Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

Orgullo y prejuicio

Como en la novela de Jane Austin, el día del Orgullo Gay me sentí herida por el orgullo y el prejuicio.

Jordi Petit, veterano dirigente del Movimiento LGTB, con el que he compartido muchas horas, estuvo en la SER contando parte de la larga guerra que libraron contra el fascismo y el Patriarcado. Y les dio las gracias a los sindicatos, a los partidos políticos, a los medios de comunicación, a las asociaciones, por su apoyo a las reivindicaciones homosexuales y ni mencionó al Movimiento Feminista.

Nosotras, que mantuvimos solas y perseguidas,  la lucha  por la libertad y la igualdad cuando éramos las locas, las desviadas, las invertidas, las mal jodidas, fuimos las que apoyamos sin fisuras ni condiciones al Movimiento Homosexual desde el principio. Incluso contra mis convicciones, en esa burguesa reclamación del matrimonio que tanto les importaba.

Nosotras arrostramos las críticas, el desprecio, la marginación, el alejamiento de la familia, la pérdida de los hijos, del trabajo, los insultos y las agresiones públicos, las detenciones policiales, para defender, entre los nuestros, los derechos de las personas LGTB. Recuerdo los programas de televisión aguantando los gritos de un tal Palomino que aseguraba que los homo no eran hombres, mientras yo intentaba callarle también a gritos.

Recuerdo que Pedro Zerolo nos dio las gracias al Movimiento Feminista, porque era justo y solidario. Y cómo Shangay Lily me quería y apoyaba la causa feminista y escribía indignado contra los crímenes y las sentencias machistas.

Pero se murieron y dejaron un enorme espacio vacío de silencio. Hoy Petit no se acuerda de nuestras charlas en el viaje a Nueva York para celebrar el Orgullo Gay, y en mi despacho, en las conferencias y debates que le organizamos a él y a Armand Fluviá en el Club Vindicación Feminista de Barcelona, para apoyar su causa, que es la de toda la humanidad, pero que no se la reconocían. Incluso abriéndoles las puertas de nuestro local, aunque a veces se descolgaban defendiendo la pederastia.

Y ahora, cuando el terrorismo machista asesina a 80 o 90 mujeres cada año, y las viola y las agrede, y a sus hijos, el Movimiento LGTB no dice una palabra de apoyo, no guarda minutos de silencio, no se solidariza con nuestras víctimas, que al parecer no son suyas, no acude a las manifestaciones a las que únicamente venía Pedro Zerolo. Ni escribe, ni habla, ni secunda nuestras demandas. Ahí está congelado el Pacto de Estado contra la Violencia llamada de Género, sin que se haya pronunciado exigiendo su aplicación al menos. Ahí tenemos las infames sentencias dictadas en el proceso de La Manada, y otras tantas, sin que los LGTB hayan salido públicamente a condenarlas. Al fin y al cabo no les conciernen.

Lo único importante ahora es donde celebrarán el Día del Orgullo Gay y pedir la nueva ley de protección LGTB, cuyo redactado espero que no margine, penalice, desprecie o invisibilice a las mujeres.

Ahí está la obra de Shangay Lily, El Gay Capitalismo, denunciando la fiesta, el consumo, el negocio en que se ha convertido, criticando acerbamente los grupúsculos que dominan el que fue antaño sufrido y batallador Movimiento.

Para rematar esta traición, ahora un sector de esos homosexuales –espero que sólo sea un sector- defiende el alquiler de úteros de mujeres pobres para fabricarse hijos a la carta. Porque al fin y al cabo estos son los sicarios del Patriarcado. Conseguida esa libertad de acción que tanto pidieron para no ser perseguidos y poder matrimoniarse, ahora quieren utilizar mujeres para perpetuar sus genes, porque al fin y al cabo para eso están las mujeres.

Cuando las feministas creíamos que teníamos unos compañeros de trincheras, contábamos con la solidaridad de otros oprimidos, y esperábamos su apoyo y compañía, nos encontramos teniéndonos que defender de la pretensión de convertir a las mujeres en probetas, en úteros fértiles, y a los niños en mercancías.

Ciertamente el destino de las mujeres es duro y contamos con pocos apoyos porque el machismo domina la sociedad masculina. Pero que también los hombres que han sufrido discriminación y persecución por su opción sexual se desentiendan de la dura batalla que está librando interminablemente el feminismo, resulta más difícil de soportar.

Nosotras seguimos denunciando la persecución y agresiones a LGTB y transexuales, porque estamos siempre en la defensa y la exigencia de la libertad y la igualdad de derechos, para nosotras y para todas las personas independientemente de su clase, de su nacionalidad, de su definición racial, de su sexo, de su opción sexual. Pero no vemos que los demás, incluidos los perseguidos por estas condiciones, se muestren igualmente solidarios con las tragedias y opresiones que las mujeres seguimos sufriendo.

Compañeras, la lucha sigue siendo dura y solitaria.