Cuatro escenarios para una derrota

Los socialistas se preparan para un resultado que los deje entre 120 y 140 escaños en el Congreso

Hasta cuatro escenarios distintos para el 20-N manejan aquellos dirigentes del PSOE que, por la posición que ocupan o por su intangible condición de referentes, saben de antemano que, en mayor o menor medida, les tocará lidiar con el día después. Huelga decir, porque hace ya tiempo que dejó de ser noticiable aunque a la postre sea el dato más relevante, que ninguno de esos escenarios prevé la victoria electoral.

El más halagüeño sitúa a Alfredo Pérez Rubalcaba al frente de un grupo parlamentario con alrededor de 140 diputados. Si salva este listón, el candidato se convertirá, de forma prácticamente automática y por virtual aclamación, en el nuevo secretario general del PSOE, completando así el círculo virtuoso de la sucesión diseñada en las entrecajas del poder socialista, aunque los renglones rectos pensados por José Luis Rodríguez Zapatero acabaran más bien torcidos.

Con esa fuerza parlamentaria se considera posible ejercer la oposición de forma suficientemente activa y eficaz como para albergar con algún fundamento la expectativa de que la crisis, que no está perdonando a nadie en ningún sitio, se lleve por delante también a su segundo Gobierno en España.

El marco de la incertidumbre

La marca siguiente, que dejaría reducida la representación del PSOE a una horquilla de entre 130 y 140 diputados (169 en 2008), crearía un entorno para la incertidumbre y la competencia. Cuanto más cerca de 140 se sitúe el resultado, más opciones tendrá Rubalcaba de hacerse con el gobierno de la oposición, el otro poder que se pone en juego el 20-N. Cuanto más se acerque el resultado a 130, más posibilidades habrá de que surjan opciones alternativas de liderazgo dentro del PSOE.

Por debajo de 130 escaños, el pronóstico es de guerra abierta, con las hostilidades estallando el 21-N y la posibilidad sobre la mesa de tener que convocar al día siguiente de las elecciones generales el 38 Congreso del PSOE, del que habrá de surgir el sucesor de Zapatero. La cota que simboliza el desastre sin paliativos se ha establecido en los 125 escaños obtenidos en 2000, con Joaquín Almunia como candidato de circunstancias tras la dimisión de Josep Borrell y con todos los notables del partido mirando para otro lado. Pero todo es susceptible de empeorar.

La cifra que en las dos últimas semanas circula de boca en boca entre los socialistas es: 120. Y con ella aparece otra referencia histórica: el peor resultado del PSOE desde el restablecimiento de la democracia se produjo en las primeras elecciones tras la muerte de Franco, cuando se quedó con 118 votos en el Congreso. Entonces, el PSOE tuvo que refundarse ideológicamente y modernizar su funcionamiento. El temor a la catarsis, aunque se reconozca que puede ser tan imprescindible como inevitable, acongoja a los que aún guardan memoria porque saben que la travesía del desierto puede ser muy larga y muy dura. El pronóstico para este escenario es de cuchillos largos.

El reparto territorial del voto

Así las cosas, y con la práctica totalidad de los barones demediados, no sólo será importante el cómputo global de diputados (el pronóstico es aún más desolador en la Cámara Alta, donde se calcula que la representación socialista puede verse menguada hasta 60-70 senadores, incluidos aquellos que lo son por designación de los parlamentos autonómicos). En la actual coyuntura del PSOE, cobrará especial relevancia la distribución territorial de los resultados. No podrá José Antonio Griñán llamarse a andana si su partido pierde la primacía en Andalucía, aunque las elecciones en las que él se presenta no se celebren hasta la primavera. No podrá ignorar el PSOE la consistencia del PSC si Catalunya, con Carme Chacón como cartel por Barcelona, resultara ser la única comunidad autónoma donde los socialistas logran ganar al PP. No podrá Patxi López permanecer impasible ante los cantos de sirena procedentes de Madrid si el PSE logra resistir en Euskadi. Y, si se consuma la derrota, mientras se dilucidan las opciones seguramente tendrá que volver a salir Zapatero del ángulo ciego del PSOE en el que está ahora.

Los socialistas aún confían en que la campaña consiga despertar a su electorado ante los peligros que acechan a lo que queda del Estado del bienestar. El programa electoral aprobado ayer por el Comité Federal es una declaración en toda regla de cortejo a la izquierda más indignada y también a la que aún ve posible cambiar las cosas sin cambiar el signo del Gobierno. Pero la posibilidad de dar la vuelta a las encuestas es una esperanza más basada en el deseo, en la nostalgia si se quiere, que en los datos. Pasado el efecto evanescente de la novedad, Rubalcaba no logra recortar la distancia con el PP y el pesimismo emana a borbotones de los cuadros socialistas, con acreditada propensión a abandonarse en brazos del líder de turno.

Un despido «objetivo»

Autoexcluidos y meritorios son dos categorías de políticos que se multiplican en tiempos electorales como los presentes. Son el espejo de las expectativas de poder de sus partidos. A menos expectativas, más autoexcluidos: aquellos que se niegan a ver relegados sus nombres en la ristra de candidatos hasta posiciones de difícil o imposible elección. A más expectativas, más meritorios: aquellos que se postulan para que su nombre figure con letra impresa en cualquier puesto, por retrasado que parezca, en la confianza de que, alcanzado el poder, la lista de espera correrá por gracia de los nombramientos en la Administración. En el PSOE han proliferado los primeros y en el PP, los segundos.

Los socialistas han interiorizado que lo suyo será un «despido por causas objetivas» y los conservadores han asumido que ha llegado su turno. La única incertidumbre es la profundidad de la derrota y la dimensión de la victoria. Pero en un tiempo en que la certeza es la excepción, lo único que no puede olvidar el PSOE ni por un momento, so pena de convertirse en marginal, es que es un partido con vocación histórica de representar a la mayoría social.