Opinion · Lo queremos todo

La política que nos emociona

Teresa Rodríguez
Secretaria General de Podemos Andalucía

Notas sobre lo que se cuece y humildemente entiendo que toca hacer en Andalucía a riesgo de equivocarme.

Hay una interesante teoría neuropolítica, según la cual en el ejercicio de la política o de la militancia social se segregan en momentos importantes dos tipos de hormonas en disyuntiva: la testosterona o la oxitocina.

La testosterona es propia de estilos y entornos agresivos, competitivos e individuales como quedar por encima en un debate (el Parlamento es un verdadero templo a la testosterona), colocar un buen titular contra el adversario o levantar un aplauso de los tuyos después de una metáfora feliz y bien faltona.

La oxitocina es más propia, según esta teoría, de los movimientos sociales y de una determinada manera de hacer política bajo la lógica de la cooperación y el trabajo en equipo. Se segrega cuando se para un desahucio o cuando se gana una demanda colectiva en un conflicto sindical, esto es, cuando se arranca una victoria en equipo. Se genera amor al compañero o compañera que luchó a nuestro lado y amor por quienes se beneficiarán de nuestro esfuerzo. Amor, ternura y cuidado.

No soy fan de los esencialismos de género ni partidaria de criminalizar a ninguna hormona. Ni el estilo testosterónico es privativo de los hombres ni es descartable en algunos momentos de una estrategia de lucha por la justicia social y, a su vez,  la oxitocina no es un tesoro destinado sólo a las mujeres; pero perseguir la satisfacción de los resultados del trabajo en equipo, la satisfacción de la victoria para el común lejos de la breve satisfacción del hambre del ego propio o de la secta propia y el gustito que produce esa sonrisa silenciosa, casi narcótica de la justa batalla que libramos juntas y juntos, del épico triunfo en el que todo el mundo tomó parte; esa búsqueda, merece mucho la pena. La oxitocina es la hormona que segrega la madre recién parida, imaginaos, qué gustazo. Nunca he parido, pero cuando veo a los preciosos niños de mi compañero morirse de risa o dormir tranquilos y felices después de un día de jugar sin parar su mamá me presta generosamente parte de ese colocón bendito.

La feminización de la política

De eso es de lo que hablamos cuando decimos feminizar la política, una feminización que no excluye sino que invita a nuestros compañeros hombres al banquete gourmet de la oxitocina. Y hablando de madres, tengo que reconocer un dilema constante en mi relación (dialéctica) con Susana Díaz. Muchas veces me gustaría decirle en secreto que cuando le hablé en el parlamento de ternura para luchar contra la pobreza y la desesperanza de tanta gente en nuestra tierra lo hacía con una invitación sincera. Que más allá de las salidas de tono dialécticas que son la norma en el Parlamento, en los medios y en los mítines, debe de haber un espacio de trabajo conjunto para cumplir con una obligación sagrada, la de ganar para los nuestros y las nuestras condiciones de vida mejores mucho más allá de la demoscopia, del prestigio de nuestros egos o de la popularidad de nuestros perfiles. Pero… ¡qué difícil es!

Dos años de vértigo cambiando la política para cambiar la vida

El domingo pasado celebramos el segundo aniversario de nuestro primer acto público como Podemos: la rueda de prensa del Teatro del Barrio de Madrid en la que tuve la suerte de participar. Hemos construido una gran organización que ha conseguido en veinticuatro meses de historia, diez meses como tal en Andalucía, articular al mismo tiempo un vendaval de ilusión por el cambio y una herramienta electoralmente más que solvente. Hemos contribuido a abrir un nuevo ciclo en el que la vida pública ya no es cosa de dos y, sobre todo, hemos contribuido a la politización de la sociedad, abriendo perspectivas en un momento en el que las posibles salidas al sufrimiento de la gente podrían haber sido la resignación, la apatía o incluso el rencor. Y lo hemos hecho interpretando y desvelando un nuevo sentido de la realidad fraguado en ocho años de luchas contra los recortes, la crisis y sus desiguales efectos. De forma paralela, hemos contribuido a que la indignación ante esa injusta situación y el escandaloso papel de sus colaboradores necesarios desde los gobiernos se hayan convertido en deseo de cambio político.

