Opinión · La realidad y el deseo

Mi no a la guerra

La intervención militar en Libia ha provocado diversas reacciones dentro de la izquierda. Dejando a un lado la demagogia de la derecha mediática, que no pierde ocasión para desprestigiar a los intelectuales que mantienen una conciencia crítica frente a las consignas neoliberales, es verdad que en esta ocasión no hay una respuesta tan clara e inmediata como la que se produjo ante la invasión de Irak. ¿Son raras las dudas de hoy? Confieso que, por el contrario, me resultan envidiables y extrañas las posturas que derraman seguridad en sí mismas. Estamos envueltos en una situación compleja en la que no hay decisión que evite el malestar.

Mi no a la guerra está lleno de angustia. Comparto argumentos tanto para justificar la intervención como para criticarla. Asumir esta contradicción, esta complejidad, es más honrado que ofrecer una opinión compacta. La duda es lo que mejor nos sitúa ante la realidad actual de la izquierda en política internacional. Y cuando hay vidas humanas en juego, la honradez en la opinión es un requisito imperioso. Más que esgrimir seguridades, prefiero confesar que estoy lleno de sentimientos cuarteados.

Seamos sinceros. La intervención en Libia no es comparable a la invasión de Irak declarada al margen del derecho internacional por el trío de las Azores. Hemos vivido en el Norte de África una experiencia cívica imprevista que merece todo nuestro respeto democrático. La población civil plantó su rebeldía en la calle para expulsar a los dictadores en Egipto y Túnez. En Libia ocurrió lo mismo, pero Gadafi, en vez de abandonar el trono, decidió utilizar las armas para masacrar a la población. Abandonar a los rebeldes libios es duro, por su propia suerte y porque un dictador cruel y victorioso es un mal ejemplo para todos los movimientos de liberación que puedan darse en la zona. Si quedaba alguna duda, el propio Gadafi conmovió nuestra memoria al declarar que pensaba entrar en Bengasi como Franco en Madrid. Las democracias europeas abandonaron a la República española en manos del fascismo.

Claro que aquel abandono no se produjo por una indecisión ética, sino por intereses políticos bien estudiados. Los ingleses querían controlar la situación al término de la Guerra Civil, y Franco traicionó a Hitler no porque se aprovechara de la ceguera democrática, sino porque le convino aceptar un plan cínico trazado por los ingleses. Desde el punto de vista de las componendas internacionales, tampoco faltan razones para plantearnos la escabrosa legitimidad de la intervención militar en Libia. ¿Por qué intervenir allí, cuando hay en el mundo tantas situaciones de represión admitida y tantos tiranos que masacran a su población? ¿Por qué cumplir con celo una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, si hemos cerrado los ojos a los incumplimientos, por ejemplo, de Israel o de Marruecos? ¿Qué lógica tiene armar a un dictador y ofrecerle amistad, para después convertirlo en un peligroso enemigo? ¿Por qué se le cerró desde el principio la posibilidad de que abandonase su país sin temor a una condena? ¿Por qué no se han utilizado mejor otras vías de presión diplomática? ¿Qué legitimidad tienen países que no aceptan la Corte Penal Internacional? ¿Cómo creer en las intervenciones militares en defensa de los derechos humanos después de los espectáculos que hemos visto en Irak o en Afganistán?

Demasiadas preguntas. Y hay más: ¿negarse a esta intervención paraliza un posible cambio democrático de la política internacional? Ninguna respuesta es cómoda en una situación sin salida. La verdad resulta contradictoria: ni es justo permitir las tropelías de un dictador, ni estamos legitimados para protagonizar operaciones bélicas en nombre de la democracia. ¿Se intenta detener a un dictador o se procura controlar con eufemismos las revueltas del Norte de África en favor de los intereses occidentales?

Como tampoco quiero instalarme en el ámbito moral de las manos limpias, tomo mi decisión y me mancho: ¡No a la guerra! Pero lo hago dividido. Mi única certeza es que debemos ponernos a trabajar en busca de un nuevo contrato social en el que sea legítima la intervención internacional contra los dictadores. Hoy, por desgracia, no tenemos esa legitimidad. Sólo tenemos armas.