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Quimioterapia económica y curación política

La necesidad que el ser humano tiene de poner cara a la causa de sus grandes males, para así aliviar la carga del infortunio, encuentra su mejor reflejo en la famosa expresión italiana "¿Piove? Porco Goberno". Y, si además de ser el culpable de la calamidad, es también el responsable del sufrimiento que acarrea la desgracia cuando la solución requiere de una terapia agresiva, es doblemente porco.
Así es juzgado José Luis Rodríguez Zapatero por una gran mayoría de ciudadanos, entre los que están los 4.696.600 españoles en paro que registra la última Encuesta de Población Activa, pero también los demás que temen acabar engrosando la lista, una inquietud que a todos acompaña hoy. Mientras, Mariano Rajoy aparece como el visitador que cuestiona el tratamiento y prescribe placebos en recetas de letra ilegible hasta para su autor.

Ante la incuestionable gravedad del cáncer económico, el presidente del Gobierno decidió aplicar un severo régimen de quimioterapia que, por su rigor y efectos secundarios, suele provocar un sentimiento de rechazo del paciente hacia el médico, la figura que añade sufrimiento a su padecer. Pero el rechazo se convierte en reconocimiento cuando el doliente comienza a percibir síntomas de mejoría y acaba siendo de agradecimiento si se logra la curación.

Este comportamiento psicológico, que tiene un importante componente irracional, podría trasladarse a la situación política, si bien su ejercicio acostumbra a ser incluso más ingrato que el de la medicina. En el Gobierno se tiene la impresión de que, aprobadas o puestas en marcha ya las reformas más dolorosas, la fase más dura de la quimioterapia ya ha pasado, aunque no se descarta que sea necesario aplicar nuevas sesiones, porque el tumor de la inestabilidad financiera aún no ha desaparecido por completo y está viva la amenaza de que Portugal siga los pasos de Grecia e Irlanda.

La línea de no retorno

En todo caso, Zapatero tiene un problema de tiempo porque los efectos de aquellas reformas no se percibirán con nitidez hasta dentro de algunos años. Por eso, mientras que sus coroneles consumen las horas y las energías en afilar los sables sucesorios, él se afana en diseñar acciones cuyos beneficios puedan ser visibles dentro de los 13 meses que aún restan de legislatura, una eternidad en política. A pesar de que los voceros del pensamiento único –de derechas y de izquierdas– han logrado a fuerza de insistir que cunda la idea de que es intelectualmente insolvente –no tuvo pupitre en el elitista colegio del Pilar del que procede la aristocracia socialista–, el presidente del Gobierno ha adquirido unos conocimientos económicos al alcance de muy pocos.

Para tenerlas tiesas, como las tuvo en más de un momento de la legislatura pasada con Pedro Solbes, hace falta saber algo. Y algo más para captar el interés de alguien que está tan de vuelta de las vanidades como Paul Volcker, que a sus 74 años lo ha sido todo en la economía de Estados Unidos; y otro tanto para poder hablar de tú a tú con el primer ejecutivo de J. P. Morgan, la mayor compañía financiera del mundo. Tampoco parece que ande a por uvas un gobernante que decidió subir el IVA en su país cuando Angela Merkel, la madrastra de Europa, prometía rebajas fiscales en el suyo, aunque ahora resulta que la canciller alemana lo tenía todo planificado y el presidente español no ha parado de improvisar.

Es muy posible que Zapatero no disponga de tiempo suficiente y que haya cruzado ya una línea de no retorno que lo inhabilite para seguir en 2012, como se escucha en los bares, reflejan las encuestas de opinión y creen la mayoría de los virreyes de su partido, que se escudan tras él para no tener que asumir su cuota de responsabilidad, una actitud que evoca la década de los noventa, cuando los cuadros dirigentes del PSOE bajaron los brazos y Felipe González tuvo que tirar en solitario del carro –volvió a ganar contra pronóstico en 1993 y perdió por la mínima en 1996–. Pero si no fuera así, muchos podrían quedarse con un palmo de narices.

La decisión final sobre su retirada o continuidad será el producto de despejar la raíz cúbica resultante de multiplicar la situación económica por el parecer del partido y dividir por el factor familiar. Pero la línea de no retorno no está fija, sino en continuo movimiento, como han venido a demostrar los acuerdos de estabilidad parlamentaria y el pacto social con sindicatos y empresarios.
Precedentes los hay para todos los gustos. Uno de los más recientes, que no ha pasado desapercibido en la Moncloa, está en Suecia, donde Fredrik Reinfeldt consiguió en septiembre del año pasado convertirse en el primer conservador que revalida mandato en su país. Lo logró por la mínima, pero después de muchos meses hundido en las encuestas y tras una campaña electoral centrada en la situación económica, el futuro del Estado del bienestar y, sobre todo, en el auge del populismo de extrema derecha.

Milagreros y culpables

Zapatero, que ha restringido sus viajes internacionales a los de interés económico, da muestras de tener ganas de campaña y la va a hacer para las elecciones de mayo, por mucho que algún presidente autonómico prefiera que no pise su territorio. El mitin es el ágora donde mejor se desenvuelve y la actividad pública que más satisfacción le procura por su poder de vigorizante con feed-back: refuerza la autoestima del líder y le permite tomar en vivo el pulso de sus seguidores, que se reconfortan en la arenga.

Para mayor desasosiego de quienes ya andan repartiendo las carteras de un hipotético Gobierno marianista, o pilarista, viene la Oficina de Evaluación Independiente del Fondo Monetario Internacional a arruinar la fama milagrera de Rodrigo Rato, a quien la derecha santificó como "el mejor ministro de Economía de la democracia", aquel con el que la crisis no habría llegado a España. Ahora que ya se sabe que no la vio venir ni con los 4.400 ojos de los economistas a su servicio y que hasta fue inductor del "continuo optimismo" que tanto se ha reprochado a Zapatero, a lo mejor resulta que cualquier día se descubre que el "milagro económico" de José María Aznar consistió en vender las joyas de la abuela e inflar la burbuja inmobiliaria, fomentando de paso la codicia del dinero rápido y desincentivando el esfuerzo de formación en miles de jóvenes que lo buscaron en la construcción.
¡A ver si va a resultar que Zapatero no tenía la culpa de todo!