Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

In memoriam: María José Ragué

Tarde y lejos me he enterado del fallecimiento de María José Ragué. Y el dolor de no haber podido despedirme de ella no me dejará. No hacía más que unos meses que había ido a visitarla, y a pesar del evidente deterioro físico que mostraba no pude imaginar que el final se hallaba tan cerca.

Cincuenta años nos unieron en la lucha feminista en tiempos bien difíciles para batallarla. Era 1968 y el mundo ardía con las manifestaciones y disturbios protagonizados por los jóvenes sublevados en casi todos los países, menos en España. Y a ella regresó María José después de haber estudiado y trabajado en la Universidad de Berkeley, California, durante algunos años. Estuvo participando en el movimiento hippie, en el Women’s Lib, en el incipiente rechazo a la guerra de Vietnam, y conocía la vanguardia de las luchas por los derechos civiles de los negros que incendiaban EEUU, y de las que poco sabíamos en el pozo de fascismo en que estaba hundida España. Y nos traía la información de esas guerras internacionales de las que tan ajeno estaba nuestro país, encerrado en la cárcel franquista.

María José era joven, hermosa, con una larguísima melena rubia que admirábamos, vestía al estilo hippie que nos sorprendía, y alegre, y enormemente activa, trabajadora y solidaria. Inyectó, en el grupo feminista que con tanta dificultad intentaba yo crear,  un aire nuevo, renovador, libre del moho que nos infectaba a las mujeres españolas,  sin los prejuicios morales que nos corroían, y con su dedicación al estudio teatral consiguió que nuestro grupo tuviera también participación en el arte.

Se solidarizó conmigo en la detención de 1972 y continuamos el trabajo feminista a mi salida en libertad con la creación de un pequeño colectivo de mujeres, tres de las cuales eran estadounidenses que María José había captado. El trabajo teórico de definir a la mujer como clase social nos ocupó las mejores horas de nuestro trabajo. El objetivo que nos propusimos fue organizar el I Congreso Internacional Feminista que iba a realizarse en España. Nuevamente otra detención mía interrumpió la tarea. Ella inmediatamente se unió a los comités de solidaridad que se crearon en apoyo a los presos del proceso del atentado de la calle del Correo de Madrid: escribió artículos que se publicaron en EEUU, recogió firmas, pidió solidaridad al Women’s Lib y hasta fue a visitarme a la cárcel, asumiendo el riesgo de ser vigilada por la policía. A mi salida en libertad se unió una vez más a mis proyectos y estuvo en primera línea de trabajo. En el Colectivo Feminista de Barcelona, en la revista Vindicación Feminista donde escribió constante y puntualmente durante tres años sobre teatro feminista, asignatura bien olvidada en nuestro país, y en el Club Vindicación Feminista.

Para defenderla de su divorcio batallé largos años en el infame Tribunal Eclesiástico que regía los destinos de las mujeres y de los niños, en aquel régimen nacional católico que nos tiranizaba.

Es fundadora del Partido Feminista de España y con nosotras vivió todos los avatares que nos acontecieron en aquellos iniciales, conturbadores y peligrosos años de la Transición, participando en la redacción de las tesis ideológicas y defendiéndolas en todos los foros a los que asistíamos.

Juntas estábamos en el Colegio de los Escolapios de Sitges, en una sesión de debate feminista la tarde del 23 de febrero de 1981. Y de allí salimos, alertadas por el director del golpe de Estado que se estaba perpetrando en el Congreso de los Diputados, cargadas con kilos de propaganda, revistas y libros, altamente subversivos, huyendo hacia la nada sin saber qué nos esperaba al llegar a Barcelona.  Condujo todo el abrupto camino que separaba Sitges de Barcelona por la carretera de las costas, en pleno Garraf, mientras la radio del coche emitía repetidamente la proclama de Milans del Bosch por radio Valencia. Y al llegar a la ciudad se puso en contacto con un amigo solidario y que estaba en buena posición económica para pedirle que me diera dinero si tenía que huir de España.

Y de aquel episodio que nos unió aún más, pasamos a poner en marcha el Partido Feminista que iniciaba su andadura recién legalizado. Son infinitos los escritos, conferencias, mesas redondas, jornadas, asambleas, congresos, en los que participó María José, con ponencias muy bien elaboradas según el elegante estilo que la caracterizaba.

Para celebrar la legalización del Partido Feminista organizó en pocos días un concierto en el Teatro Romea en el participaron Lluís Llach y María del Mar Bonet, amén de otras actrices que como aquellos se mostraron muy solidarias.

Y más tarde trabajó en varias consultas electorales a las que nos presentamos, hasta la convocatoria al Parlamento Europeo de 1999.

María José Ragué ha sido un nombre imprescindible en el feminismo español. Si no se le rinde un homenaje más completo es por la tradicional envidia española, que ha destrozado a tantas grandes personalidades de nuestro país. No he leído ningún elogio de ella en el Movimiento Feminista, como si nadie la hubiese conocido.

Quedan sus ponencias, artículos, entrevistas, declaraciones, lecciones de teatro, que impulsaron el trabajo del Partido Feminista y dieron una resonancia internacional en el mundo teatral a un feminismo tan provinciano y ensimismado como el español.

Allí dónde esté, tiene que escuchar esta despedida mía que no he podido transmitirle antes de perderla. Tiene que escucharla y perdonarme la tardanza en rendirle este minúsculo homenaje, y saber que para siempre será María José Ragué, única en el panorama feminista español, al que llevó su conocimiento del teatro, su iniciativa en la organización de festivales y eventos, su visión cosmopolita de una lucha que en España se encierra en sí misma.

Allí dónde esté, María José estará proponiendo montar obras de teatro feminista, organizar jornadas, congresos, conferencias sobre feminismo y transformación social, y sus palabras quedarán para siempre en la memoria y los archivos de la historia de nuestro país, porque son inmortales.