Opinión · La realidad y el deseo

La corrupción y la política

El protagonismo de la corrupción en la derecha española es desolador. Los debates de actualidad animan reacciones de todo tipo. Mientras unos le restan importancia a los datos para defender la decencia de unas siglas, otros denuncian los escándalos para compensar el desgaste que sufre el Gobierno a causa de la crisis económica. Abundan también los artículos satíricos, como es lógico ante un espectáculo en el que la grosería se mezcla con la santidad y los padres de la patria con las argucias de los peores trileros. Confieso que la gravedad del panorama sólo me produce una infinita tristeza por el daño irreversible que provoca en la política española. Gustoso le regalaría ocho años de gobierno al PP (y para mí no es poco sacrificio), a cambio de una refundación que le permitiera dejar de oler a podrido.

Las causas de la corrupción, por supuesto, van más allá del PP. La avaricia ha estado siempre cerca del poder, como nos recuerda Carlo Alberto Brioschi en su libro Breve historia de la corrupción (Taurus, 2010). Pero del mismo modo que no hay temas eternos e inmovilizados en literatura, sino formas muy distintas de tratar, según las épocas, el amor, el tiempo y la muerte, cuesta poco trabajo advertir que la corrupción asume un significado moral diferente según el tipo de sociedad que la genera. Conviene que tengan en cuenta esta realidad los que se asombran de que un número mayoritario de votantes sea fiel a líderes y partidos corruptos.

La corrupción actual se enraíza en la falta de crédito de lo público. La cultura neoliberal dominante facilita ese acto de privatización que supone el dinero negro y sus círculos viciosos. Quien no respeta la enseñanza pública, la sanidad pública, las compañías públicas de transportes, electricidad o correos, es difícil que respete el dinero público. La mentalidad neoliberal no sólo debilita al Estado, sino que tiende a utilizar como ámbitos privados los espacios públicos que sobreviven a su carnicería. Los neoliberales no pretenden acabar del todo con el Estado, porque conocen y experimentan la utilidad que tiene el poder público a la hora de favorecer sus intereses. El desplazamiento al mundo del dinero inmediato de esta costumbre (la manipulación privada de los bienes públicos) está en la base de nuestra convivencia con la corrupción.

La democracia española se acostumbró desde los ochenta a confundir modernidad con privatización. Siendo el país de Europa que menos invierte en servicios sociales, nuestros políticos parecen siempre muy preocupados en recortar gastos y regalar beneficios. Otro de los grandes logros de la Santa Transición fue convencer a la gente de que un político sensato es el que renuncia a su ideología. Incluso se aceptó la táctica del engaño electoral como estrategia. Nos prometieron salir de la OTAN precisamente para conseguir los votos que hacían falta para asegurar la permanencia de España en la OTAN.

Mucha gente ha visto grandes beneficios en esta política de la renuncia y la mentira. Yo considero que sólo ha servido para herir de muerte a la política en España y para ayudar a construir una Europa tan neoconservadora como Estados Unidos. Cada vez se hace más necesario releer el documentadísimo libro de Joan E. Garcés Soberanos e intervenidos (Siglo XXI, 1996). ¿Qué consecuencias tiene el descrédito del Estado? A principios del siglo XX, en una sociedad politizada, la separación entre la España oficial y la España real provocó una vigorosa consolidación del optimismo anarquista. En el siglo XXI, la desconfianza en la política sólo produce el nihilismo negro de la corrupción. Es una ausencia preocupante que en los debates sobre las mafias de Madrid no haya salido todavía el asunto del tanto por ciento como costumbre de pago en los permisos y las concesiones de obras. Parece que no es noticia. Se da por supuesto que todos lo hacen.

En este panorama, lo menos grave para la democracia es que muchos votantes se mantengan firmes en sus intenciones pese a la corrupción. En una papeleta de voto se mezclan demasiadas cosas y hay que darle las gracias a los que siguen ligados de alguna forma a la política. Lo peor es que los líderes del PP estén dispuestos a servirse de sus expectativas electorales para evitar la refundación que les exige el pudor democrático ante una situación interna tan grave y tan maloliente.