Los días más felices

11 Sep 2011
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Rajoy ya saborea las mieles del poder sin soportar todavía el desgaste de tomar decisiones

Vive Mariano Rajoy, tenga o no conciencia de ello, sus días más felices, que no volverán. Tras casi ocho años en la sala de espera, por fin está a punto de convertirse en el inquilino del palacio de la Moncloa, del que nadie ha salido indemne, fuera de derechas o de izquierdas, de origen castellano, andaluz o leonés.

Son estos los días en los que el presidente del PP, por fin, se siente por dentro y es tratado por fuera como el hombre del momento. Aquellos en los que la disidencia con su forma de interpretar el liderazgo se difumina para cerrar filas detrás de quien puede colmar las ambiciones de poder de la derecha. Los días en los que amigos y enemigos se afanan por consolidar o granjearse la simpatía de quien ya es considerado presidente in péctore, a la espera de ser tenidos en cuenta en el reparto del botín político. Aquellos en los que aún puede vivir de la crítica sin tener que soportar el desgaste de decidir.

Pero la cuenta atrás de esos días ya ha comenzado. Arrancó en el preciso instante en el que Rajoy empezó a experimentar esa suerte de estado nirvánico, aunque él no escuchará el tictac hasta que José Luis Rodríguez Zapatero le traspase la clave de la caja fuerte de la Presidencia del Gobierno y la cambie por la suya.

A partir de ese momento, se acumularán los problemas sobre la mesa, sonará el teléfono exigiendo decisiones inmediatas, empezará a confeccionarse la lista de los agraviados que no obtuvieron los nombramientos que esperaban… Descubrirá Rajoy que en la cima de la cumbre hay mucha soledad y queda poco poder.

“Las elecciones de Almunia”

Mientras que la derecha saborea sus momentos más dulces, en los que no dejan mancha ni siquiera borrones tan sonados como el de Esteban González Pons al pretender que el PP tiene una varita mágica para crear 3,5 millones de empleos, los socialistas transitan el amargo momento de desalojar la cumbre procurando no despeñarse en el descenso y, en el camino, van arañándose con cuanto encuentran a su paso.

Sostiene el discurso oficial del PSOE que la situación es muy difícil para sus expectativas electorales, pero que todavía hay partido y el resultado final está por decidir. La estrategia socialista pasa por el contraste entre las cualidades de Rubalcaba y las de Rajoy, el regreso a las esencias socialdemócratas en su programa electoral y la agitación del temor a la acumulación de prácticamente todo el poder institucional en manos de un solo partido, que ya demostró un perfil autoritario cuando José María Aznar alcanzó la mayoría absoluta y pudo prescindir del contrapeso de los nacionalistas.

Pero la doctrina oficial apenas sirve para encubrir el abatimiento instalado en las filas socialistas. Los más realistas, o quienes no tienen la obligación de mantener el tipo, lo reconocen abiertamente: “Estamos en las elecciones de Almunia”. Fueron aquellas en el año 2000, cuando el PP se disparó a 183 escaños y el PSOE se hundió hasta los 125, el peor de sus resultados si se exceptúan las dos primeras convocatorias democráticas -118 en 1977 y 121 en 1979-. Es decir: una representación por debajo de 130 diputados, un cálculo que implica la mayoría absoluta para el PP. Y, para mayor depresión, los socialistas aún verán mucho más mermadas sus fuerzas en el Senado, lo que les privará de la posibilidad de, al menos, estorbar desde la Cámara Alta, como ha podido hacer el PP durante las dos legislaturas de Zapatero.

Minimizar daños

Siendo este el horizonte que se vislumbra a la vuelta de la esquina, Alfredo Pérez Rubalcaba se afana por minimizar los daños para poder obtener un resultado suficiente que le permita hacerse definitivamente con el control del partido e intentar la reconquista del poder en una legislatura, en la esperanza de que se cumpla una hipótesis compartida por expertos económicos de la derecha: la crisis es de tal magnitud, y en muchos aspectos tan inédita, que en vez de llevarse a un Gobierno por delante es probable que tumbe a dos, el actual y el que venga detrás.

Mientras que el candidato recorre España con la nueva prédica socialista, Marcelino Iglesias, en su último servicio como secretario de Organización, trabaja discretamente para evitar que estalle a destiempo la guerra interna que todo el mundo sabe que se desatará el 21 de noviembre.

Y José Luis Rodríguez Zapatero, aunque los suyos quieren que se deje ver lo menos posible, procura que el barco no se desarbole por completo en plena intersección del tsunami con el cambio de tripulación. Por si había alguna duda sobre su actitud, Iglesias se la confirmó el miércoles a los coordinadores electorales, durante la reunión a la que fueron convocados por la directora de campaña, Elena Valenciano: “Cada vez que le consulto algo al presidente, la respuesta es la misma: ‘Lo que diga Alfredo”.

El fantasma de Grecia

Entre tanto, el caballo de la crisis que cabalgan los mercados sigue desbocado con un galope espasmódico.

Lo negará cuantas veces quiera José Luis Rodríguez Zapatero, pero si adelantó las elecciones al 20 de noviembre -y el anuncio mismo a julio- fue porque para entonces ya había tenido, como presidente del Gobierno y como secretario general del PSOE, que tragarse demasiada bilis. Y otro tanto ocurrió con la reforma de la Constitución para incluir el principio de estabilidad presupuestaria, aunque con ella le hiciera un siete al traje del candidato de un partido -el suyo- que se postula con la divisa de “escuchar” y, al mismo tiempo, rechaza que los ciudadanos se pronuncien en referéndum sobre la modificación de su ley de leyes.

El fantasma de Grecia sigue haciendo sonar sus cadenas por el sur de Europa y se paseó a la luz del día a finales de agosto, cuando en los círculos de poder gubernamental se evaluó la situación como de “excepcionalidad” y “extrema gravedad”. Hasta el “cueste lo que me cueste” que ha guiado la actuación del presidente en el último tramo de su mandato tiene un límite.

Si la Unión Europea tiene que intervenir a España, que se la intervengan a Rajoy. Zapatero dixit, aunque es posible que nunca haya pronunciado la literalidad de esas palabras.