Pánico electoral

No hace falta ser médico para diagnosticar que el PSOE vive en estado de pánico por temor al derrumbe electoral y que la ansiedad que domina el comportamiento de sus dirigentes puede hacer bueno el célebre dicho: “Entre todos la mataron y ella sola se murió”. Esa patología puede explicar que sea la nomenclatura del partido la que alimenta el enredo sucesorio, contribuyendo activamente a acrecentar la desconfianza ciudadana que ha granjeado la crisis al socialismo.

Pero es para diván de psicoanalista que se haga cuando José Luis Rodríguez Zapatero ha logrado que lo que hace apenas unas semanas iba a ser una segunda huelga general, sea ahora un pacto de alcance histórico que, además, vuelve a dejar en fuera de juego al PP; y no cabe olvidar que, hace tan sólo ocho meses, el Gobierno tenía que jugarse las votaciones parlamentarias a la cara o cruz de un voto y ahora los mismos nacionalistas catalanes que acabaron el año pasado exigiendo elecciones anticipadas disputan a sus colegas vascos el papel de socio preferente. Es un muerto que está muy vivo.

Zapatero llegó en 2004 al poder con la idea de que dos legislaturas son tiempo suficiente para desarrollar un proyecto político y ese criterio lo consolidó a finales de 2009. Pero entonces aún no había llegado lo peor de la crisis.

La ‘pizarra’ de Zapatero

Cuando, en mayo del año pasado, se vio obligado a imprimir un giro drástico a la política económica para
–aunque las medidas sean discutibles– evitar que España se despeñara hacia la bancarrota, era consciente de que se abría un nuevo escenario político que provocaría un efecto de ondas concéntricas, a semejanza de lo que ocurre cuando se arroja una piedra en un estanque de agua, de modo que diseñó planes alternativos para minimizar los daños, contando con que el coste político de la crisis económica tendría un impacto negativo sobre él, pero también sobre el Gobierno y el conjunto del PSOE.

En el secreto completo de la pizarra de Zapatero sólo está él. Pero, si se rebobina lo ocurrido en el último año, cabe concluir que, hasta el cambio de Gobierno en octubre, decidió cargar sobre sus espaldas todo el desgaste asumiendo que, sin una remontada a tiempo, la crisis se lo llevaría por delante, pero convencido también de que, si las reformas empiezan a dar fruto y la sociedad asume su necesidad, puede evitar que de su mandato presidencial sólo quede, a causa de un cataclismo económico mundial, el recuerdo de un paro de récord y de una derechización que repugna a sus convicciones ideológicas. Si esto fuera así, cabe concluir igualmente que con la remodelación ministerial que colgó a Alfredo Pérez Rubalcaba la etiqueta de delfín, pero que también le situó como escudo protector, actuó guiado por la premisa de que la recuperación del presidente es imposible sin la recuperación de su Gobierno, lastrado hasta entonces por el agotamiento en puestos claves como la vicepresidencia política y el Ministerio de Trabajo. A quienes gozan de la confianza suficiente para preguntarle si con el ascenso del ministro del Interior estaba tirando la toalla o, por el contrario, apuntalando su renacimiento, les confirmó entonces que, sin asomo de duda, la respuesta acertada era la segunda. Pero también resulta evidente que, en previsión de que la remontada fuera finalmente imposible, la incuestionable potencia de la personalidad política de Rubalcaba le permitía con un solo movimiento dejar entreabiertas dos puertas: la de la salida y la del regreso.

Aunque en Navidades volvió a dar pábulo a su marcha con un comentario hecho con la intención básica de sacudirse la presión de los periodistas, en su entorno más próximo se reconoce que tiene “una predisposición”, pero se sostiene que la misma aún no se ha decantado en una decisión firme y definitiva, de modo que nadie sabe realmente cuál es ni cuándo la desvelará.

Fiel a su carácter, Zapatero no deja de sembrar pistas que desconciertan –y atormentan– a propios y extraños. Él ha sido el primero en contribuir a que se instale como un hecho consumado que pasará el testigo a Rubalcaba, pero esta actitud la combina con otras que reafirman su liderazgo unipersonal. Cuatro ejemplos: a nadie consultó la repesca de Jesús Caldera para dotar de discurso político la reforma de las pensiones; sólo él estuvo en la reunión decisiva con los líderes sindicales para cerrar el pacto social; directamente suyo fue el visto bueno para que la leonesa Amparo Valcarce acompañe a Tomás Gómez como número dos en Madrid, y nadie –salvo los periodistas– se ha atrevido a preguntarle si se va o se queda.

Pero, de tanto manosear el juguete, se le puede romper entre las manos, de tal suerte que, si al fin decidiera quedarse, podría resultar tarde para cambiar el paso porque los suyos ya le han dado públicamente por amortizado.

Elecciones primarias

Los estudios demoscópicos, que le retratan como un líder abrasado de forma irrecuperable ante sus propios votantes, al tiempo que presentan a Rubalcaba como la alternativa más capaz de rentabilizar la debilidad de liderazgo que arrastra Rajoy, han cultivado en el PSOE un clima que en estos momentos es mayoritariamente favorable al cambio de candidato. Es la oportunidad que llevan esperando diez años los que piensan que el zapaterismo, entendido en clave de renovación generacional y modernización del proyecto político, fue un error desde su mismo nacimiento. Si el recambio fuera finalmente Rubalcaba, su designación como candidato para 2012 sería tan legítima como la de cualquier otro socialista, siempre que en el proceso se respete el espíritu y la letra de las elecciones primarias. Pero si las hubiera y ganara, por los votos o por incomparecencia, representaría también un certificado del fracaso, con acta de defunción, de la Nueva Vía del socialismo español.