Las tres en raya

Primero fue la crisis económica, después la política, más tarde la institucional y ahora, si no se descuadran, las tres en raya. Ante la insuficiencia de su potencial desestabilizador para, actuando de forma aislada cada una de ellas, derribar al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, el PP busca la superposición de todas las crisis con la temeridad e imprudencia propias de quien acerca una cerilla a un bidón de gasolina.

Pensó el PP que la intensidad de la crisis económica sería suficiente para galopar sin esfuerzo hacia La Moncloa a lomos del malestar de los varios millones de parados, pero se encontró con que su líder no transmitía la esperanza de un futuro mejor. Buscó luego la crisis política, pero la endeblez del liderazgo de su presidente le impidió capitalizar el desgaste del Gobierno. Recurrió entonces a procurar la desestabilización de las instituciones, con la triste expectativa de recoger los cascotes del derrumbe.

El PP remite al Partido Republicano de EEUU hasta el extremo de que el tea party que se ha convertido en la fuerza de choque contra Barack Obama tiene su correlato español en lo que Elena Valenciano, secretaria de política internacional del PSOE, bautizó hace algún tiempo como el carajillo party, el entramado de grupos de presión que utilizan el PP como una maquinaria electoral al servicio de un ideario ultraconservador.

El ‘carajillo party’

Lo explica, en parte, José Antonio Zarzalejos, director de Abc hasta que se cruzó en el camino de las ambiciones de Esperanza Aguirre y otros: “[Antonio María] Rouco [Varela, presidente de la Conferencia Episcopal] tenía claro en marzo de 2004, cuando el PP perdió las elecciones y llegó al poder José Luis Rodríguez Zapatero, que Mariano Rajoy era un hombre débil y poco consistente y que, en su responsabilidad de jerarca del catolicismo, consustancial con España, no le quedaba otro remedio que alzarse en valedor de determinadas esencias cuya defensa encomendó a Jiménez Losantos y a la movilización de los discípulos de Kiko Argüello, los neocatecumenales, que fueron los que organizaron y engrosaron las manifestaciones públicas en las que el PP fue simple comparsa (…)” (La destitución, Península).

Hoy los kikos han sido desplazados por los hazteoir, un ciberlobby que ha impuesto su dominio de las nuevas tecnologías como instrumento de movilización, pero que igualmente comparte con los faes una ideología ultraconservadora. Desde estos y otros núcleos activistas de la derecha se intenta, a imagen y semejanza del tea party, arrastrar al PP hacia sus propios postulados para, a través de él, hacer girar la agenda política del país con nostalgia confesa de la derecha sin complejos de José María Aznar.  Lo que no ha cambiado en estos seis años es la misión de Rouco ni la personalidad de Rajoy.

Rajoy evita dar el paso de presentar una moción de censura o reclamar abiertamente un adelanto electoral por razones que resultan bastante obvias después de leer la descripción que el profesor Enrique Guerrero Salom, ex secretario general para Relaciones con las Cortes, hace de los mecanismos de responsabilidad política en España: “Una vez superada la investidura, los mecanismos de responsabilidad política que pueden acabar con la confianza parlamentaria del Gobierno juegan inequívocamente a favor de su continuidad. La ubicación exclusiva en el presidente del Gobierno de la posibilidad de activar la cuestión de confianza convierte a esta en un instrumento para restaurar la imagen de un Gobierno debilitado o para fortalecer su legitimidad (esos fueron, en efecto, los casos de Suárez en 1980 y de González en 1989). Para evitar una crisis en el vacío, nunca se promoverá en caso de duda de su superación, optando preferentemente, en caso necesario, por la disolución, prerrogativa también exclusiva del presidente. En el caso español la desconfianza no se presume, debe ser manifestada explícitamente y sólo a través de las figuras constitucionalmente habilitadas, es decir, el rechazo de la cuestión de confianza o la superación de la moción de censura. La dificultad objetiva de que prospere una moción de censura constructiva (cuyo raro uso, en 1980 y 1989, ha derivado en la presentación de un liderazgo y programa alternativos antes que en la propia exigencia de responsabilidad política) permite que el Gobierno pueda pervivir, aún encontrándose en minoría parlamentaria, si ninguna otra alternativa es capaz de convertir la “coalición negativa” en “positiva”.

Y, hoy por hoy, no hay alternativa capaz de convertir la “coalición negativa” en “positiva” porque a CiU no le conviene. Josep Antoni Duran i Lleida, habitualmente tan sobrio en el verbo como contenido en el gesto, se ha desmelenado proclamando que Zapatero es “un cadáver político” y Rajoy un irresponsable por no apoyar el recorte del déficit público, pero su partido no corta amarras con ninguno porque aún no sabe a quién necesitará más después de las próximas elecciones en
Catalunya. El portavoz de los nacionalistas catalanes se ha colgado la estrella de sheriff, pero tal figura sólo se justifica por la existencia de la bronca y el desorden.

Correr para avanzar

Como escribió hace algunos meses un anónimo lector de Público: “Cuando pasados unos años se analicen los gobiernos de Zapatero, algo que no podrá negarse es el hecho de que han sido los gobiernos que más han trabajado en este periodo democrático. Hay que remar mucho cuando se tienen todos los vientos en contra, no sólo ya para avanzar, sino para quedarse en el mismo sitio. Alicia decía respecto a su País de las Maravillas: Extraño país este en que es necesario andar para estar en el mismo sitio y correr para avanzar”.