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El árbitro

En estos tiempos fuera de quicio nada resulta más difícil que el control de los tiempos, sea en la vida civil o en la política, en la particular o en la profesional. Así pues, no cabe sorprenderse de que incluso quien, como José Luis Rodríguez Zapatero, llegó a hacer de ello una de sus virtudes principales, encuentre ahora dificultades para su adecuado manejo.

Tratados individualmente, los dirigentes socialistas confirman la teoría de que el PSOE es el partido que más se parece a España: diversos, plurales, tolerantes, sensatos... Pero observados en su conjunto, podría diagnosticarse que sufren una transitoria ofuscación cognitiva colectiva, resultado de la explosiva mezcla de ansiedad y ambiciones.
No hay, salvo en la ficción cinematográfica o literaria, ejemplo de que, en medio de una tormenta, la tripulación decida arrojar por la borda a su capitán, aunque sea con su consentimiento. Y esta es la imagen que evoca la forma en que se ha desquiciado el debate sucesorio en el PSOE.

El nudo sucesorio

Hay, sí, precedentes políticos en otros países. El más notable es el de la rebelión de los conservadores británicos contra Margaret Tahtcher, a la que su grupo parlamentario forzó a ceder la vara de mando a John Major, quien aún logró conservar el poder durante años.

Este es el ejemplo extremo que invocan algunos como fórmula más eficaz para evitar el vacío de liderazgo que produciría el anuncio de la retirada del presidente del Gobierno a un año vista de las próximas elecciones generales: la investidura parlamentaria del sucesor. Pero hay dos diferencias no menores. A diferencia de los conservadores británicos en 1990, los socialistas españoles de 2011 carecen de la mayoría parlamentaria necesaria para una operación de esas características y, al menos de momento, no hay rebelión contra Zapatero.

La mera formulación teórica de este modelo, aunque proceda del extrarradio de los centros de poder socialista y nadie la considere seriamente, es indicativa del extremo al que se ha llegado en el enredo sucesorio del PSOE, en el que, de tanto tirar, cada vez está más apretado el nudo. De seguir así, lo estará tanto que ya no se podrá desanudar, sino que habrá de cortarse para deshacerlo.
Hace tiempo que dejó de ser real el temor a que la competencia interna que entrañan per se las elecciones primarias se abriría de hecho al día siguiente de que Zapatero haga el anuncio de que se va. Es un hecho que la precampaña para las primarias se está solapando con la precampaña municipal y autonómica para los comicios del 22-M.

Algunos de los argumentos que se invocan para justificar que Zapatero posponga su anuncio, como que el PP pasaría a ningunear la figura del presidente del Gobierno y a exigir con redoblado denuedo la convocatoria de elecciones anticipadas, eran tan previsibles ayer como hace meses. El único factor auténticamente nuevo es la guerra en Libia y, si acaso, la división interna que cada vez aflora más.

Hace meses que podían formularse con tanto fundamento como ahora preguntas tales como: ¿A quién interpelará Rajoy los miércoles en el Congreso de los Diputados? ¿Acentuará el PP la presión para que se adelante la convocatoria de elecciones generales? ¿Forzarían los nacionalistas del PNV y de Coalición Canaria la caída de Zapatero cuando de él depende la materialización de los importantes acuerdos que para sus comunidades autónomas negociaron en el pacto de estabilidad parlamentaria?

El armazón del partido

A pesar de que han sido los barones los que más se han significado públicamente en pedir a Zapatero que anunciara su retirada antes de las elecciones del 22 de mayo y por más que ellos –o la mayoría– se han dejado envolver en las conspiraciones de moqueta, a medida que se aproxima la fecha en la que se decidirá su futuro y se mantiene sin despejar la incógnita del liderazgo, la actitud de los cuadros locales y autonómicos hacia Madrid, y hacia sus propios jefes territoriales, se refleja de forma cada vez más nítida en cuatro palabras: "No molesten, por favor". Son las mismas que podrían decir los millones de españoles que en 2008 votaron la opción de Gobierno encabezada por Zapatero –incluso los que no lo votaron– y no son militantes del PSOE.

En una organización como la socialista, ante unas elecciones como las del 22-M el papel del Comité Electoral Federal es más de apoyo que de liderazgo. Cada federación dispone de sus estructuras y equipos electorales, tiene decididas sus estrategias y hasta puestas en marcha sus campañas desde hace tiempo. Sus peticiones se reducen prácticamente al acompañamiento de algún miembro del Gobierno o dirigente nacional para salir en una foto que realce ante sus paisanos la influencia del candidato local. Pero el enredo sucesorio amenaza con velar la mejor de las fotos.

Los cuadros territoriales se juegan sus lentejas el 22-M y ellos constituyen el auténtico armazón del partido. Al fin y al cabo, las decisiones ni siquiera se adoptan en la Ejecutiva Federal. Para muestra, un botón. La mayoría de sus miembros no supo que se había planificado un macromitin en Vistalegre para el 2 de abril hasta que se hizo pública su cancelación.

Recelos internos

La Ejecutiva se fracturó hace tiempo en dos grupos, a los que separa no sólo una raya de poder, sino también de desconfianza. Por un lado están los miembros del núcleo duro, que no llegan a la decena y que tampoco constituyen un grupo homogéneo; y al otro lado de la puerta, en mayor o menor medida, está el resto de los 32 miembros de la dirección. Algo similar ocurre en el Gobierno.
Aunque en esta ocasión no lo haya buscado con premeditación, el balón ha vuelto a donde más le gusta jugarlo a José Luis Rodríguez Zapatero: todos recelando de todos y él de árbitro único.