El poder del pacto

Negar el mérito ajeno midiendo el tamaño del árbol por la fronda de las hojas en vez de por el diámetro del tronco es una de esas dramáticas características del ser español que históricamente, con las contadas excepciones que confirman la regla, ha frenado el progreso del país al actuar como disolvente de cualquier proyecto colectivo. Tal credencial patria se está manifestando en algunos intentos de minusvalorar el Acuerdo Social y Económico, en los que pesa más el juicio sobre la validez de la comparación formal hecha desde el Gobierno con los pactos de la Moncloa de la Transición que el análisis de su contenido y trascendencia, con el único objeto de negar el éxito político cosechado por José Luis Rodríguez Zapatero.

Que 2011 no es 1977 y que las organizaciones sindicales y empresariales no son los partidos políticos es de Perogrullo. Cada tiempo tiene sus retos y no hay desafío mayor que el pendiente de resolver. Al margen del juicio que merezca el sesgo ideológico de las medidas concretas, más cercanas a los principios e intereses de los señores del dinero que a los de la izquierda y sus votantes, poner de acuerdo a los firmantes ha sido mucho más difícil ahora que hace 34 años. Entonces se trataba de preservar un bien absoluto y recién conquistado –la democracia, que es o no es– y ahora se trata de algo mucho más líquido, como la cohesión social y el bienestar, términos que no representan lo mismo para todos ni toda la sociedad juzga con los mismos  parámetros.

El ahínco por rebajar la relevancia del pacto social sólo encuentra cabal explicación como parte de la cacería desatada contra Zapatero, que se despliega con abundante cobertura de algún fuego amigo, como ha podido comprobarse de nuevo –y van…– en el activismo poco subliminal que supone presentar gráficamente al presidente del Gobierno como un convidado de piedra en la cumbre con la canciller alemana Angela Merkel, al tiempo que se fuerza el foco de atención hacia el presunto sucesor, Alfredo Pérez Rubalcaba.

Las tres palancas

El pacto social ha sido posible porque todos sus protagonistas habían perdido pie ante los ciudadanos y han hecho de la necesidad virtud. Pero también, según fuentes conocedoras del proceso negociador, por el empeño (deseo, tesón y constancia) personal de tres de sus signatarios: José Luis Rodríguez Zapatero, Ignacio Fernández Toxo y Joan Rosell.

Fue el presidente del Gobierno quien personalmente restableció el diálogo y remató el pacto. No podía ser de otra manera porque era requisito previo e indispensable recuperar la confianza rota con la reforma laboral y la huelga general del 29 de septiembre. Y si la intervención de algún otro miembro del Gobierno ha sido decisiva, esa fue la del ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, que el 18 de diciembre acompañó al presidente en la primera de las “cuatro o cinco” entrevistas secretas que Zapatero mantuvo con los líderes de las organizaciones de trabajadores y que se sabe todas las tretas sindicales, pues no en vano algunas las ideó como economista que fue del gabinete técnico de UGT.

Con Cándido Méndez arrastrando una “profunda decepción personal” hacia Zapatero, determinante fue también el papel de Toxo, que echó el resto a favor de un gran pacto a pesar de tener que lidiar en CCOO con la contestación interna de la pinza entre el sector más vinculado a la Izquierda Unida de Cayo Lara y los afines a su predecesor, José María Fidalgo, quien ahora gusta dejarse ver del brazo de Rosa Díez.

La tercera gran palanca fue Joan Rosell, convencido de la necesidad de restaurar el crédito social de los empresarios, que Gerardo Díaz Ferrán arrastró por el fango de sus quiebras y de las acusaciones judiciales por presuntos delitos de estafa procesal, evasión fiscal y apropiación indebida de fondos públicos.

El resultado, para asombro de propios y envidia de extraños, es que ahora el modelo de reformas “sin conflicto social” se ha convertido en un ejemplo para Europa, que resucita políticamente a Zapatero para mayor desconcierto de quienes, fuera y dentro de su partido, ya le habían enterrado. Olvidaron bajar la tapa de la caja y poner los clavos.

La pata política

Al Acuerdo Social y Económico le falta aún la pata política, pero –con o sin el PP– acabará teniéndola de modo inexorable porque la reforma de las pensiones, y otros contenidos como la nueva ayuda para los parados en situación más angustiosa, han de someterse a la aprobación del Parlamento. Esa foto no será pues la del plante de la oposición en la Moncloa, por más que resulte injustificable que los errores de protocolo gubernamental proporcionaran coartada al desaire.

La auténtica será la de las votaciones parlamentarias. CiU, PNV y Coalición Canaria ya apoyaron el informe de la Comisión del Pacto de Toledo que dio soporte y vía libre al anteproyecto del Gobierno sobre la reforma de las pensiones; y, en el extremo opuesto, los grupos minoritarios de la izquierda difícilmente pasarán del no al sí, ya sea por convicción o para preservar el espacio de la contestación. Así, el angular de la foto dependerá de la posición que elija el PP, cuyo líder ha visto inesperadamente alterado su plácido dormitar sobre las encuestas.

Cuando el jueves de la semana pasada, tras sellar el pacto con sindicatos y empresarios, Zapatero telefoneó a Mariano Rajoy para informarle del acuerdo y pedirle que sumara al PP, el líder de la oposición respondió que le resultaba “complicado” darle su apoyo: “Yo, con estar informado… de momento, prefiero no comprometerme”.

El lunes, en la reunión del comité de dirección en la que se fija la estrategia semanal, el estado mayor del PP apostó, por increíble que resulte, por hacer suya la crítica de la izquierda de que la reforma de las pensiones constituye un recorte en los derechos sociales. Y después hubo serias dudas sobre la oportunidad de participar en la foto de la firma en la Moncloa porque las peticiones hechas a Rajoy por el presidente de la patronal –y otros– para que así fuera chocaron con la evidencia de que Zapatero ha encontrado, cuando menos, un balón de oxígeno.

Pero una cosa es rehusar la invitación a participar en “un festejo” y otra quedar a la intemperie descolgándose de la votación de unas reformas aplaudidas con entusiasmo por la derecha que gobierna la Unión Europea y las fuerzas vivas del poder económico en España. El que se la juega ahora es Rajoy.