoy, para las jóvenes, se convierte en la más antigua institución patriarcal: la poligamia. Y no están dispuestas a imitar a sus abuelas en la resignación y la angustia de soportar el disgusto de ver a su novio en los brazos de otra mujer.

Al comentar estas conversaciones que he sostenido con hombres las mujeres oyen con  disgusto las conclusiones e interpretaciones de ellos. Una me escribe:

Y por experiencia personal diré que yo me he encontrado con que algunos hombres (por no decir muchos) cuando dejas de ser “la florecilla recatada y virginal” que ellos creen que eres, porque igual das esa imagen, y pasas a ser una mujer sexual, con demandas sexuales adultas y descubren que resulta que ni eres una florecilla ni eres virginal, sino que te gusta el sexo como al que más, entonces “se asustan” y salen por patas y pierden interés por ti porque igual les haces cuestionarse su masculinidad y temen no saber/poder tener una relación sexual con una mujer que no es sumisa. Al menos, así ha sido en mi caso.”

Vuelve uno de los temas de mis primeros artículos: el miedo que tienen algunos hombres no sólo al compromiso sino también a la potencia sexual de la mujer. Seguramente el feminismo las ha empoderado y la libertad alcanzada les da un protagonismo que no habían tenido nunca y al que los varones no saben cómo enfrentarse. Diríase que tenemos a los hombres asustados.

La escuela no les ha enseñado las características fisiológicas femeninas, y en cambio la enseñanza del sexo para los muchachos se está basando en la pornografía, donde las mujeres sólo son cuerpos al servicio de las manipulaciones masculinas.

En fin, concluyendo esta saga reconozco que soy yo misma la más sorprendida por las respuestas de mis lectoras, por las quejas de los varones que se han sentido concernidos por mis artículos, y también por los elogios de algunos de mis comunicantes, por atreverme a tratar este tema en los tiempos que corren.

Uno de mis camaradas veteranos me escribe: “La serie de artículos de Lidia sobre sexualidad, en mi opinión, va a marcar un antes y un después del feminismo español. Es duro de asumir que, en el plano de la opinión sobre relaciones sexuales estemos en un nivel propio de los años 50. Imagino que para las mujeres y hombres de menos de 25 años resulte casi bochornoso que personas de mi edad o la de Lidia les expliquemos que los informes de Reich (años 22-29) dejaron claro que el “carácter Acorazado” causa de la mayoría de las agresiones a mujeres se daba más en hombres que en mujeres. Pienso que el libro “La función del orgasmo” debería ser de obligada lectura. Y pienso eso porque todas las teorías que hoy se venden como nuevas respecto a que el aparato digestivo es un “segundo cerebro” están bastante explícitas en ese manual sobre afecto y sexo. Mis felicitaciones a Lidia por su valentía. Mi sorpresa a quienes siguen sin entender que la especie humana ha llegado donde está gracias a que nuestras madres transmiten la vida, no solo en el parto sino en los apegos de la infancia. Ha sido la propiedad privada y los machos, desde Tutankamón, quienes han impedido que nuestras madres hayan orientado la vida hacia el amor en vez de hacía la guerra y la destrucción.  Cada día estoy más sorprendido del nivel de desconocimiento que tienen nuestros hijos y nietos.”

En fin, copio y concluyo. Que es inútil saber para esto, arguyo, ni el griego ni el latín.