Cambio de ritmo

Algo tendrá que hacer”. En estas cuatro palabras, tan polisémicas como poliédrico es el personaje al que remiten, se resume el estado de la situación en el PSOE: la espera ansiosa –producto del miedo a la pérdida del poder– de uno de esos cambios de ritmo que caracterizan a los corredores de fondo y el reconocimiento de la potestad del presidente para decidir el cómo y, sobre todo, el cuándo. En cuanto al qué y el para qué, la opinión interna es abrumadoramente mayoritaria en que se trata de aclarar la pista, apaciguando a los rivales con el recuerdo de que la cinta de llegada aún está muy lejos –en marzo de 2012 y nunca antes–, mediante la formación de un Gobierno “cohesionado y competente” y el establecimiento de algún tipo de alianza que permita garantizar la estabilidad parlamentaria ante los síntomas evidentes de agotamiento de la geometría variable.

José Luis Rodríguez Zapatero lleva toda su vida aplicando con éxito el principio táctico que caracteriza el comportamiento de los grandes de la mencionada disciplina atlética: “Si alguno de ustedes quiere que le dé consejos de cómo correr, le diré que no tenga nunca prisa, pero sobre todo, si la tiene, no deje nunca que los demás corredores se den cuenta” (La soledad del corredor de fondo, Alan Sillitoe, Debate). De ahí su enérgico empeño en desactivar la expectativa de una profunda reestructuración ministerial para la que había empezado a evacuar consultas y que, para despiste general, ha situado ahora en la fase de reflujo que separa la pleamar de la bajamar, esos movimientos cíclicos que se repiten tanto en la mar como en la estrategia política.

El debate de la nación

Con o sin remodelación del Gobierno, el debate sobre el estado de la nación de mediados de julio marcará un cambio de fase. No sólo será la antesala de las vacaciones de verano en el ecuador de la legislatura, sino que a partir del otoño se entrará de forma irreversible en un carril electoral que encadenará la convocatoria en Catalunya con los comicios generales de 2012, con estación de paso en los municipales y autonómicos de mayo de 2011.

La hinchada socialista, animada por el calentamiento del miércoles con Mariano Rajoy, confía en que su campeón haga una rotunda demostración de que ha recuperado el fuelle, si bien la cita, como todas las grandes oportunidades, encierra también un gran peligro. El debate de la nación es a la política lo que la feria de San Isidro a los toros, citas que destruyen y consagran carreras. Que se le pregunten a José Borrell, que se hundió en una de estas sesiones, o al propio Zapatero, que fue ganando músculo en la oposición gracias a estos duelos parlamentarios, en los que se cuelga el cartel de no hay entradas y los palcos y pasillos aparecen copados por los opinantes de más fuste y postín, con la televisión en directo.

Con la cautela a que obliga la tiranía del instante que todo lo domina, el presidente llegará con un importante déficit de explicación de las razones del giro en su política económica y sin apenas margen para abrir nuevas ventanas políticas, pero también con la ventaja de la inflexión de los últimos días. La fecha del 17 de junio está ya inscrita en el cuaderno de bitácora de Zapatero como una de las más importantes de su trayectoria política. Ese día no sólo rehabilitó el balance de su difuminada presidencia rotatoria de la Unión Europea, sino que también es la fecha en la que recuperó la fe en que la política todavía es útil para cambiar las cosas y aún puede imponerse al poderoso señor Mercado, con el consiguiente efecto redbull en su ánimo político y personal.

Con la divulgación de los test de resistencia que sitúan como el banquero más solvente de toda Europa a Emilio Botín –de nuevo el hombre que le dio su primer aval ante el mundo financiero cuando sólo era un aspirante– y su apuesta por la transparencia como el mejor método para combatir la economía del rumor, Zapatero le dobló el brazo a Alemania. Además, las declaraciones posteriores de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy aportan verosimilitud a la versión de sus sherpas, que hablan de una actuación “brillante” del presidente en la gestión política de sus bazas y en el poder persuasivo de su discurso.

El guión presidencial

Pero la tormenta sólo ha remitido y los truenos pueden regresar en cualquier momento. Consciente de esta imprevisibilidad –hasta la fecha, nadie ha sido capaz de prever en cada momento de la crisis la fase siguiente–, Zapatero quiere aprovechar el remanso para acentuar la intensidad de las reformas, ahora que el clima social es más propicio que hace unos meses a aceptar medidas impopulares –el miedo no tiene fronteras–.

El presidente se aferra así al guión de las reformas, en el convencimiento de que, según un relevante miembro de su tripulación, “mientras adecentas el barco no puedes cambiar el rumbo, igual que no lo puedes adecentar mientras achicas el agua”. Sólo la sentencia sobre el Estatut de Catalunya, que despejará el camino para el acercamiento entre el PP y CiU, se prefigura con fuerza suficiente para desviarlo de ese guión que, si cuaja a tiempo en una recuperación económica suficientemente vigorosa, puede restituirle la credibilidad ante el electorado.

“(…) Escaparse y que luego le cojan a uno es un juego estúpido que a mí no me convence para nada. La astucia es lo que cuenta en esta vida, e incluso ésta tienes que emplearla del modo más disimulado posible”. Lo escribió Sillitone (op. cit.), pero bien podría ser una confidencia de José Luis Rodríguez Zapatero a su almohada en una de esas noches en las que, como al personaje de su admirado Jorge Luis Borges, en el fatigado crepúsculo le visita la refutación del tiempo con la ilusoria fuerza del axioma.