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Las Termópilas socialistas

El 7 de julio de 2008, en la primera reunión de la nueva ejecutiva federal del PSOE elegida en su 37 congreso, un veterano dirigente advirtió a los novatos, que creían haber alcanzado la cúspide del poder en el partido, sobre las peculiaridades de la mecánica de funcionamiento interno: "Aquí lo que parece no es y lo que es, no aparece". Diez años después de que se instauraran estos usos y costumbres con la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al liderazgo socialista, se ha producido un contagio viral que afecta a prácticamente todos los escalones del PSOE y del Gobierno.

"Lo que parece no es" quiere decir que la ejecutiva no ha sido nunca, con la excepción del secretario general, el auténtico centro de poder del PSOE, como en el Gobierno tampoco lo es el Consejo de Ministros. "Lo que es, no aparece" significa que, con la excepción del presidente, quienes realmente ejercen el poder no ocupan los cargos que públicamente lo simbolizan. El verdadero núcleo de poder del Gobierno no está ni siquiera en la decena de personas que participan en los maitines de los lunes, de la misma manera que el auténtico tridente no lo constituyen sus tres vicepresidentes ni los negociadores del pacto de Zurbano, por más que el presidente les atribuyera públicamente esa condición.

El tridente lo forman, junto a Zapatero, los convocados de urgencia a la Moncloa en la tarde del domingo 9 de mayo, cuando se fraguó el plan de ajuste aprobado este jueves. Los llamados fueron, como en otras situaciones de emergencia, José Blanco y Alfredo Pérez Rubalcaba. Si hay un tercer diente, lleva el nombre de José Antonio Alonso, que además de ser el portavoz parlamentario es el amigo y confidente, aunque no cuente con el predicamento que en el partido tienen los dos ministros. Y después hay una influyente constelación de asesores sin nombre ni rostro público.

Los 169 de Zapatero

De esta perversión de los procedimientos en la formación del criterio político y la definición de la estrategia para su aplicación emana, a juicio de quienes los han conocido desde dentro y de quienes los padecen, buena parte de los males que aquejan el funcionamiento del Gobierno. El desorden como método, que somete el proyecto a la visión del líder y promueve las rivalidades entre los subalternos para reforzar la dependencia absoluta de aquel, fue asumible para transitar en la oposición e incluso para gobernar en tiempos de bonanza. Pero ahora que la crisis y el acoso conjunto de la oposición han convertido la legislatura en una batalla de las Termópilas, el Gobierno sólo podrá sobrevivir siguiendo el ejemplo de los espartanos, que acudían al combate en formación de tortuga, aquella en la que cada individuo protege con su escudo a su compañero, hombro con hombro, y todos al jefe. Lo malo de este orden de batalla que permite enfrentarse con éxito a fuerzas muy superiores es que, al exigir que cada uno tenga perfectamente definido su posición dentro de un esquema tan jerarquizado como solidario, cualquier error o egoísmo individual puede destruir al conjunto.

De momento, los diputados del PSOE han contenido la acometida de la oposición actuando como los 169 espartanos de Zapatero a imagen y semejanza de los 300 de Leónidas, pero desde el Consejo de Ministros y desde la estructura territorial del partido no se transmite la misma disciplina y armonía de movimientos que es condición imprescindible para el éxito de la disposición militar inventada por los romanos.

¿1995 o 1985?

A pesar de que algunos dirigentes del PSOE –partido con acusada propensión a la melancolía– dan por sentado que se está ante "el principio del fin" del ciclo de Zapatero, hay muchos más que creen que la derrota electoral no es inexorable. El presidente atraviesa por su peor momento de valoración ciudadana. Pero no sólo es que aún le queden dos años para remontar y que la alternativa sea Atila Rajoy, sino que en estos momentos no se percibe un clima de hostilidad social hacia el Gobierno.

Aunque la intervención de Duran i Lleida en el Pleno del Congreso que aprobó el tijeretazo social ha dado pie al paralelismo fácil con 1995, cuando Jordi Pujol forzó un adelanto electoral que supuso al año siguiente el final acelerado por la corrupción de un ciclo de poder socialista, la situación actual remite más bien a 1985, el año del ajuste duro que supuso la reconversión industrial y que no impidió la reelección de Felipe González en otras tres ocasiones. Si bien González estaba en su momento más dulce y Zapatero vive el más amargo, entonces como ahora no se percibe otra hostilidad hacia el PSOE que la que la derecha siempre ha sentido y practicado con Zapatero.

Hay, sí, desconcierto, inquietud y peligro de que la sociedad dé la espalda a la política. Un desconcierto que con frecuencia provoca el presidente. Primero entre los suyos, como cuando ordena aparcar el debate sobre un tributo para los ricos y luego es el primero en saltarse la prohibición. Después entre sus posibles aliados, al gobernar como si tuviera mayoría absoluta, cuando ha desaparecido hasta la que tuvo virtualmente durante la primera legislatura gracias al hallazgo de una geometría variable ahora inutilizada por el abuso y se hace más precisa una alianza como la que el rey Leónidas estableció con las poleis griegas para frenar a Jerjes. Y hay una inquietud que alcanza al conjunto de la sociedad ante el duelo a garratozos por el poder entre quienes fueron elegidos para resolver los problemas de la gente.