Opinion · Lo queremos todo

Contra toda violencia

Teresa Rodríguez y Rebeca Moreno

Este martes tenía previsto sacar este artículo junto a mi compañera Rebeca Moreno, activista del movimiento feminista. Me disculpo por no llegar a tiempo de un tema de máxima prioridad, recibimos en el europarlamento la visita del Papa, a quien me quedé a escuchar hasta que llamó asesinas a las mujeres que practicaban abortos. Como mujer no voy a aguantar que el jefe de Estado de un país autocrático venga a la sede de la democracia europea a decirnos a las mujeres lo que tenemos que hacer, así que me levanté de mi escaño y me fui.

Luego vino la dimisión de Ana Mato, necesaria pero tardía, estuvo a punto de desmantelar la sanidad pública y se ha ido por la Gurtel, un caso de corrupción que atraviesa el PP y el régimen en plena descomposición. Todo lo que destruyó tendremos que reconstruirlo entre todas.

Y ayer presentamos la base de lo que será nuestro programa económico, plagado de medidas de sentido común: derogación de la reforma laboral, las 35 horas o la jubilación a los 65 años, que completaría con la prohibición de despidos en empresas con beneficios. Eso sí, a mi me tira mi tierra, Andalucía, y mi trabajo, profesora de secundaria: echo de menos hablar de un reparto más equitativo de la tierra, una reforma agraria para avanzar hacia un sistema más igualitario y sostenible, y soy de la firme convinción de que el dinero público debe destinarse únicamente a financiar servicios cuya gestión también lo sea. No obstante, esta es la primera pieza, que iremos perfilando entre todos y todas, ya que estas propuestas económicas no son sólo urgentes y necesarias, sino que la verdadera revolución democrática consiste en que sea la propia gente la que las decida y aplique.

En 2014 han sido asesinadas 45 mujeres en nuestro país. Repetimos las cifras, de forma casi automática, y parece que no terminamos de hacernos cargo de lo que significa que decenas de mujeres hayan perdido la vida en lo que va de año por ser mujeres. Una de las primeras cosas que hay que señalar es que la violencia machista es un fenómeno cotidiano que sufrimos en diferentes intensidades y en todos los contextos: familiar, afectivo, sexual, laboral y social. Todas hemos sentido miedo alguna vez caminando de noche por la calle; hemos recibido un salario inferior al de compañeros varones; o, en algún momento de nuestras vidas, hemos vivido la imposición de roles que no deseábamos, y  sufrido el castigo social por no respetarlas.

Seguimos viviendo en sociedades patriarcales, en diferentes grados y con consecuencias distintas, pero aún hoy nacer mujer implica discriminación. El patriarcado, como sistema de dominación, trata de asegurar su continuidad fabricando un consenso aparente, tratando de hacer que las cosas funcionen como si fuera natural que así funcionasen. Cualquier sistema de dominación funciona mejor si quienes sufren la opresión colaboran. Pero esto no siempre es posible y la violencia machista es el mecanismo mediante el cual el patriarcado se perpetúa a través del miedo y la coacción.

La violencia machista existe porque en la sociedad hay, todavía, una relación jerárquica entre hombres y mujeres. Es un fenómeno estructural, una forma de control que busca mantener a las mujeres en posiciones sociales subordinadas. Es, además, un continuo: comienza con la discriminación sexista y desemboca (puede desembocar) en el asesinato.

Decía Bertolt Brecht que hay muchas maneras de matar, pueden clavarte un cuchillo en el vientre o pueden quitarte el pan. Vivimos, como tantas veces hemos repetido, en un contexto de emergencia social y de incumplimiento sistemático de los derechos humanos, y es necesario señalar la responsabilidad de quienes nos quitan el pan y nos obligan a convivir con el que empuña el cuchillo. Es necesario señalar la hipocresía de quienes guardan minutos de silencio por las muertas al tiempo que desmantelan las prestaciones sociales que podrían amparar a las mujeres que sufren violencia extrema; de quienes nos roban una educación pública que podría educar a nuestras niñas y niños de otra manera; de quienes hablan de libertad al tiempo que pretenden que nos escondamos para abortar.

La lucha contra la violencia machista es incompatible con el desmantelamiento del Estado de Bienestar. El cierre de servicios especializados y la precarización de las y los trabajadores que atienden estos servicios suponen una actuación irresponsable ante uno de los mayores  problemas que enfrenta nuestra sociedad. Mientras la crisis ahoga a las familias, muchas mujeres se ven encerradas en espacios familiares violentos de los que no pueden escapar porque no tienen los medios económicos para ello.

Necesitamos avanzar en sentido contrario porque necesitamos cambiarlo todo de raíz. Los asesinatos son, como señalaban ayer las compañeras del Círculo Podemos Feminismos (buscar también en Facebook), sólo la punta del iceberg, la cara visible de una sociedad profundamente patriarcal. La violencia es un efecto, y para ser libres necesitamos erradicar las causas.

Necesitamos el feminismo para entender el mundo en el que vivimos, para hacer visibles las raíces de la violencia y para combatirlas. Necesitamos escuelas públicas donde nos enseñen a elegir el proyecto de vida que nos haga felices, sea cual sea nuestro sexo. Necesitamos una educación sexo-afectiva que nos libere de aburridísimos cuentos de príncipes y princesas (preferimos cuentos republicanos). Necesitamos unos medios de comunicación que no nos culpabilicen. Necesitamos que dejen de preguntarnos cómo de corta era la falda de una mujer violada. Necesitamos que dejen de educarnos en el miedo y la resignación ante al violencia. Necesitamos unos servicios públicos con financiación suficiente para atender a las vícitimas. Necesitamos profesionales sanitarios, policiales y judiciales formados para atenderlas. Necesitamos que las mujeres inmigrantes tengan garantizado el acceso incondicional a la protección frente a la violencia, sea cual sea su situación administrativa. Necesitamos, en definitiva, que se prevengan las causas y se actúe con firmeza frente a los efectos.