Opinión · La verdad es siempre revolucionaria

Los sintecho de Madrid

Noventa personas, más o menos, hombres, mujeres, niños, adolescentes, viejos, acampan desde hace un mes en pleno Paseo del Prado en Madrid, frente al Ministerio de Sanidad. Son los sintecho. Sin techo, sin paredes, sin camas y sin servicios sanitarios. Son algunos de los que viven en la calle. Duermen en el quicio de los portales, en los cajeros automáticos que todavía tienen un espacio abierto, en las plazas, en los escalones de las iglesias, bajo los soportales de la Plaza Mayor, al lado de las obras de destrucción de la ciudad que se multiplican en todos los barrios, envueltos en cartones, en mantas raídas, cubiertos por periódicos. Constituyen una pequeña muestra de ese submundo de nuestra ciudad. Se supone que hay más de tres mil en todo Madrid, si existe un censo.

Han decidido visibilizarse, como se dice ahora. En grupo, porque de uno en uno toda la ciudadanía madrileña los puede ver diariamente. Claro que no causan escándalo sueltos en las esquinas, cada uno por su lado. Por eso se han reunido para que las autoridades –y me recuerda esta palabra la terminología franquista- se ocupen de una vez de ellos.

Hay una pareja con un niño de unos diez años que se ha confiado a un militante del Partido Feminista, que con tal espíritu está todos los días en la acampada suministrándoles comida, proyectando películas y lo más importante escuchándoles. Cuentan que cuando están solos en la calle no pueden dormir todos a la vez porque al llegar la noche la oscuridad se vuelve peligrosa. Pueden asaltarles, robarles la manta agujereada que tienen, violarla a ella o al niño, o al menos así sienten el miedo. Por tanto, el padre duerme un rato mientras la madre vela y al revés, para que el niño descanse  sintiéndose seguro.

Hay gente de muchas nacionalidades, por lo que se expresan con dificultad, y todos tienen miedo, frío, suciedad, enfermedades no diagnosticadas, algunos padecen perturbaciones mentales y sus quejas o gritos molestan a los demás que comparten tiendas de campaña en espacios muy estrechos.

Las tiendas las han suministrado una ONG y la parroquia del barrio porque de las autoridades municipales no se sabe nada. Ni la policía ni los servicios sociales han comparecido por allí. Como si no existieran. Debe de ser porque el espacio es tan grande y hay tantos turistas visitando el Museo del Prado que a lo mejor lo consideran una atracción más.

Únicamente una brigada de la policía municipal, la que se ocupa de los delitos de odio, apareció por allí un día y todavía no se sabe de qué odio se preocupaba. También se procedió a detener a un hombre que estaba en busca y captura por algún juzgado, se lo llevaron y no volvieron. Cuentan que una noche no apareció un muchacho y al día siguiente lo encontraron ahorcado en una calle. Los que se confían confiesan que muchas veces han pensado en suicidarse.

Uno de los más graves problemas es realizar las necesidades humanas imperiosas y necesarias en mitad de la avenida. Hay unos servicios públicos un poco más allá, que cuesta 10 céntimos su uso, pero no estaba previsto que acudiera tanta gente a la vez tantos días. Como la mayoría comen comidas y toman sustancias inadecuadas padecen vómitos y diarreas. Ni los urinarios ni la limpieza son suficientes. Algunos bares lo permiten, pero no a todas horas y todos los días. Se pedía que instalaran unos portátiles, pero ninguna autoridad se ha dado por aludida.

Ciertamente, no sé si la reclamación ha de ser que pongan urinarios en la calle o que alojen de una vez a esas personas en viviendas humanas con servicios sanitarios.

En esta grande, bella y antigua ciudad de Madrid, que rebosa de avenidas, amplias calles, monumentos, palacios, museos, iglesias y catedrales, obras de arte, estatuas de Velázquez, Botero y de Prim y Emilio Castelar, y fuentes, como las de Neptuno y Cibeles,  construcciones espectaculares como las Torres de la Plaza de Castilla y antiquísimas plazas como las de Antón Martín y  Mayor; tiendas de lujo en la calle Serrano y urbanizaciones exquisitas como las de Arturo Soria y Puerta de Hierro y cientos de edificios singulares y escuelas y hospitales y bibliotecas, miles de personas no tienen un espacio edificado que les albergue.

Son los deshechos del sistema, la basura que toda organización social genera y de la que hay que desprenderse. Han sido desahuciados por impago del alquiler o de la hipoteca, despedidos de empresas por los múltiples  ERES que se realizan cada día, perdido el alojamiento por algún proceso judicial, sin empleo, sin subvención, sin pensión, sin ayudas sociales, sin formación profesional. Se diseminan por las innumerables esquinas de la ciudad y son invisibles. Por eso se han reunido unos cuantos en el Paseo del Prado a ver si juntos hacen montón y los ven y este Ayuntamiento al que votamos con entusiasmo hace cuatro años, porque era tan progresista, tan solidario, tan de la gente sencilla, tan moderno, tan del cambio, que iba a ocuparse de la gente antes que pagar las deudas a los bancos,  ahora presumen de haber pagado las deudas y los intereses a los bancos,  los ve de una vez y les ofrece una solución humana. Porque la animal ya la tienen, como los gatos y perros que vagabundean sin control.

Los sin techo de Madrid no son considerados ciudadanos por este Ayuntamiento, posiblemente ni le votaron y las autoridades municipales lo saben. Porque me pregunto, ¿cómo pueden votar si no están censados?, y no deben de estar censados ya que no tienen domicilio. ¿Se puede uno censar en la acera de la calle de Alcalá, o en la de Atocha, o en la de Velázquez, delante de tal cafetería o iglesia o cajero automático o fuente o monumento? ¿La ley actual permite identificar el domicilio de alguien de tal guisa?

Supongo que no, por eso, ¿para qué se va a preocupar el Ayuntamiento de acudir al campamento y preguntarles a los acampados qué necesitan –aunque sea tan evidente- y en consecuencia suministrarles un alojamiento? ¿Para qué van a desplazarse hasta el Paseo del Prado la alcaldesa ni la teniente de alcalde ni la responsable de asuntos sociales o economía o habitabilidad o sanidad o seguridad o educación –que hay niños allí-, cuando todo su tiempo está invertido en la campaña electoral en la que aseguran que han hecho “muchísimo” por la ciudad? Ninguno de esos responsables municipales se ha molestado en hacer un balance gestión y ofrecérselo a la ciudadanía. ¿Para qué, si la alcaldesa es una abuelita tan sonriente y amable y cercana, que invita a magdalenas para hacer dulce la ciudad, y con eso ya tiene asegurada la reelección?

No sé si la alcaldesa y su equipo han hecho muchísimo por la ciudad, a la que han torturado durante varios años con obras que no considero imprescindibles y ni siquiera necesarias, pero desde luego no han hecho nada por los sintecho de Madrid. Tampoco han eliminado otros problemas como el de la suciedad crónica que nos infesta ni han aliviado dramas como el de la prostitución tan tolerada y hasta bien acogida por este Consistorio ni se ha acabado con la feria de vientres de alquiler que se celebra cada año en un hotel de la ciudad. Y no parece que hayan resuelto los problemas de los pisos turísticos ni de los narcopisos ni de los manteros. Pero me parece que estos tampoco votan.