La realidad y el deseo

Un pensamiento republicano

El día 14 de abril, en el calendario sentimental de la izquierda, se conmemora la dignificación de la política. La proclamación de la Segunda República española significó una victoria de la soberanía civil. Después del golpe de Estado de Manuel Pavía y de la derrota de la Primera República, la restauración monárquica había supuesto una inercia de falsa democracia en la que el turno de partidos, al servicio de los poderes reales, provocó una separación tajante de la España real y la España oficial. La política quedó así desprestigiada. Su pérdida de utilidad fue denunciada una y otra vez por los pensadores que intentaban regenerar la sociedad. La educación, el rigor profesional, la modernización científica aparecieron como recetas alternativas a una farsa política hueca.

Dentro del movimiento obrero, despreciando también la importancia de las formas políticas de Gobierno, surgieron con frecuencia voces que restaban valor a los propósitos republicanos, porque había otros objetivos prioritarios relacionados con su propia revolución. Pero sólo cuando se produjo la convergencia entre el ideal democrático republicano y la aspiración socialista, fue posible la energía cívica que se plasmó en la Segunda República. El pensamiento republicano representó una ilusión de progreso social basado en la democratización de la economía, la defensa de los espacios públicos, la fe en la educación no clasista como un derecho universal y el respeto a todas las conciencias individuales dentro de un Estado laico. La monarquía no era más que una metáfora. Representaba la marginación real de los ciudadanos a la hora de tomar decisiones que afectasen a la organización de una sociedad sometida al poder de los caciques. Por eso la República de 1931 significó la reivindicación de la soberanía civil y la dignificación de la política.

Desde este punto de vista, la oportunidad de celebrar el 14 de abril en el año 2011 tiene más que ver con el presente y el porvenir que con el pasado. Al pensamiento republicano no puede pasarle desapercibida la pérdida de soberanía civil que están imponiendo los nuevos caciques de una economía no democrática. La impunidad del capitalismo especulativo, que se olvida de la dimensión humana y social del trabajo en nombre de las cuentas de beneficios y que se permite el lujo de provocar despidos masivos en empresas de ganancias muy altas, también está significando la degradación radical de la palabra democracia. Es el problema principal que afecta hoy a la nueva realidad europea.

Pero cada país tiene su historia y España es un país muy raro. Si la celebración del 14 de abril respira aún una carga necesaria de melancolía es porque quedan en el pasado muchos malentendidos que resolver. La Transición a la democracia tuvo dos pecados originales, impuestos por los poderes más reaccionarios, que han dejado una huella política y ética. Por una parte, una ley electoral calculada para fomentar un bipartidismo parlamentario, jurídico y mediático, que a la larga se ha convertido en una de las causas de la corrupción y el descrédito actual de la política. Vuelve a haber, con nuevas características europeas, una separación tajante entre la España real y la España oficial. Por otra parte, también ha marcado el desarrollo de la democracia el hecho de que fuese el propio dictador quien nombrase a su heredero. Cada cual puede darle a esto la importancia que estime oportuna, pero lo que es innegable es que ese carácter sucesorio ha condicionado la interpretación de nuestro pasado. Los malentendidos sobre la República, la manipulación que supone relacionar la Guerra Civil con ella en vez de con un Ejército golpista, el desamparo oficial que todavía sufren muchas víctimas del franquismo y el intento de crear equidistancias entre un Gobierno legítimo y un levantamiento militar, nacen del intento de suavizar una realidad coronada de brumas.

Por eso el 14 de abril supone todavía una fecha contra el olvido. Pero lo importante para el pensamiento republicano es el porvenir. Se trata de reivindicar de nuevo la soberanía civil. Como cada país tiene su historia, es bueno recordar la nuestra. Necesitamos una corriente participativa de energía democrática que nos ayude a combatir a los caciques de hoy.