El doble reto de Zapatero

La dirigencia socialista ha recuperado en los últimos días el resuello. Se atribuye este cambio anímico al poder euforizante de la felipina, distribuida a granel el jueves por entre las columnas del Congreso de los Diputados mientras se celebraba el ritual del cierre de filas. Pero el cambio comenzó a operarse el 27 de mayo, cuando, con ayuda de Mariano Rajoy, los diputados del PSOE encontraron un sentido “patriótico” a su soledad en la defensa del plan de ajuste más severo del periodo democrático; y se asentó en los días siguientes, cuando –en palabras de Felipe González– se constató que el “Gobierno de improvisadores” que preside José Luis Rodríguez Zapatero únicamente le había tomado la delantera a Italia, Francia, Reino Unido o Alemania. Concluyeron entonces los notables del PSOE que si Angela Merkel, la prima donna de la derecha europea, ha tenido que tragarse sus principios y aplicar recetas típicas de la izquierda, como crear nuevos impuestos, no menos justificado está el cambio del menú socialdemócrata hecho por Zapatero.

El ánimo de la tribu socialista suele acomodarse al de su jefe y cuentan en el entorno del presidente que pasó uno de los peores momentos de su vida política cuando tuvo que decidir el tijeretazo social. “Fue como clavarse un puñal”, dicen quienes vivieron aquellos días cerca de Zapatero. Si para asumir que el recorte del gasto público era “inevitable” tuvo que abrirse las entrañas, la negociación con los grupos de la oposición para sacar adelante el decreto ley en el que se concretaba lo dejó “exhausto”. Pero, a partir de ese momento, quienes tratan con él a diario concluyen que ha ido “recomponiendo la figura”, al igual que el PSOE colectivamente.

Una hoja de ruta

La explicación de fondo radica en la asimilación de una idea: “Aunque no nos guste, estamos haciendo lo que se puede hacer y tenemos una hoja de ruta”. “El presidente lo tiene más claro que nunca y ahora el partido también lo tiene claro”, asegura un dirigente, que señala esta circunstancia como condición sine qua non para poder explicar a los ciudadanos las decisiones adoptadas, premisa imprescindible para recuperar la alianza social que todas las encuestas dan por quebrantada, a pesar de ser la izquierda el último bastión de un Estado del bienestar cuya deconstrucción ha sido ya decretada por los chacales del totalitarismo económico, que han decidido expoliar hasta el ahorro más sagrado de las clases trabajadoras: las pensiones.

Los políticos están hoy obligados a imprimir un cambio de ritmo en sus decisiones porque históricamente la velocidad ha sido un factor decisivo para ganar las guerras, las militares y también las comerciales. El reto para Zapatero es doble. Tiene que responder a la emergencia de cada día que acucia a los gobernantes, al tiempo que recupera aceleradamente las décadas perdidas por la socialdemocracia para definir una alternativa al neoliberalismo rampante. Y ha de hacerlo sometiéndose al concierto de 27 países, en su gran mayoría gobernados por la derecha.

La dimensión de este obstáculo es fácil de comprender si se repara en las resistencias con las que tropieza Barack Obama, el político al que se presume más poder en el mundo y que encarna hoy la principal esperanza para los valores de la izquierda, a pesar de la decadencia económica de EEUU. Añádase que la derrota del laborista Gordon Brown ha dejado a Zapatero ideológicamente arrinconado en Europa. No es sólo que el español sea el único socialdemócrata que gobierna un país de peso relativo en la UE, sino que resulta más que probable que Cameron establezca una alianza con Merkel que acabe expulsando de la sala de máquinas al francés Sarkozy, el más europeísta de los gobernantes de la derecha europea. La City londinense es uno de los centros neurálgicos del lado oscuro de la fuerza y Merkel ha elegido ser el ama de llaves de Alemania antes que la refundadora de Europa.

Perplejos y contradictorios

Pese a su brillantez oratoria, ni siquiera Felipe González, el maestro Yoda de la socialdemocracia europea, lo tiene tan claro como aparenta. Lo más llamativo de su intervención del jueves fue oírle abrazar con pasión el mandamiento neoliberal de la productividad, paradigma de la dominación tardocapitalista del ser humano.

La era Bush, en la que se hizo la siembra del capital depredador, “será recordada también por haber corroído las bases de la hegemonía política de EEUU, para dejar paso a dos potencias emergentes que niegan hasta la raíz el patrimonio social y político del progreso de la libertad y la solidaridad: el fascismo integrista islámico y el totalitarismo esclavista chino” (El sabio, el mercader y el guerrero, Franco Berardi, Acuarela & A. Machado).

La izquierda, para ser coherente con su discurso de lucha sin cuartel contra todo tipo de dominación, ha de rechazar con la praxis “la idea de que el género humano debe servir a la economía”, pues “los vínculos del crecimiento y de la competitividad que se difunden como leyes naturales del pensamiento dogmático liberal (y aceptados como tales por la izquierda, incapaz de un pensamiento autónomo no dogmático) son en realidad reglas estables con base en una relación de fuerzas que las tecnologías digitales han desbalanceado a favor del capital a través de la desterritorialización del trabajo” (op.cit.).

Como advirtió Berardi en un análisis premonitorio de la crisis pánica que nos envuelve: “Vamos a la deriva, pues ya no disponemos de tiempo para pensar y nuestras acciones tienden a perder su sentido. Se acabó nuestro tiempo disponible: esta es la raíz de la crisis económica. Y esta es la causa de la crisis política y militar en la que se ha metido Occidente”.
La depresión habita en el corazón del sistema, también la económica.