Opinión · La realidad y el deseo

Vivir de pie

No estamos ante ninguna situación extrema. No conviene exagerar. En noviembre de 1936, cuando los militares golpistas se disponían a tomar Madrid con la ayuda de Hitler y Mussolini, Dolores Ibárruri popularizó una frase de Emiliano Zapata: “Mas vale morir de pie, que vivir de rodillas”. El sentido cívico ha buscado en la democracia una manera de no llegar a situaciones tan trágicas y a voluntades tan épicas. No se trata de morir de pie o de vivir de rodillas, sino del empeño modesto y digno de vivir de pie. Tener un trabajo estable, disfrutar de una buena atención sanitaria y de una educación pública, votar a políticos con capacidad de gobierno, firmar el contrato de un Estado que establezca reglas en la economía y evite la ley de la selva (que es la ley de las fieras) son esperanzas posibles y sensatas, deseos de una democracia social que nos permita vivir de pie.

Cuando estalló la crisis de 1929, Federico García Lorca estaba en los paisajes reales y simbólicos de Wall Street, respirando el mismo aire turbio que John Dos Passos descifró en su novela Manhattan Transfer. Mientras se desplomaba la bolsa y la economía se llenaba de colmillos, García Lorca escribió Poeta en Nueva York, un libro lleno de muertos vivientes. No era el resultado onírico de un poeta raro capaz de intuir su propia muerte. Imágenes de hombres deshabitados, paseantes sin cabeza, trajes sin desnudo y muertos vivientes se apoderaron no sólo de García Lorca, sino de Eliot, Alberti, Neruda o Cernuda. Y es que los ejercicios de conciencia no pueden limitarse a las coyunturas y al espectáculo de las superficies. Más allá de la economía, se daba entonces una crisis política, un deterioro de los valores de la Modernidad en favor de los mercados (“el enjambre de monedas furiosas”, según Lorca) que habían envenenado la ética de un presente sin futuro.
Estos días me asalta con insistencia la imagen de los muertos vivientes. El presidente del Gobierno español y la ministra de Economía inauguraron la presidencia de turno de la UE con el deseo de aplicar medidas sociales, algunas de las cuales llegaron a anunciarse con orgullo y deseo de mando. La rectificación inmediata por la falta de acuerdos sobre lo anunciado fue sólo el principio de un huracán de presiones políticas y financieras sobre los gobiernos socialistas de Europa para someterlos a los códigos del neoliberalismo radical. De los anuncios ufanos de enero, hemos pasado a la frase patética y repetida de “necesitamos hacer los deberes”. El 17 de junio, el presidente y la ministra se presentarán al examen de la Comisión Europea, con un temario marcado por los recortes en la inversión pública, la reforma laboral y el descrédito de los sindicatos. Para aprobar, han debido convertirse en muertos vivientes.

Las rectificaciones, los cambios, el digo y el diego de la política gubernamental provocan una insostenible sensación de paseantes sin cabeza y cuerpos deshabitados. Algo habrá que hacer y no basta con escandalizarse ante el cinismo de la derecha española por criticar medidas que ella defiende desde el fondo de su corazón. Asistimos al desmantelamiento histórico del Estado del bienestar y, repito, algo habrá que hacer. No basta con aprobar el examen de los mercados financieros.

Europa es una palabra con prestigio porque nos recuerda a la Ilustración, y a las suecas libres que iluminaban las playas del franquismo, y a los valores democráticos en nuestra edad de las tinieblas. Pero hoy la palabra Europa significa otra cosa. Hemos creado una realidad neoconservadora, y las pocas huellas que quedaban del sueño democrático y social están a punto de ser exterminadas en el altar de los mercados. A golpe de renuncias políticas, de imperios mediáticos, de reformas laborales, de precariedad en los puestos de trabajo, de flexibilidades mercantiles y de leyes en favor de la economía especulativa, hemos creado una Europa en la que sólo nos queda sonreír como muertos vivientes. Lo que está en huelga general es el civismo. Pero esta realidad no es una fatalidad. Alguien debe volver a la política y decir que el rey está desnudo. Es el momento de atreverse a recuperar el discurso, el momento de volver a definir palabras como Europa, socialismo y explotación. No basta con abrigarse en el pesimismo. Vamos a vivir de pie, en vez morir de rodillas.