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Luces Largas

La extendida creencia de que asistimos a los prolegómenos del poszapaterismo, alimentada ingenuamente desde el interior del PSOE por quienes anteponen sus ambiciones personales al proyecto colectivo y amplificada entusiásticamente por una derecha necesitada de quintacolumnistas para recuperar el poder que se le resiste democráticamente, se contradice con los movimientos del presidente del Gobierno. Incluso quienes en su entorno más cercano deducían de su pulso político y actitud vital a finales del año pasado que José Luis Rodríguez Zapatero había decidido retirarse en 2012 se inclinan hoy por pensar lo contrario, hasta el extremo de vaticinar, a medio camino entre el análisis político y la ironía personal, que el poszapaterismo será Zapatero sin ellos.

El inquilino del palacio de la Moncloa sostiene que el momento de despejar esta incógnita es "una cuestión de estrategia política", afirmación que lleva implícita el manejo de los tiempos y apunta a que su decisión no se conocerá hasta después de las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2011. Es una estrategia peligrosa porque la impresión de que no optará a un tercer mandato se ve abonada por un silencio que desconcierta a buena parte de los suyos y fomenta el contagio de la táctica de confrontación en la que más de un barón o aspirante a barón del PSOE ha creído encontrar su tabla de salvación electoral, olvidando que en la gran mayoría de los casos deben el sillón a Zapatero y, sobre todo, que –como dice Felipe González– se pueden ganar o perder elecciones, pero la auténtica derrota política llega cuando se fractura la cohesión del partido.

Nerviosismo ambiental

A riesgo de que entre los dirigentes autonómicos prolifere el sálvese quien pueda, Zapatero observa esos demarrajes tácticos con el ánimo relativista que le caracteriza. Si cediera ahora a la presión del nerviosismo ambiental que recorre las filas socialistas, y también –no se olvide– las de la derecha, dejaría de ser el presidente para convertirse en un simple candidato, poniéndose así innecesariamente a la altura de Mariano Rajoy, que tampoco ha sido proclamado por su partido como aspirante oficial, y apareciendo ante la opinión pública como un dirigente preocupado por las cosas del partido antes que como un gobernante ocupado en las cosas de todos.
En buena lógica, alguien que está pensando en la retirada no abriría en su partido una batalla de alto voltaje como la que se libra en las primarias del PSOE en Madrid. Si en algo coinciden los partidarios de los dos candidatos en liza, Tomás Gómez y Trinidad Jiménez, es en que el resultado final de esta contienda –el que arroje el contraste electoral del elegido con Esperanza Aguirre– tiene un alcance que sobrepasa las paredes del PSOE y las fronteras de la Comunidad de Madrid.

A las vísperas de los comicios autonómicos, que se celebrarán dentro de ocho meses –el 22 de mayo de 2011–, llega el PP con la vitola de favorito, de modo que un revolcón en su Álamo madrileño tendría un impacto notable, no sólo en la lectura global del resultado de esa convocatoria, sino también en el ánimo político global porque las elecciones generales llegarán tan sólo nueve meses más tarde y Madrid es un foco que irradia a toda España. Una victoria socialista en Madrid, o un notorio debilitamiento de la Margaret Thatcher española, provocaría un variación sensible en el medio ambiente político. Sería un punto de inflexión que podría marcar un cambio en la tendencia política.

Además, en Madrid el PSOE se enfrenta no sólo al PP sino también a la necesidad de frenar a quien se ha convertido en una de las grandes amenazas para que pueda revalidar la mayoría en 2012. Si Rosa Díez logra que su partido supere el listón electoral del 5% –alrededor de 150.000 votos con una participación del 67%, la que se registró en 2007–, irrumpirá en la Asamblea de Madrid con seis o siete diputados que, previsiblemente, se traducirían en dos o tres escaños en las elecciones generales y en un más que probable grupo parlamentario propio en el Congreso. Visto por el retrovisor, si el PSOE hubiera obtenido en 2008 dos o tres escaños más en Madrid, se habría evitado la hipoteca de su actual dependencia parlamentaria de CiU o PNV.

Tres escenarios

La dirección del PP trabaja con la convicción de que el escenario más favorable para sus aspiraciones es que el candidato del PSOE vuelva a ser Zapatero, pero no en 2012, sino cuanto antes, no vaya a ser que una mejoría de la situación económica rehabilite su imagen o que los socialistas decidan cambiar de caballo, lo que pondría a la derecha en la tesitura de plantearse también un candidato distinto a Rajoy, cuya jubilación acarrearía la de la generación aznarista que ha sobrevivido al ex presidente del Gobierno.

Así, en las dos orillas políticas se reafirma la vigencia del axioma que establece: "De la política no te vas, te echan". Si la crisis persiste, nadie toleraría que el capitán abandone el barco cuando se hunde. Si llega a tiempo la recuperación, el PSOE no aceptará prescindir de quien constituye su imagen de marca. De modo que el único escenario propicio para la retirada de Zapatero sería el estancamiento económico, acompañado del convencimiento de que el PSOE podría ganar con otro candidato –¿?–las elecciones que perdería con él.

Quienes ya han cavado la fosa para enterrar a José Luis Rodríguez Zapatero olvidan que la principal característica de la sociedad contemporánea –a la que no escapa la actividad política– es la tiranía del instante, que equipara la vigencia de lo actual con la expectativa de vida de una mariposa, de modo que pronóstico se ha convertido en sinónimo de osadía, aunque al final se acierte.