La primera en la frente

Si no cambian mucho las tornas, el resultado de las elecciones autonómicas que hoy se celebran en Catalunya se prefigura como la primera en la frente para José Luis Rodríguez Zapatero. A poco que acierten los sondeos, y no parece que esta vez anden muy desencaminados, el 28-N puede marcar el principio del fin del círculo electoral virtuoso que para los socialistas se inauguró en 2003. Fue entonces cuando Pasqual Maragall logró poner fin a 23 años de hegemonía nacionalista en Catalunya con el primer Tripartito, experimento que ha logrado sobrevivir durante siete años a sus propios protagonistas y errores. La conquista del Gobierno catalán anticipó también el final del ciclo de declive socialista que había comenzado en las elecciones europeas de 1994 y que se consolidó en los comicios municipales de 1995.

La presumible derrota de hoy no será sólo un fracaso del PSC, que durante muchos años utilizó su fuerte implantación municipal para alardear ante sus compañeros del PSOE de saber gobernar. Pudo hacerlo hasta que ocupó simultáneamente los dos balcones de la plaza de San Jaume, desde los que se miran el alcalde de Barcelona y el president de Catalunya. A partir de ese momento, el socialismo catalán pareció caer en una especie de esquizofrenia, quizás porque, durante 15 años, desde el mirador municipal Maragall veía todos los días el que enfrente habitaba Jordi Pujol.

Tres gobiernos

El fracaso será del conjunto del Tripartito, que ha gobernado como si se tratara de tres gobiernos, sin haber tenido la humildad de poner sus barbas a remojo cuando, en buena medida por esa misma causa, en 2009 fracasó el bipartito que en Galicia formaron los socialistas con los nacionalistas del BNG, fórmula que, sin embargo, sigue funcionando con razonable éxito en el ámbito municipal.

El electorado no ha perdonado el guirigay colectivo y tampoco las veleidades particulares. No ha perdonado al PSC que antepusiera el debate identitario a las políticas sociales que le son consustanciales –siempre mejor el original que la copia–, ni a ERC que creyera posible la cuadratura del círculo de disfrutar simultáneamente las prebendas de un Gobierno constitucional y las candilejas de una oposición independentista. Si alguien llega con opciones de salvar los muebles es ICV y, siendo así, no puede pasar
desapercibido el hecho de que, de los tres socios, ha sido el que más y mejor ha aprovechado su cuota de poder para satisfacer anhelos y expectativas de su clientela.

La derrota será más visible para los socialistas por haber ejercido la presidencia de la Generalitat. Y, con todo, por malo que sea, ha podido ser peor. La campaña empezó con el PSC reducido a un exiguo 18% de los votos. De nada le ha servido ser el partido que impulsó el Estatut que reconoce a Catalunya el mayor autogobierno que nunca haya tenido, porque la forma en que se gestó la norma provocó el desapego de la ciudadanía; de nada le ha valido la coincidencia de su Gobierno con el periodo de mayores inversiones del Estado en las infraestructuras catalanas, porque el debate político fue devorado por la cuestión identitaria, y apenas ha rentabilizado el sistema de financiación más beneficioso para los intereses de Catalunya porque el ruido silencia las razones. No es de extrañar que los ciudadanos no avalen los hechos que sus protagonistas no reivindican hasta que llega el momento de pedir el voto. Eso le ha ocurrido a Montilla. Lo peor no ha sido el fracaso, sino el hastío.

Síntoma evidente es el riesgo reconocido de que la abstención alcance o supere el 50%. Catalunya es desde hace algún tiempo la comunidad autónoma que registra un mayor número de votos en blanco, que es algo más, mucho más, que la abstención. Esta actitud de rechazo comprometido y activo a los partidos clásicos incluso se ha plasmado en una candidatura específica: Escaños en blanco. Y puede resultar precursora.

Una derrota liberadora

Zapatero y Rajoy han utilizado Catalunya como un laboratorio de ensayo para las confrontaciones electorales que se les avecinan. No habrá grandes sorpresas. Serán de búsqueda de la máxima polarización entre izquierda y derecha. Serán las elecciones de la abstención y el voto útil.

La crisis no deja mucho margen para los matices. Zapatero planea en caída libre, como el resto de los gobernantes de los países afectados, y Rajoy no logra remontar el vuelo con altura suficiente. Aunque el presidente lleva el viento de frente y el líder de la oposición de cola, así llegarán a las elecciones municipales y autonómicas de mayo: sin poder sacar pecho. El PSC puede caer hasta su peor resultado en unas elecciones autonómicas, pero el PP seguirá estando en Catalunya en una marginalidad impropia de un partido que aspira a gobernar España.

El protagonismo catalán volverá a ponerse de relieve en mayo. Barcelona aparece, junto con Sevilla, como la pieza más codiciada a batir de entre las que tienen color socialista. El PSC corre el riesgo cierto de perder también el gobierno de la ciudad condal en beneficio de CiU, pero el Tripartito podría resucitar en el balcón de la izquierda si Artur Mas se cierra a compartir el otro con ERC.

Montilla seguirá seguramente al frente del PSC hasta que pasen esas elecciones. La cercanía es demasiada y el PSC gusta de hacer sus transiciones bajo control. El socialismo catalán vivirá un periodo de tensión entre sus dos almas que tendrá su reverberación en el PSOE, pero Zapatero volverá a tener las manos libres. La de Catalunya será para él una derrota liberadora, una suerte de exorcismo del espíritu de Maragall, el precursor que señaló a Zapatero como la esperanza del socialismo español.