Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Descubrimiento de Año Nuevo

Me escriben mis lectoras deseosas de comentar la experiencia, siempre renovada, que suponen estas fiestas obligatorias, y tantas veces detestadas,  que llevan a reunirse a familiares y amigos poco frecuentados. En los sucesivos encuentros de cenas empresariales y de colegas, de Nochebuena, Navidad, San Esteban  para quien lo celebra, Nochevieja, las mujeres han vuelto a constatar la vieja norma patriarcal: los hombres se encuentran mejor entre ellos. Cumpliendo la costumbre tienden a sentarse en los restaurantes juntos mientras las mujeres hacen lo mismo en el otro extremo de la mesa, sin que ninguno lo perciba. Ellos se enfrascan en las conversaciones y discusiones sobre los temas que conocen desde el principio de su amistad  sin que consideren compartir ni el tiempo ni las observaciones con las mujeres. Por cierto, que en Florida constato la misma situación en la fiesta de primero de año.

En algunos casos, no tan minoritarios, los varones al terminar las cenas deciden salir juntos a “tomar el aire”, dejando a las mujeres que limpien y arreglen los destrozos de la casa, sin que se sepa a donde van. Tampoco lo cuentan al día siguiente.

En España, desde 1939, la mayoría de los niños y niñas se han educado en colegios religiosos. Sobre todo las generaciones mayores de 40 años. Los muchachos han convivido y crecido solo entre chicos. Sabemos que todavía algunas escuelas segregan por sexos. Separados de las niñas durante la mayor parte del tiempo, las encontraran únicamente en las fiestas familiares y cuando en la adolescencia las hormonas los empujen a mirarlas serán unos seres diferentes, raros e incomprensibles.

Los varones se han hecho amigos y colegas desde la infancia. Compartido proyectos y realizaciones. Desde los grupos de música y los equipos deportivos de la niñez y la juventud a los estudios universitarios, las oposiciones, los consejos de administración, el partido político, la universidad,  la judicatura o el periodismo. Están acostumbrados a hablar, discutir, hacer proyectos y enfrentarse entre ellos. Incluso pueden odiarse  y hasta matarse, pero lo harán entre iguales. Los varones se reconocen entre ellos. Poseen el mismo cuerpo y respuestas fisiológicas. Conocen bien sus gustos y preferencias, comentan con idéntico lenguaje tanto los acontecimientos políticos y deportivos como el criterio que les merecen las mujeres.

Esos seres extraños de cuerpos tan distintos a los suyos y que les atraen físicamente, pero a las que dicen no entender cuando les manifiestan sus sentimientos y deseos. Personajes que identifican con su madre, en el mejor de los casos, o en una tía o abuela detestables, pero que estaban siempre en la cocina.

En mi ya dilatada carrera profesional he conocido una variedad grande de casos de maridos que prefirieron romper el matrimonio a abandonar la afición a la caza o a la pesca que les consumía la mayoría de su tiempo libre y gastaba una cantidad no despreciable del peculio familiar;  los perros con los que dormían, el fútbol u otro deporte que les entusiasmaba y cuyas peripecias seguían de estadio en estadio y de país en país. Las carreras de coches y o de motos; un barco del que estaba enamorado el compañero de una amiga y a cuyas reparaciones dedicaba casi todos los fines de semana. Esos hombres tienen un baremo de preferencias que por orden de prelación es primero sus actividades profesionales, sus hobbies, sus amigos, y hablo en masculino,  sus familiares, y en ultimo lugar la mujer que creyó que iba a compartir su vida con el.

Los tiempos han cambiado, tanto las generaciones de mujeres jóvenes como las veteranas han salido de la cocina y pretenden introducirse en ese mundo masculino de equipos de fútbol, de consejos de administración, de decanatos universitarios y de dirigentes políticos y ellos se encuentran en la situación impensable y sin duda incómoda de compartir estrados y mesas, proyectos y presupuestos con ellas. Y no solamente han de soportar una presencia extraña  cuando son observados con la aguda y critica mirada femenina sino también han de permitirles que hablen en su presencia e incluso les critiquen cuando no comparten su opinión. Y aun mas, en estos tiempos de tanta agitación feminista las mujeres parecen siempre enfadadas. Les regañan, protestan, les llevan la contraria y les acusan de machistas en cuanto se permiten cualquier comentario que entre ellos no tiene importancia. Los hombres ya no están cómodos ni en casa ni en  la Universidad ni en el trabajo ni en la política ni en el deporte. Solo en los encuentros familiares rituales a que están acostumbrados aceptan a las mujeres con normalidad, pero se sientan  juntos para seguir hablando de política, de negocios, de libros, de partidos de fútbol.

Y bendito si al terminar la fiesta ellos comparten cama y placer con ellas y no se niegan a hacer el amor asegurando que padecen un terrible dolor de cabeza por la comida y la bebida ingeridas.

La pregunta que mis comunicantes se hacen es antigua: Cuánto tiempo, cuántos años, siglos quizá, tardaran los hombres en ver a las mujeres como personas parecidas a ellos, como amigas, como compañeras? Cuando los hombres sentirán el mismo placer en departir con ellas y desear su compañía y pedirles su critica y su análisis como hacen ahora solo entre ellos? En definitiva, cuánto tiempo, cuántas luchas, cuántos enfrentamientos, cuántos fracasos , cuántos sufrimientos habremos de enfrentar nosotras  todavía antes de que los hombres nos vean como iguales?