La realidad y el deseo

El futuro no está escrito

Debió de ser en 1966. Es el primer recuerdo claro que tengo del viejo estadio de los Cármenes, el campo del Granada Club de Fútbol. Mi padre me llevó a ver un partido contra el Real Madrid. Y no era un Madrid cualquiera, porque el aire ye-yé y la sexta Copa de Europa habían llegado de la mano de Gento, Amancio, Velázquez, Grosso, Sanchís, Pirri y el portero Antonio Betancort. El campo estaba a rebosar, dominado por una ilusión colectiva muy agitada y vociferante, capaz de enfrentarse a toda una potencia internacional y al cielo gris de una mala tarde de octubre. El Granada tenía también un gran portero, Ñito, que acababa de llegar del Valencia. Pero Ñito se había ganado ya una merecida fama de loco. Era capaz de salir jugando el balón hasta el área contraria, mientras que Betancort ejemplificaba la sobriedad y la certeza. En la temporada anterior, había sido premio Zamora al portero menos goleado.

Con el marcador a cero, mediado el segundo tiempo, una buena jugada dejó a un interior del Granada, el inolvidable Almagro, solo delante de la puerta de Betancort y en posición de disparar. Con mis años y mi estatura, yo no pude ver el final. El campo entero se puso de pie con la urgencia emocionada del peligro, rodeándome de gabardinas, cuerpos gigantes y oscuridades. Encerrado en la ilusión y la impotencia, tuve que esperar al desenlace de los gritos. Una parte de mi forma de ser empezó a forjarse en aquellos instantes. Tengo paciencia, soy más partidario de escuchar que de hablar y me gusta distinguir el significado de los gritos, convencido de que no es lo mismo acabar en el ¡uy! que cantar un ¡gol! El destino juega bromas pesadas, pero una tarea decisiva de la lucha humana ante el destino consiste en aprovechar las ocasiones que pasan por delante de una meta.

Sé bien que hay cosas mucho más importantes que el fútbol. Eduardo Galeano ha escrito que el fútbol es la cosa más importante entre las cosas sin importancia. Y tiene razón, porque este deporte masivo, fullero y descompensado, hay que escribirlo con las minúsculas del pudor cuando se compara con los dramas de la historia. La enfermedad, el hambre, la explotación, la injusticia, la humillación laboral, la

corrupción, los altares, los tronos y la avaricia desmedida de los poderosos, forman el equipo real de un sistema de juego contra el que es necesario pelear, seguir peleando, aunque parezca imposible una alternativa, un contraataque, un gol. Pero los que somos futboleros, los que encerramos el mar en un vaso de agua, hemos recibido grandes lecciones apresuradas sobre el valor de la ilusión, lo imprevisible de los resultados y la suerte que supone una alegría compartida.

Como un niño al que rodean los abrigos y la gabardina de los mayores, me he pasado la vida imaginando la proclamación de la Tercera República, y una política al servicio de los ciudadanos, y leyes contra la especulación de los mercados financieros, y la inmediata prohibición de los negocios de la guerra, y una decidida solidaridad internacional que termine con el hambre y las desigualdades en el mundo, y unos gobiernos dispuestos a detener la destrucción del planeta y el afán contable del capitalismo devorador, y una vida cotidiana que no se acomode al paro, los contratos precarios, los sueldos miserables y el no me protestes porque te dejo sin trabajo. Son ilusiones, pero las vivo con realismo. Sé que no es lo mismo gritar ¡uy! que cantar un ¡gol!

Cuento todo esto porque sé que el futuro no está escrito. El Granada Club de Fútbol bajó a Segunda División en 1976. Una mala racha de gestiones directivas, pésimos resultados y deudas, despeñó luego al equipo por los sótanos de la Segunda B y la Tercera. Cuando los periodistas deportivos dejaron de hablar del Granada en las tardes de domingo, había que navegar por internet para enterarse de sus resultados en los campos más perdidos de Andalucía. Y de pronto todo empezó a subir de forma vertiginosa. En 2006, a Segunda B; en 2010 a Segunda, y ahora, en 2011, a Primera. Atención: el Granada está de nuevo en Primera. Es un aviso para el Barcelona, el Real Madrid, el rey, los políticos corruptos, la banca, los especuladores y los poderes financieros. Ah, y Almagro también coló aquel gol en 1966.