Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Navidad, dulce Navidad

Cumpliendo el mandato de lo establecido las redes sociales, las llamadas telefónicas y los emails arden enviando vídeos y mensajes de felicidad en estas fiestas, que ritualmente reúnen a la familia, incluso la más alejada en el espacio y en el tiempo, a amigos y a quienes no lo son tanto.

La Navidad no tiene hoy el sentido religioso que se le dio en tiempos no tan lejanos, únicamente el 14% de los españoles va a misa. No sé cuántas españolas, porque los informes oficiales no discriminan pero por mi observación directa de las iglesias salen más mujeres que hombres, como es habitual. Los ritos, las ofrendas, los regalos –las tiendas tienen mayoritariamente clientela femenina-, la elaboración de las comidas, recaen casi en exclusiva en las espaldas de las madres, las esposas, las compañeras, las hijas y las hermanas. Y eso sigue así en el siglo XXI, como si los siglos no pasaran.

Únicamente el mandato del Patriarcado y el beneficio del Capital ordenan que durante un mes, que ya va durando este periodo, todas las familias se gasten lo que no tienen en comprar comida, invitaciones y regalos, para celebrar una efemérides en la que la mayoría no creen. Y que además, por la obligatoriedad de la convivencia que no se produce el resto del año, por el uso abusivo de comida y bebida que provoca recuerdos que más valdría olvidar, y discusiones que estuvieron soterradas durante el o los años anteriores, los familiares y amigos acaban estallando en acusaciones ofensivas, enfrentamientos verbales y hasta agresiones.

En estos días las estadísticas de la policía y de los juzgados explican que hay más violencia machista, y más peleas de vecinos, en los bares, y encontronazos entre los participantes de peñas y amigos, con temas tan trascendentales como los partidos de la Liga y las derramas de las comunidades de propietarios.

Fingiendo que la familia es la unidad sentimental que nos enseñaron desde la infancia, seguimos cumpliendo ciertos ritos –otros afortunadamente ya no- como el de la celebración de las navidades, que tiene los riesgos de mostrar sin tapujos que ni todos los familiares se quieren ni las familias políticas se respetan ni los amantes se aman ni siquiera los hijos sienten afecto por sus padres ni éstos adoran a sus hijos. Porque nadie escoge la familia en la que nace. Sólo algunos privilegiados llegaron al mundo en el ambiente y con los progenitores que les legaron educación, ideología y conocimientos que fueron asumidos y bien acogidos por los hijos.

Una proporción muy importante de las personas no comparten las creencias que sus antepasados pretendieron inculcarles. No están de acuerdo ni con la educación ni con las creencias religiosas o políticas que defienden sus progenitores y familiares cercanos ni desean seguir tratándolos.

Algunas madres ya se han atrevido a confesar que no querrían haber tenido hijos, en ese curioso Club de las Malas Madres que pueden encontrar en Internet, como habíamos denunciado hace 40 años algunas feministas como Elizabeth Badinter en Francia y yo. Ello no empece que los quieran todavía y que les deseen la mayor de las venturas, pero hubiera sido mejor para ellas no haberse implicado en su procreación y educación, tareas que parasitaron su vida y les hicieron abandonar proyectos de estudio y trabajo.

Lo peor no es que esas madres al fin se lo confiesen sino que otras, más alienadas, que estaban convencidas de que el amor materno es un instinto irrefrenable y que se dijeron que a los hijos se les da todo sin pedir nada a cambio, con esa vocación de santas y de mártires que se les inculca desde la infancia, se enteren, un buen día, después de 30 años, que sus hijos no les tienen la admiración que ellas esperaban y daban por supuesta y para merecer la cual hicieron toda clase de méritos. No sólo parirlos y lactarlos, en estos tiempos de regreso a la función alimenticia propia de las hembras mamíferas, sino mantenerlos limpios, vestidos y sanos, proporcionarles la mejor enseñanza y educación y, en la medida de sus recursos económicos, pagarles enseñanza de idiomas, de yudo, excursiones, cursos en el extranjero, conciertos, viajes de recreo y dinero de bolsillo para “sus gastos”, que ni siquiera averiguan cuáles son.

Estos días, seguramente impulsados, y asqueados, por el ambiente cursi de felicitaciones y ratificaciones de amor, algunos hijos le espetan toda clase de reproches a las madres principalmente –también reparten algunos a los padres que los mantuvieron- por los juguetes que no les compraron, los cursos de tenis que no les pagaron, el abandono en que los tuvieron cuando se iban a trabajar y se los dejaban en casa de la abuela, y no digamos si la madre fue capaz de divorciarse del padre, privando con ello de la indispensable figura paterna al retoño.

A soportar esta eclosión de reproches y rencores de los hijos las mujeres  unen el cansancio de un trabajo doméstico excesivo, el aguante de visitantes y familiares con los que no tienen nada en común o incluso mantienen ideologías antagónicas, añadido a ingerir demasiada comida y bebidas alcohólicas, y la preocupación de compensar un gasto para el que no tienen recursos.  Invertido en la compra de alimentos y regalos que nadie necesita y que la mayor parte de las veces tampoco gustan.

Cuando termina este periodo, la mujer que se ha encargado de organizar y llevar a cabo las fiestas está rendida. La limpieza de lo ensuciado, el fastidio de lo que se haya roto, el disgusto del recuerdo de las palabras hirientes y ofensivas de sus hijos, de su marido o compañero, para las que no tuvo respuesta y se maldice por ello, las discusiones que sostuvieron los invitados y que no supo evitar, y a la ingente tarea de devolver la casa a la normalidad, de hacer las cuentas para que se pueda superar la cuesta de enero y el regreso a la soledad habitual, causan más depresiones que el resto del año.

La mayor cantidad de peticiones de divorcio, la reapertura de causas reclamando la custodia de hijos o el cambio del régimen de visitas, las demandas de deudas entre familiares, y las denuncias de violencia machista, acoso sexual y violaciones, se multiplican en los despachos de los abogados y en las sedes judiciales.

¡Feliz Navidad!