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El plebiscito del presidente

Cualquier día de estos –quien dice días, dice semanas o meses– levantará Zapatero la cabeza de los asuntos económicos en los que está enfrascado para abrir la carpeta sucesoria que asegura tener guardada en un armario de su despacho y, si en el tránsito mira por la ventana, reparará en que andan sus coroneles enredados en el no-debate sucesorio y sus tropas desorientadas.

Mientras que las intrigas sucesorias se han incorporado como plato fijo al menú de todo cenáculo socialista que se precie y no dejan de cruzarse apuestas sobre si la moneda caerá de cara o de cruz, una pregunta angustia a los que, alcanzado el cénit de sus carreras, nada les va en el dilema sucesorio, salvo la honra colectiva: "¿Dónde está el PSOE?"

La incomparecencia del PSOE en la prédica de los nuevos mandamientos del pacto social, que tanto costó reescribir al presidente del Gobierno, resulta clamorosa, más cuanto garantiza un bien tan escaso en los tiempos que corren como la paz social. Y eso que voces tan autorizadas como la de Francisco Fernández Marugán, reclutado ya en 1982 por Alfonso Guerra para ser el portavoz presupuestario de su partido y responsable económico que fue del Gabinete de Presidencia del Gobierno en tiempos de Felipe González, aseguran que el Acuerdo Económico y Social suscrito por Zapatero con los líderes de UGT, CCOO y CEOE "es perfectamente equiparable" a los grandes pactos sociales de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, durante los mandatos de Adolfo Suárez y Felipe González, que condujeron el país a la modernidad.

Los virreyes y el partido

Sostienen veteranos poco sospechosos de fidelidad personal al líder que, "aunque haya tardado en reaccionar, Zapatero está haciendo lo que hay que hacer, y el único que no se entera, además del PP, que ni quiere ni le interesa, es el PSOE".
Exigieron los virreyes del PSOE restablecer el entendimiento con los sindicatos y clamaron por tener "un relato" con el que comparecer ante sus parroquias. Ambas cosas les ha dado Zapatero, pero ahora que las tienen se les acaba la misa y no han empezado el sermón. Parecen esperar a que también lo hagan el presidente y los sindicatos, mientras ellos tertulianean sobre el número de años que debería gobernar Zapatero –no ellos, entre los que han abundado los ejemplos cuasi vitalicios: 24 años de Ibarra en Extremadura, 21 de Bono en Castilla-La Mancha o 19 de Chaves en Andalucía–. Atendida su plegaria, ahora están en la ofrenda a los votantes y, a tenor de su actuación, muchos han concluido que no hay otra mejor que el trono del presidente, aunque quede desgarrado.

Un partido político es, o debiera ser, algo más que una maquinaria electoral, que un conjunto de personas que se agrupan para conquistar el poder o que unas élites que sostienen una guerra dialéctica permanente con las élites de la organización rival. A eso es a lo que se ven reducidos cuando sus dirigentes actúan como una oligarquía, sus afiliados no son militantes y sus militantes no son ciudadanos integrados activamente en el tejido social como boca y oídos. Un partido político no pasa de ser un instrumento, pero un auténtico partido político no es un instrumento para ganar elecciones sino para aglutinar la mayoría social en torno a unos valores, que es lo que produce las mayorías políticas.

La consolidación del PSOE como partido de Gobierno coincidió con un momento y un líder –Felipe González– que hicieron más fácil la identificación con el Partido Demócrata de EEUU que con los partidos socialdemócratas europeos. En la etapa de gloria de González y Guerra, hasta que el proyecto se agotó y el tándem se rompió, el PSOE consiguió ser una maquinaria electoral casi perfecta, no exenta de atractivo ideológico.

El fulgurante progreso de España en el último cuarto del siglo XX y la universalización de los tres grandes pilares del Estado de bienestar –sanidad, educación y pensiones– hicieron creer que las clases sociales habían desaparecido. Esta presunción se generalizó en tal medida que hasta el estallido de la crisis resultaba difícil encontrar a un español que no se auto definiera como "clase media", tanto que los investigadores demoscópicos tuvieron que inventarse una nueva estratificación: media-alta, media-media y media-baja.

Ahora que nos hemos caído de los andamios y se redescubre que ni las clases sociales desaparecieron ni las ideologías han muerto, el Partido Socialista precisa de una adaptación urgente a los cambios porque se ha convertido en una organización en la que influyen más el territorio y el género que la clase social. Y cuando pesan más los repartos que las ideas, no puede extrañar que las circunstancias adversas produzcan abatimiento.

"Con su voto en contra"

Se acusa a José Luis Rodríguez Zapatero, con razón, de haber traicionado su programa electoral en materia económica. También Felipe González traicionó su programa cuando en 1986 integró definitivamente a España en la OTAN después de haber prometido la salida y, en contra de todos los pronósticos, el resultado no fue su muerte política sino su consolidación como líder imbatible para una década. Formular esta hipótesis en estos momentos, con todas las encuestas en contra, puede sonar a excéntrica exageración, pero la crisis económica podría acabar siendo la OTAN de Zapatero.

Entonces, como ha recordado José Andrés Torres Mora en este periódico (Cuando los políticos son un problema, 18/2/2011), Julián Santamaría, que fue director del Centro de Investigaciones Sociológicas en aquel momento histórico, bromeaba sobre la formulación de la pregunta del referéndum que hubiera dado un resultado más favorable a la posición defendida por el Gobierno: "¿Aceptaría que España permanezca en la OTAN, con su voto en contra?". Ahora, la pregunta podría reformularse así: "¿Aceptaría que Zapatero permanezca en la Presidencia del Gobierno, con su voto en contra?".

El lógico deseo ciudadano de castigar al Gobierno por la crisis choca con la alternativa. Mariano Rajoy no sólo es el candidato de un partido que se ha convertido en parte del problema con su electoralista enrocamiento en no echar una mano si no es al cuello de Zapatero. Además, ha dado alas a la berlusconización de la política española con su apoyo a alguien que, como el presidente valenciano, Francisco Camps, busca en las urnas la absolución que sólo pueden darle los tribunales de Justicia.
El final político de José Luis Rodríguez Zapatero todavía está por escribir.