Un nuevo sentido de la realidad que se ha fraguado lejos de los platós de televisión, los departamentos universitarios o los comités centrales de ningún partido. Reproduciendo sentido, de forma magistral por parte de nuestros y nuestras portavoces más certeros, pero reproduciéndolo, no creándolo como quien graba un disco esperando que los demás se aprendan nuestras canciones. Es por ello que merece la pena hacer una reflexión que nos devuelva a nuestro sentido primero: girar el cambio de aguja del tren de la austeridad y diseñar una herramienta de protagonismo popular y ciudadano como rezaba nuestra primera pegatina. Y merece la pena no por nostalgia, cabe poca nostalgia en dos años, ni como pose, sino como necesidad. O articulamos un nuevo ciclo de movilización social deliberativa y vinculante que parta de nuestro tesoro más milagroso y más preciado y vulnerable (los círculos y sus vasos comunicantes con otros sectores hermanos), o corremos el riesgo de convertirnos en un partido más.

Los peores resultados de la historia del PSOE

En Andalucía lo sabemos más que en ninguna otra parte. La resistencia del PSOE tiene que ver con las redes clientelares, con un modelo de no-desarrollo basado en las subvenciones y en la dependencia externa, pero también tiene que ver con una más que respetable implantación militante y social del entorno socialista en todo el territorio tanto de dicho partido como de la red de servicios públicos y administrativos generados por la Junta de Andalucía y donde la frontera necesaria entre partido y administración se desdibuja tras casi 40 años de monopartidismo. O entendemos que Andalucía también es rural, campesina, mayor, de clase baja y no necesariamente ha ido a la Universidad, o no habrá futuro para generar la herramienta política que le dé a esta tierra su lugar en el mundo y las riendas de su futuro a sus hijos e hijas. 

Pese a lo que pueda parecer, tras la sonrisa apretada de Susana están los peores resultados de la historia de su Partido, también en Andalucía. Y tras los resultados electorales pese a los discursos de sonrisa nerviosa del PSOE andaluz, reproducido en estos días incluso por compañeros nuestros, está el hecho de que Andalucía se encuentra entre las comunidades en las que el Partido Socialista ha sufrido mayor desgaste. Gusta a los socialistas andaluces contar el relato de que Podemos en Andalucía obtiene peores resultados que en el resto del territorio pero observemos la evolución desde 2014 excluyendo lugares en los que las confluencias han sido un factor determinante y a Euskadi que obtuvo unos resultados excepcionales pero aún no han celebrado elecciones autonómicas.

Basta leer y saber interpretar el siguiente gráfico para comprobar, que, por más que le pese al PSOE y al PP, PODEMOS en Andalucía tiene una progresión ascendente. Los números son explícitos y la palabrería del PSOE de Andalucía con la que pretende distraer la atención sobre su estancamiento y retroceso en contraste con nuestro avance, no puede ocultar la tozuda y esperanzadora realidad.

Evolución del porcentaje de voto de PODEMOS en las elecciones europeas, autonómicas y generales:

 

grafico

En Andalucía comenzó a moverse el tablero político

Los que los vemos a diario lo sabemos. Tras la sonrisa arrogante de algunos de los portavoces socialistas está el miedo y el nerviosismo. El mismo que les ha llevado a situar como principal prioridad odiarnos pública y privadamente sin el más mínimo recato. De manera que si ahora lo que toca es coger la bandera de la unidad de España para espantar la posibilidad de un diálogo abierto con Podemos sobre desahucios, recortes, puertas giratorias o cambios constitucionales pues se coge. Si hay que elevar a la presidenta de un partido y de una Comunidad Autónoma a una atalaya hermética de la que solamente baja de doce a una, dos días al mes en el espectáculo lamentable de testosterona de la pregunta a la Presidenta de cada pleno parlamentario, pues lo hace.

Y, por supuesto, un buen recurso de autoafirmación en Andalucía, el enemigo externo: el anticatalanismo. Con esas decidió Susana arrearle a Ada Colau con lo del famoso “café para Colau”. De forma magistral le respondió Ada a Susana en un breve post de Facebook: “A mí esa frase me suena a vieja, me suena a pasado. La frase y la estrategia que hay detrás: confrontar pueblos para sacar rédito político. Una estrategia irresponsable que nos ha llevado a un bloqueo del que no saldremos con más crispación y polarización, sino con más respeto hacia la diversidad y con más fraternidad entre pueblos. Fraternidad no es una palabra vacía. Llevamos años practicándola en las calles y ahora también en las instituciones: defendiendo la vivienda, la sanidad y la educación ‘para todos’ mientras otros aprobaban la ley del desahucio exprés y cambiaban la Constitución en una noche, recortando los derechos de todos y blindando privilegios “para algunos”. Así que no nos dé lecciones, señora Díaz, de lo que es defender el ‘para todos'».

