Opinión · La realidad y el deseo

Los lectores y sus libros

Las ferias del libro mezclan la literatura pública con las historias privadas. Por eso pertenecen sobre todo a los lectores que piden una firma y hablan de sus recuerdos. Conviene no desatender el valor simbólico de estos testimonios, que convierten en páginas de vida propia las palabras de unos autores afortunados.

Mi padre tenía la costumbre de leer en alto sus poemas preferidos. Con voz teatral, dramatizaba los tonos y las sílabas para crear efectos sentimentales en sus hijos. Le oigo todavía recitar la Canción del pirata, de Espronceda, y juro que le obedecían las nieblas, las banderas negras y los vientos. Daban ganas de ser pirata. Una tarde de verano, mientras rompía un castigo y saltaba por la ventana de mi cuarto para irme con la pandilla a jugar en las alamedas del río Genil, comprendí con exactitud lo que significaba romper el yugo del esclavo. Mi padre había creado efectos con su voz para que yo me pusiera en el lugar de Espronceda. Era un camino de vuelta, porque navegaba de regreso por las mismas aguas imaginarias que Espronceda había utilizado para ponerse en el lugar de su pirata. El caso es que gracias al nervio sonoro y libre de los versos aprendí el significado de la rebeldía y otras muchas cosas sobre el poder noble del amor y las cadenas humillantes del miedo.

También aprendí a quedarme suspendido en un argumento. Cuando veo a mis hijas zapear con el mando de la televisión, huir de un canal a otro, suelo ponerme nervioso, porque desde niño me acostumbré a quedarme atrapado en los argumentos. Sé que las cosas tienen un planteamiento, un nudo y un desenlace. Entrar en un argumento es hacerse responsable de su final, admitir la parte de la historia que nos toca más allá de cada instante. Me resulta imposible dejar a nadie con la palabra en la boca.

La soledad habitada de los lectores esconde una paradoja. La lectura es el ejercicio que nos ayuda a conocernos a nosotros mismos cuando nos ponemos en el lugar de los otros. El arte de la poesía, como escribió Borges, nos ofrece el espejo en el que descubrimos nuestro propio rostro. El autor aprende mucho de sí mismo al ordenar sus pasiones e imaginar la butaca ocupada por su lector ideal. Y el lector de carne y hueso convierte en vida la lectura cuando se apropia de la exaltación, las melancolías, las heridas o las indignaciones que cuentan las historias.

Hay que ser muy reaccionario para negar la importancia de las nuevas tecnologías. Pero hay que ser muy imprudente para no advertir los peligros de la tecnología como definición única del progreso. Deberíamos tomarnos más en serio el sentido profundo de la lectura, porque en él se encierra la razón última del contrato social moderno. Aprendemos a borrar parte de nuestra identidad para vivir en el espacio público de los libros, que nos ayudan a conocernos a nosotros mismos cuando vivimos las historias de los otros. Somos ciudadanos gracias a un mecanismo muy parecido al que nos hace enamorarnos de Fortunata o despreciar a Juanito Santa Cruz en la novela de Galdós. Borramos un poco nuestra identidad sin renunciar a ser nosotros mismos. Aceptamos un espacio común que no nos exige renunciar a nuestra conciencia.

El prestigio social del mundo científico es tan fuerte que las teorías literarias pretendieron durante años imitar sus metodologías, olvidándose del significado humanista de la lectura. El acto de sentir, de interpretar, de responsabilizarse de los finales, de ponerse en el lugar del otro para decidir sobre uno mismo, es cuando menos tan necesario como los descubrimientos de las leyes científicas. Ahí descansa la dimensión ética que necesitamos para que la ciencia y el progreso no se conviertan en nuevas formas de superstición y esclavitud mercantil.

A mi hija Elisa le gusta Miguel Hernández. Yo leo ahora en voz alta las Nanas de la cebolla. Y las leo con voz dramática, buscando efectos. No pretendo que sea poeta o profesora de literatura, pero me gustaría que aprendiese algunas cosas. Por ejemplo, que las historias tienen planteamiento, nudo y desenlace, y que si queremos conocernos a nosotros mismos debemos compartir las palabras de los otros. Por muy rápido que vaya la historia, debemos evitar que se fragmenten nuestras experiencias, las rebeldías de un autor, un pirata y un lector, o los recuerdos de un abuelo, un padre y una hija.