Teatro de sombras

Generosidad y cicatería son las dos caras –en el vértice está la ecuanimidad– de uno de los rasgos del temperamento que más diferencian a los individuos de la especie humana: la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de reconocer el mérito ajeno, de anteponer el interés colectivo al individual. Y en el teatro de sombras que es toda campaña electoral, cuanto más se empeñan propios –por estrategia electoral– y ajenos –por mezquindad– en arrumbar a José Luis Rodríguez Zapatero en el ángulo ciego del escenario al que lo llevó la crisis, más se fortalece su sombra.

Cuando ya parecía irremisiblemente condenado al estigma presidencial de salir del palacio de la Moncloa por la puerta de atrás, llegó el comunicado de ETA anunciando la decisión de poner término a más de medio siglo de terror, un anacronismo insoportable en la Europa de comienzos del siglo XXI. La noticia más largamente esperada en España –la dictadura de Franco duró 36 años– no hará cambiar la puerta de atrás por la principal, pero al menos permite a Zapatero que, salga por donde salga, pueda hacerlo con la cabeza alta, habiendo conseguido la paz sin “traicionar a los muertos”, como con ignominia le imputó Mariano Rajoy cuando el PP aún veía muy lejos el poder y no le importaba que todo fuera tierra quemada.

El alma política

La sombra representa, en casi todas las culturas, el alma. El alma política de Zapatero tiene mucho que ver con el anuncio de ETA porque, cuando puso en marcha el proceso de paz, era plenamente consciente de que el envite se lo podía llevar por delante. De su letra y de su tenacidad política nació el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo, al que el PP no fue enteramente leal ni siquiera mientras le convino como partido gobernante, pues ya entonces jugó en su beneficio con la ventaja de la responsabilidad ajena –en la primavera de 2002, Zapatero se enteró por la Prensa del propósito de José María Aznar de reformar la Ley de Partidos para ilegalizar a Batasuna–.

De su concepción de que la política existe para conquistar el futuro, y no sólo para gestionar el presente, nació el proceso que ETA dinamitó en diciembre de 2006, escribiendo con sangre el principio de su final. Y sólo su talante personal explica que, en vez de quemar a quienes le transmitieron la información, se quemara él por haber pronunciado la frase que hasta el jueves de la semana pasada arrastró como el sambenito de un ingenuo insolvente: aquello, dicho en la víspera del atentado de la T-4, de que el fin del terrorismo estaba “más cerca que nunca”. Y lo estaba, aunque la serpiente aún no hubiera dado su último coletazo mortal.

Pero no se trata sólo de ETA. Más allá del juicio que merezcan en sí mismas, decisiones como la reforma de la Constitución para consagrar el pago de la deuda como prioridad, la participación en el escudo antimisiles de Obama o el pie en pared que puso frente a algunos de los suyos para impedir la vuelta atrás en la liberación de RTVE de las servidumbres partidistas, lo sitúan en la dimensión del gobernante que tuvo los arrestos necesarios para anteponer su visión del interés general, tanto si ha sido atinada como si fue errónea, sobre los intereses de su partido.

Los suyos debieran, además, agradecerle que si la derecha lo demonizó desde el primer día fue porque, en mayor o menor medida, tocó todos sus tabúes: la memoria histórica, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto sin necesidad de acogerse a unos supuestos predeterminados, el machismo en todas sus vertientes –desde los permisos de paternidad hasta la violencia de género–. Y, al margen de las afinidades ideológicas, la sociedad en su conjunto debería reconocerle que, con todas las limitaciones que ha tenido en su implantación y desarrollo, creó el derecho a una ayuda para los dependientes, con lo que demostró sensibilidad no sólo hacia las injusticias del pasado y las necesidades del presente, sino también una visión solidaria de la sociedad que está en ciernes.

El desafío

Sin duda, la parte negativa más incuestionable tiene que ver con la gestión de la crisis económica, que se circunscribe a la segunda legislatura. Se le reprocha, con razón, su renuencia a reconocer la entidad de la crisis, primero; y después, sus cambios de terapia, sin la adecuada explicación, hasta acabar hincando la rodilla frente a los mercados. Pero ¿qué han hecho Obama, Merkel, Sarkozy, Papandreu y demás? ¿Acaso tiene España potencial suficiente para marcar el paso a sus socios europeos? Pudo Zapatero, al menos, haber intentado marcar un paso distinto para la socialdemocracia europea, pero el desafío le superó porque –y este ha sido, seguramente, su mayor error– se ensimismó en su baraka, evisceró el debate de las ideas y asfixió toda deliberación colectiva.

Aun así, ahora que Rajoy se ofrece para recrear el milagro Aznar, no es baladí recordar que en la España de la primera legislatura de Zapatero se crearon tres millones de nuevos empleos, más que en Alemania, Francia, Reino Unido e Italia juntas. Superó con creces el listón de los dos millones de empleos que Rajoy le había puesto en el debate de investidura para valorar su gestión y, además, logró que hubiera superávit fiscal en cada uno de los cuatro ejercicios.
Cuenta una leyenda china que el origen del teatro de sombras se remonta a la muerte de la esposa del emperador Wu-Ti, al que sólo pudo reanimarse haciendo revivir para él a su amada en una tela tendida entre dos postes. Un día, el emperador tiró de la tela y descubrió el montaje. Existen dos versiones del final: la primera habla de la decapitación de los marionetistas y la segunda, del emperador rendido al arte titiritero. El soberano es el pueblo y el tiempo –dicen– pone a cada uno en su sitio.