La desigualdad es la que rompe la unidad

En efecto otra práctica habitual de Susana Díaz es ejercer de madre autoritaria. Ella es la madre del PSOE, la madre de Andalucía y ahora quiere ser la madre de España, esa madre que no abraza, esa madre que abrasa (tomándole prestada la metáfora al poeta y compañero Antonio Manuel Rodríguez). Igual que a CIU le valió como estrategia insultar a los andaluces con la famosa broma sin gusto de “gastarse el PER en el bar”, Susana tira de tópico para enfrentar a Andalucía y Cataluña, como en los malos chistes antiguos. No, Sra. Díaz, a este país no lo rompen las urnas, a este país no lo rompe más democracia, no lo rompe más capacidad de escucha y de diálogo. A este país lo rompe la desigualdad, esa que coloca una barrera cada vez más ancha entre una minoría enriquecida y la mayoría que sufre gracias a las políticas del bipartidismo desde la llamada de Merkel a Zapatero, hasta la Ley Mordaza de Rajoy que terminó por coronar de espinos y concertinas esa infranqueable y bunkerizada frontera de la desigualdad. Datos que dan vergüenza: según un reciente informe de Intermón Oxfam un 1% de la población acapara en esta España la misma riqueza que el 80% y estamos a la cabeza de los países de la OCDE en crecimiento de la desigualdad. Pues bien, pese a la propaganda socialista de ser un gobierno barrera en Andalucía y después de casi 40 años de monopartidismo en Andalucía y de mayoría de gobiernos socialistas en Madrid, somos la segunda comunidad autónoma más desigual. Es decir, no sólo somos la comunidad con más pobres de España, es que, como resultado de las lógicas de continuidad y las políticas que se han llevado a cabo estamos entre los que menos reparten la riqueza. Sin embargo, no se cortan un pelo para hablar de igualdad frente a la amenaza del separatismo.

A la mayoría de este país le une las ganas de ser felices, de tener cubiertas las necesidades de sus hijos y sus nietas, la tranquilidad de que los billetes para viajar se compran de ida y vuelta si se quiere volver, el reconocimiento, el respeto y la celebración de la diversidad, también la diversidad nacional, porque las madres saben que la mejor forma de conservar a sus hijos y sus hijas es dejarlos decidir cuando son adultos. Y en esta sociedad, señora Díaz, ya somos adultos. Pero lo que da más pudor es lo que hay detrás de ese discurso: que Cataluña adquiera mayores niveles de autonomía o de autogobierno perjudica a Andalucía porque es más pobre. ¿De verdad quiere hacernos creer la Sra. Díaz que nuestro estado del bienestar depende de los impuestos que se pagan en Cataluña? ¿De verdad es capaz de esconder bajo la bandera de España la vergüenza de no haber conseguido en casi 40 años, de no haberlo siquiera intentado al menos, un modelo de desarrollo endógeno propio andaluz que nos saque de la situación dependiente y perdedora en la que nos encontramos? ¿No se estará equivocando de bandera la Sra. Díaz? ¿No es la bandera de Andalucía la que nos toca coger justo ahora que se abre el debate territorial?

El PSOE, al margen de las consignas de la Sra. Díaz, tiene por delante un posible escenario de valentía considerando algunas de las propuestas de cambio que Podemos ha puesto sobre la mesa: despolitización de la Justicia, cierre de las puertas giratorias, blindado de los derechos sociales, mejorar la ley electoral en clave pluralista, reconocer la realidad plurinacional de este país o la Ley 25 que plantea desterrar de nuestras vidas los desahucios sin alternativa, la pobreza energética y el copago farmacéutico. Tiene por delante elegir entre: valentía, gran coalición o repetición de las elecciones en un contexto de choque interno de familias.

