200.000

Recuerdan los 200.000 militantes del PSOE en su actual coyuntura a los
300 guerreros espartanos que acompañaron al rey Leónidas en su lucha
a muerte contra el Ejército persa de Jerjes, según la recreación cinematográfica de la batalla de las Termópilas. Pero si el número de aquellos combatientes de leyenda fue bastante superior al elegido para dar nombre a la puesta en escena de una libérrima adaptación de los relatos de Heródoto sobre las Guerras Médicas, los 200.000 del PSOE pueden inducir al olvido de que a esta cifra se ha llegado previa deserción de otros 200.000. Y, en este caso, casi tanto como los que se han quedado, pesan los que se fueron. O más.

Su censo es de 623.455 afiliados, distribuidos en 405.762 simpatizantes y 216.952 “militantes cotizantes”, pero el derecho a participar en las decisiones de su 38º Congreso sólo es reconocido a estos últimos, si bien el voto final únicamente lo tendrán 956 delegados.

La versión oficial reconoce una pérdida de 20.000 militantes desde el anterior congreso, celebrado en julio de 2008, que se achaca “principalmente a causas económicas”, ya que el impago de las cuotas es la causa más habitual de pérdida de esa condición. Pero, teniendo en cuenta que esa contribución es de 5 euros mensuales y que se pasa al cobro semestralmente, cabe una duda razonable sobre si los apuros económicos son la causa de fondo de tamaña sangría de capital humano. [El PP declara más de 700.000 afiliados, pero sin establecer distinción alguna entre quienes pagan cuota y quienes no, por la sencilla razón de que la aportación que exige es «la voluntad».]

Asfixia económica

Cierto es que esa aportación, aunque sea de menor cuantía, puede resultar muy importante para hacer frente a una coyuntura en la que el PP está asfixiando a muchas agrupaciones locales del PSOE a base de negar o retrasar la financiación para los grupos municipales de la oposición con el argumento universal del ajuste presupuestario. Cierto es también que el número de militantes es importante como referencia de implantación social, pero igualmente es cierto que muchos simpatizantes demuestran un compromiso cotidiano más intenso que otros que lo limitan a la tenencia de un carnet y a la espera de las prebendas que se esperan de la pertenencia a un club con reserva del derecho de admisión.

Jóvenes cuarentones

La depuración del censo de militantes, utilizado históricamente como un instrumento más en las luchas de poder –a más militantes, más delegados en los congresos–, fue una de las primeras decisiones impulsadas por José Blanco cuando en 2000 asumió la Secretaría de Organización. Un año después, los morosos pasaron a ser catalogados como simpatizantes, al tiempo que se despojó a las federaciones del control de este padrón, que pasó a depender directamente de la dirección federal. Aquella limpieza estableció el número «real» de militantes en 280.000.

Pero el comienzo de la hemorragia era muy anterior a este ejercicio de transparencia. Lo demuestra el hecho de que la inflación del censo fue aflorada por las primarias de 1988 –las primeras y únicas para la presidencia del Gobierno que se han celebrado–,en las que Joaquín Almunia y José Borrell compitieron por la candidatura electoral. Entonces se utilizó un registro oficial de 382.462 militantes, pero de forma tan sorprendente como sospechosa sólo participaron en las votaciones 207.774. Y, a pesar de eso, para el 35º Congreso la cifra se elevó hasta 411.343 militantes.

Siendo importante el número, al observar la radiografía de la militancia socialista resulta mucho más relevante su curva demográfica, el dato realmente inquietante para el PSOE: el 20% de esos 200.000 espartanos tiene más de 65 años, mientras que no alcanzan a representar el 7% los menores de 30. La evidencia es tan irrefutable que basta con acudir a alguno de sus mítines para comprobar que los jóvenes del PSOE son cuarentones y la media de edad de sus militantes se sitúa entre los 50 y los 60 años. Eso por no hablar de la distribución por sexos: sólo el 34,9% son mujeres.

El vaciado

Aunque ahora quiera presentarse como otro efecto pernicioso de la etapa de Zapatero, la pérdida de militantes se remonta a comienzos de los noventa, cuando la confirmación del PSOE como un partido institucional y la normalización democrática apagaron el fervor por el activismo político que eclosionó tras la muerte de Franco. La militancia perdió sentido porque toda la actividad pasó a concentrarse en las esferas del poder –estatal, regional o local– y, vaciado el partido de sus cuadros mejor preparados, proliferó la recluta entre los llamados independientes para satisfacer las necesidades derivadas del ejercicio continuado del poder –el PSOE ha gobernado 21 de los 35 años del periodo democrático–.

Las enmiendas presentadas a la ponencia marco anticipan que en el 38º Congreso habrá un intenso debate sobre las cuestiones de organización. En total, duplican el número de las presentadas en el anterior cónclave, tras la segunda victoria electoral de Zapatero. Que así sea es indicativo del deseo de las bases
–las que dan la cara todo los días– de tener una mayor participación y de profundizar en su democracia interna, tan imperfecta como a años luz de la que rige la vida interna del PP. Pero los dirigentes asisten con sensación de vértigo a la posible adopción de unos procedimientos que debilitan el clientelismo.

Ya en tiempos de Felipe González se promovieron las agrupaciones sectoriales para facilitar la
incorporación de savia nueva, pero el intento fracasó porque volvió a imponerse la estructura territorial. Ahora el riesgo es mayor, porque el PSOE es un partido en riesgo severo de descomposición por aluminosis. Tres son las características que, según su carnet, definen a los militantes socialistas: “libres, honrados e inteligentes”. Pues eso.