El dilema sucesorio

El folletín por entregas en que ha derivado el dilema sucesorio de José Luis Rodríguez Zapatero ha dado lugar al afloramiento de dos escuelas principales de zapaterólogo, que cruzan análisis y apuestas encontradas sobre el desenlace de la intriga, más una tercera corriente que bebe en las dos anteriores.

Aunque la opinión dista mucha de ser homogénea, en la escuela palaciega predomina la interpretación de que todos sus movimientos conducen de forma ineluctable a la retirada: desde el anuncio de su disposición a inmolarse políticamente para sacar a España de la crisis hasta el nombramiento como vicepresidente primero de Alfredo Pérez Rubalcaba, pasando por un halo de “paz interior” que dicen advertir en el presidente del Gobierno desde que cedió el proscenio a su más reputado tramoyista para intentar recuperar el resuello entre bastidores, a resguardo de la exposición continua al público.

Por el contrario, la escuela castellano-leonesa, más compacta en el parecer de sus miembros –aquellos que le vieron entregarse a la política cuando aún era adolescente y le acompañaron en las capeas en las que se curtió por las exigentes campas leonesas hasta alcanzar la cima del liderazgo del PSOE–, alertan de que no sería la primera vez que se embosca para confundir a sus adversarios y reaparecer desde el foso cuando menos se le espera con un golpe de efecto que acaba resultando aniquilador, de modo que no cabe descartar que el sucesor de Zapatero sea Zapatero.

Y luego están los eclécticos, que no conocen cómo se fraguó su personalidad ni pertenecen a la corte de Zapatero, aunque algunos le sean muy cercanos e incluso los haya que se mueven por palacio, y que reconocen no disponer aún de todas las coordenadas necesarias para trazar un mapa global que permita hacer un pronóstico con suficiente fiabilidad.

Las variables

Opinan estos que, como interpretó Público, la remodelación ministerial de octubre tuvo doble intencionalidad y alcance: a corto plazo, blindar la figura del presidente para intentar reparar su imagen y, a medio, anticipar una salida para un posible relevo ordenado si finalmente concluye que se ha convertido en un lastre electoral.

La baza de Zapatero es reinventarse como el gobernante que tuvo el coraje de “hacer lo que había que hacer”, anteponiendo los intereses del país a los suyos y los de su partido, determinación que aparece refrendada por un calendario gubernamental que sitúa el debate sobre la impopular reforma de las pensiones en plena precampaña municipal y autonómica, para mayor irritación de los dirigentes territoriales que temen que sólo contribuya a agrandar el alejamiento de su base social.

Así, como reflejan todas las encuestas, la rehabilitación de la figura de Zapatero se antoja una misión imposible, pero todo podría cambiar si los frutos del ajuste empezaran a brotar a tiempo porque hoy todo evoluciona a la velocidad de la red. Si comenzara a vislumbrarse la recuperación económica, Zapatero podría reforzar las opciones socialistas acelerando el principio del fin de ETA y con el acompañamiento de alguna reforma social que lo reconcilie con su electorado natural. El tan invocado “factor familiar” parece estar encapsulado y la impresión creciente de que su retirada desataría luchas internas en el PSOE aparece como una severa contraindicación para que pueda decir adiós sin paso previo por las urnas.

Las claves de la solución

Dos de los digitos para descifrar la clave secreta de la caja fuerte en la que Zapatero guarda su decisión saldrán de las elecciones municipales y autonómicas de mayo. La cita es determinante no sólo porque serán el termómetro del deterioro de la marca PSOE, sino también porque, si se plantea la sucesión, tanto si hubiera primarias como congreso, el poder decisorio estará en gran medida en manos de los barones y el 22 de mayo habrá quien consolide el rango, quien lo adquiera y también quien lo pierda. De ahí la prisas de algunos para que Zapatero anticipe el anuncio. Entre los dirigentes socialistas ya circula una porra: con el andaluz José Antonio Griñán y el vasco Patxi López, cuyas reválidas tocan más tarde, de la cita saldrá con rango de barón de barones el extremeño Guillermo Fernández Vara, y se incorporarán al club de los 17 el asturiano Javier Fernández y la aragonesa Eva Almunia.

Mientras se deshoja la margarita y por lo que pueda pasar, algunos dirigentes con aspiraciones sucesorias ya han empezado a echar cuentas y otros han creado células de análisis para determinar si, llegado el caso, les convendría más saltar al ruedo en unas primarias para designar a un candidato seguramente abocado a la derrota o esperar al congreso del que tendría que salir un nuevo líder.

La creencia mayoritaria es que Alfredo Pérez Rubalcaba, que se muerde las uñas y desvía la mirada a su móvil para evitar la de su interlocutor cuando se le inquiere sobre sus aspiraciones, sólo aceptaría enfundarse el maillot de líder si no tiene que disputarlo, pues sabe que, igual que tiene partidarios, también tiene detractores, sobre todo entre las nuevas generaciones socialistas que verían en él un paso atrás para lo que sería una indispensable renovación del proyecto socialista. Y, aunque se regocija en el papel de “el hombre del momento”, es consciente de que también puede acabar arrastrado por el tsunami de la crisis y más con abrazos envenenados como el elogio desmedido de José Bono, quien sabe bien que para cazar conejos –de carne más sabrosa que la de las liebres– conviene estar agazapado.

Al decir de un dirigente con larga trayectoria, el PSOE “tiene historia y aprende de su historia”. Lo primero es incuestionable, lo segundo está por demostrar.