Caminos que quedan por hacer

Pero volvamos al amor, a la oxitocina y a los brazos en jarra en posición “qué hay que hacer”. Los resultados electorales en Andalucía arrojan un dato determinante. Casi 7 de cada 10 votos que obtuvimos en nuestra tierra proceden de municipios en los que hemos conseguido representación municipal. Un dato especialmente relevante si tenemos en cuenta que estamos hablando de tan sólo 80 municipios de un total de casi 800 en Andalucía. Hablamos de pueblos y ciudades en los que se ha perdido el miedo a votar distinto gracias al trabajo de nuestros concejales y concejalas, candidaturas en algunos casos de confluencia y círculos bien implantados en el territorio y en su tejido social. Ese esfuerzo municipalista ha discurrido, como los círculos, sin ninguna ayuda, sin ninguna articulación orgánica y no exento de dificultades y palos en la rueda de todo tipo.

Precisamente es en los sitios en los que había organización, círculos activos y militantes y activistas haciendo política en su barrio, con sus vecinos y en sus lugares de trabajo, donde se han obtenidos los mejores resultados. En municipios como Cádiz, Puerto Real o el Coronil, donde hemos superado al PSOE ya en las municipales y donde no se ha dejado recomponerse al régimen. Son esos lugares los que nos indican el camino: más implantación en la realidad de los barrios, en las comarcas y en las luchas sociales mientras tendemos la mano al municipalismo del cambio que está mostrando otra forma de hacer política. Caminemos hacia la construcción de una organización más democrática y autónoma que nos permita crecer y avanzar en Andalucía.

Por otro lado, creo que es fundamental recuperar el hilo verde y blanco de la historia. El PSOE ha convertido a Andalucía en una tierra sin identidad. Fue sobre la victoria de las movilizaciones del 4 de diciembre del 77 y la victoria del sí en el referéndum del 28 de febrero de 1980 sobre las que el PSOE se instaló en su hegemonía. Después de aquello no han hecho más que lucir sus fotos en blanco y negro y guardar en el congelador aquel impulso de autonomía como sinónimo de soberanía, soberanía para poder ser sin depender. Ser como la que más, como nos recuerda José Luis Serrano desde su linda cátedra de la memoria de nuestras raíces. Esa tarea sigue pendiente y es una tarea que queremos asumir sin soberbias, con un honor secreto y cantado, desde Podemos Andalucía con nuestro propio acento y nuestro propio apellido.

En Andalucía sabemos de siembras y de costuras.

Sabemos que la biodiversidad es condición sine qua non para la supervivencia y no nos molesta el pluralismo porque los planteamientos monolíticos ante problemas complejos son garantía de derrota. Sabemos de las malas yerbas que en forma de inercias burocráticas afectan a los partidos que sientan sus bases en los cargos públicos y los liberados sin prever que, la burocratización y la profesionalización de la política son riesgos de los que hay que vacunarse cada día.  Que cuando se alimenta sólo al “aparato” sin control colectivo corre el riesgo de autonomizarse y convertirse en monstruo o en zombie, y tenemos sendos ejemplos de ambas metáforas en el panorama político de la izquierda española.

Semillas diversas cuidadas para que echen raíces profundas, pero también tejan reticulares verdores de alianzas y confluencias. En estos momentos ninguna fuerza transformadora puede permitirse el lujo de que más de 250.000 votos se queden en el camino de contribuir al cambio. Mejor siempre desde las confianzas que se tejen por abajo como el resultado del trabajo conjunto. Sin priorizar a los aparatos y sin pretender que nadie tenga que abandonar identidades colectivas e individuales porque sabemos que son identidades emancipatorias. Lo que hizo generosamente Pablo Iglesias en el informe del último Consejo Ciudadano hablando sobre Garzón, nos toca hacerlo también en Andalucía con Antonio Maíllo, no dejar de tener la mano tendida, pero también con todos los que llevan años construyendo alternativas desde los movimientos sociales y sindicales. Nadie sobra. Todas suman. Sigamos entornando la puerta, sigamos hablándonos con respeto, aunque sólo sea para que la siguiente generación no pueda reprocharnos que no hicimos lo posible para cambiar realmente las cosas.

Las que sembraron semillas, los que tejieron redes, las que invirtieron horas en asambleas, reuniones y repartos nos marcan la línea de lo que toca hacer. Creo que no quedan muchos más efectismos audaces: sembrar y tejer.

Y en el próximo proceso de debate, reflexión y decisión que nos toque afrontar, yo invito a la oxitocina. ¡Alegría, que estamos haciendo historia!